Entre lo menos inspirado de Marvel

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Esta reseña tiene spoilers leves de toda la serie.

La imagen, al final del cuarto episodio, de un contrapicado del personaje más interesante de esta nueva serie del MCU sujetando el escudo ensangrentado del Capitán América, demostraba que ‘Falcon y el Soldado de Invierno’ tenía un potencial icónico considerable. Y que planteaba una serie de temas en los que las películas del Capitán América no entraban y se podían explotar.

La misma idea de un Capitán América afroamericano y todo lo que eso implica, y las dudas de un Falcon que ha renunciado al escudo. Un grupo de villanos, unos terroristas que, lejos de planes megalomaníacos de folletín, tienen objetivos que el espectador puede entender. Y un nuevo Capitán América completamente a sueldo de los intereses políticos del gobierno estadounidense, y qué le falta exactamente para convertirse en un símbolo patriótico.

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Pese a ser muy yanqui-céntrica en numerosas ocasiones, la serie de ‘Falcon y el Soldado de Invierno’ pone sobre la mesa una serie de problemas que nos afectan a todos, independientemente de nuestra procedencia. Nuestra relación con los símbolos, oficiales o no. Los problemas morales del enfrentamiento con la ley y el orden, cuando esta se equivoca. La obligación de respetar a un gobierno que, cuando por ejemplo hablamos de minorías, no devuelve ese respeto de forma equivalente.

Y sin embargo, no termina de conseguirlo. Es cierto que cuando se pone seria, pero sin olvidar que estamos ante una serie Marvel (como en el mencionado plano del escudo ensangrentado, o en las intervenciones de la guardia real de Wakanda) encuentra el equilibrio entre un discurso político contundente y valioso y la diversión de alto voltaje, que es a lo que debería aspirar siempre una serie del Capitán América. Pero ‘Falcon y el Soldado de Invierno’ se queda a medio camino.

Héroes y villanos, pero no mucho

La serie carece de algo que poseen casi todas las películas Marvel, incluso las más flojas, como ‘Iron Man 2’ o las dos primeras ‘Thor’: la fascinación por sus héroes, el contemplarlos como criaturas dignas de admiración, compasión y con historias que contar. Aquí la serie no hace demasiados esfuerzos en adentrarse en un par de protagonistas parcialmente heridos, pero en cuyos traumas no se profundiza.

La dinámica de enfrentamiento que hay entre los dos personajes en los primeros episodios es menos fluida que en cualquier buddy movie al uso, y no se explota adecuadamente el choque que puede haber entre ambos. Es cierto, ocasionalmente se invoca el espíritu del primer Capi, Steve Rogers, y ambos encuentran algo en común que les motiva, pero la cosa queda en un gatillo emocional algo superficial.

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Todo ello cuaja en un episodio francamente flojo, el quinto, rebosante de perezoso relleno y rodado como un telefilm al uso, indigno del exhibicionismo de medios de Marvel: dos (¡dos!) montajes musicales, uno arreglando un barco y otro con un entrenamiento innecesario, en una hora y pico donde dos potenciales villanos enfrentados -pero a la vez con elementos en común (la terrorista y el nuevo Capitán América)- se difuminan y quedan en nada.

Entre medias, un tercer villano desaprovechadísimo (la forma de sacar a Zemo de la acción es indigna hasta para una némesis semiparódica como esta), cuyas motivaciones para ayudar o no nunca están claras. Y una serie de mensajes potentes, pero que nunca aterrizan. El episodio final, con un arranque de acción moderadamente interesante sacando pleno partido del escudo del Capitán América, cierra con un tramo de discursos obvios y poco sutiles (y eso que el tema del supersoldado negro podía haberse explorado mucho y bien). Marvel puede ser política y funcionar (ahí está la película de ‘Soldado de Invierno’), pero necesita unos héroes que sostengan su discurso.

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