Incendio en Flamengo: la vida no vale nada

Fueron diez pibes calcinados, diez más entre tantos, que se parecen demasiado a las víctimas de todas las demás muertes absurdas y evitables con las que Brasil está acostumbrado a convivir diariamente. Diez pibes pobres, casi todos negros, de entre 14 y 17 años, que casi burlan al destino jugando a la pelota; pero no.

En las camas de un alojamiento precario instalado en contenedores –habilitado como estacionamiento, sin el certificado de los bomberos, multado 31 veces por el municipio por funcionar de forma irregular y con denuncias de la Fiscalía–, los jóvenes futbolistas soñaban con triunfar y salir de la pobreza, cuando un cortocircuito en el sistema a de aire acondicionado provocó un incendio que acabó con todo en pocos minutos.

Y allí murieron, en un dormitorio que no debería estar siendo usado, propiedad de un club de fútbol que está entre las mil empresas con mayor facturación de Brasil: 395 millones de reales en el tercer trimestre del año pasado. Si sobrevivían y les iba bien en su carrera, Flamengo facturaría mucho con ellos en el futuro.

En estos casos, solemos hablar de tragedias. La tragedia de Brumadinho, la de Mariana, la del Ninho do Urubu, la provocada por los temporales de la semana pasada, entre muchas otras. Pero, en todos los casos, después de contar los cadáveres, otras cuentas salen a la luz: la de las coimas pagadas por las mineras a legisladores y funcionarios, la de los fondos contra las inundaciones recortados por el intendente, la de las multas que Flamengo no pagó y pese a las cuales no sacó a los chicos de las inferiores de ese lugar que ya no era más usado por los de primera división.

Lo trágico, en realidad, es que todo funcione así. Solo nos queda “torcer” –como en los estadios de fútbol– para que todo no termine siempre mal. Ese uso del verbo que en español traduciríamos como “hinchar” es todo un síntoma: en Brasil, la gente “torce” por aquello que no debería depender del azar, sino de decisiones bien tomadas y cosas bien hechas. Pero ya están acostumbrados: la vida no vale nada en una ciudad donde hay hasta una aplicación para celulares que avisa dónde hay tiroteos, en tiempo real, con GPS. Y las víctimas –sea de estas “tragedias” o de los tiros de policías, milicianos o traficantes– son todas demasiado parecidas.

La vida no vale nada en una ciudad donde hay hasta una aplicación para celulares que avisa dónde hay tiroteos, en tiempo real, con GPS.

Como pasó días atrás con Brumadinho, vamos a llorar a las víctimas y mantener la indignación por algunas semanas. Habrá promesas de investigación, declaraciones fuertes, denuncias, explicaciones, alguna causa abierta, y después todo seguirá igual. Al final, antes de Brumadinho hubo Mariana y, en tres años, nada cambió para mejor. Las mineras siguieron pagando coimas, financiando campañas y patrocinando futuros gobernadores, senadores y diputados, las leyes siguieron igual, los controles continuaron sin existir y, cuando “torcer” no fue suficiente contra el azar en un juego con cartas marcadas, eso que podía pasar en cualquier momento pasó de nuevo.

Lo que pasa con la minería y el fútbol no es muy diferente de lo que pasa en casi todos lados. Hay montones de leyes y reglamentaciones que no se cumplen, algunas que no sirven para nada y se usan para recaudar, otras que son realmente importantes, pero también se usan para recaudar, y otras que simplemente no hay, porque el dinero llega directamente a los legisladores y las frena, evitando los riesgos de no cumplir leyes que es mejor, para ellos, que no existan.

Murieron otros diez pibes, todos pobres, casi todos negros. Diez pibes que casi escapan del destino, pero no. Rostros que no conocíamos y de los que pronto nos vamos a olvidar. ¿Alguien se animaría a apostar que algo va a cambiar esta vez?

Fuente: https://tn.com.ar/opinion/incendio-en-flamengo-la-vida-no-vale-nada_939709

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