La eternidad de Seve: el milagro del 'hijo del campesino'

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Cuando su hermano le regaló un hierro 3 a sus ocho años de edad, en España apenas había 2.188 licencias de golf. Era 1965. Ahora se cuentan hasta casi 270.000 federados, con picos en años anteriores que superaron los 337.000. Desde una perspectiva simplemente numérica, el legado de Severiano Ballesteros es incontestable dentro de nuestras fronteras, pero conviene extender la mirada para entender la magnitud de su figura. Hay un consenso generalizado en que Seve cambió el golf para siempre. Se apoderó de la escenografía, transformó el juego con sus golpes de izquierda a derecha y se ganó el crédito mundial por su genialidad casi incomparable. No importó que fuera un jugador de un país con limitada tradición en este deporte. Se convirtió en una estrella en el mundo anglosajón, donde le consideraban uno de los grandes deportistas de la historia. Algunos ganaron más que él, pero ninguno provocó tanta admiración. Hijo de campesino, un chico de pueblo, sin recursos en sus inicios, fue un pionero en España y en Europa.

Para algunos era el ‘quinto beatle’, otros le describían como el ‘James Bond’ o el ‘Picasso’ del golf. Su carisma, arte, inspiración, atractivo y el porte que tenía como las estrellas de cine cimbrearon una figura de resonancia extraordinaria. Desde sus comienzos fue capaz de arrastrar a millones de aficionados, conmovidos ante su ingenio. Con 19 años, quedó segundo en el Open Británico en 1976. “Aquella vez fue la primera ocasión que le vi y nunca lo olvidaré. ¡Qué velocidad de golpe tenía! Parecía un pirata con su espada o, mejor, un matador”, aseguraba Gary Player, que formó parte del tridente de los tres grandes con Palmer y Nicklaus. En 1978 ya había conocido el sabor de la victoria en los cinco continentes. Y en 1979 ganó su primer major en el campo del Royal Lytham con aquel célebre golpe imposible desde el aparcamiento (no el del hoyo, sino otro, como recordaba él mismo) para salvar el par del hoyo 16. Es el jugador con más títulos en el European Tour, el primer europeo que ganó en Augusta, estuvo 61 semanas como número uno e hizo de la Ryder el torneo que hoy es.

En Seve todo era singular. Su imponente swing parecía girar 360 grados y mandaba la bola a distancias desconocidas en su época. “Seve consigue golpes que yo ni siquiera veo en sueños”, sentenció Ben Crenshaw, dos veces ganador del Masters de Augusta en la década de los ochenta. Los códigos del golf sufrieron una transformación con el cántabro. Seve fue la revolución. Había golpes que solo él podía dar. Cuando estaba perdido, sacaba un chispazo de puro talento. «No sólo cambió el juego, su papel en la resurrección de la Ryder y la gran influencia de su presencia y sus éxitos llevaron a otros golfistas europeos a creer que ellos también eran capaces de competir con éxito en Estados Unidos”, rubricó ‘The Observer’ en 2007. Hecho a sí mismo, no tuvo un final de carrera fácil, desdibujado su juego y abocado a ocupar posiciones alejadas de su grandeza. Hace diez años que falleció, víctima de un tumor cerebral, pero el alcance de su figura permanece muy vivo.

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