Parejas desparejas, con o sin libreta – 11/02/2019

Un hombre y una mujer sentados en un sillón, uno al lado del otro, frente al televisor. De pronto ella gira la cabeza y dice: “Querido, hoy cumplimos treinta años de casados”. Sin dejar de mirar la pantalla, él se limita a preguntar: “¿Falta mucho?”. La situación pertenece a una pieza de humor gráfico que ilustraba con ironía uno de los clichés que sobrevuelan la institución matrimonial.

Una estadística oficial conocida días atrás reveló que en la Ciudad de Buenos Aires hoy se casa menos de la mitad de las parejas que treinta años atrás. De los 22 mil casamientos efectuados en los registros civiles porteños en 1990, la cifra se redujo a 10.511 en 2017. Los datos establecían también un incremento en la edad media del primer casamiento. Distintos estudios, a nivel mundial, dan cuenta de una tendencia similar. En Estados Unidos, por caso, la declinación en el número de parejas que formalizan su unión se observa desde hace medio siglo, y los 216 mil matrimonios celebrados en España en 2000 pasaron a ser 168 mil quince años más tarde.

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Lo que estas cifras reflejan es un cambio en la modalidad en que las uniones se consagran, con causas diversas que a nadie escapan. El amor, y la decisión de compartir la vida con alguien -“Toda pasión que no se crea eterna es repugnante”, decía Balzac-, independientemente de lo efímera que pueda resultar esa pretensión, sigue existiendo. Más allá de si la unión se sella con una libreta o no, el punto es ver cuánto subsiste en las relaciones contemporáneas, en tiempos de cambio, empoderamiento femenino, #MeToo y demandas de igualdad, de los prejuicios y los estereotipos que sobrevolaron las relaciones de pareja desde tiempos inmemoriales. Y eso no se refleja, necesariamente, en las estadísticas de los registros civiles.

Algunas otras, sin embargo, proporcionan algunas pistas. Un estudio realizado en Estados Unidos por el Pew Research Center estableció que, para el 71% de los hombres encuestados, ser un buen proveedor económico era equivalente a ser un buen marido. Esta visión sigue consagrando la idea de un hombre responsable de sostener el hogar, con la presión que implica para ellos e, implícitamente, sigue consagrando también la idea de que la responsabilidad de las tareas de la casa debe recaer en la mujer, ya que su aporte económico, aun cuando exista, no sería el prioritario.

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Aquí, una medición del INDEC estableció, tiempo atrás, que una mujer ocupada full time dedica más tiempo promedio al trabajo doméstico (5,5 horas) que un hombre desempleado (4,1 horas). El 76,4% del trabajo doméstico no remunerado recae en manos de las mujeres, frente al 23,6% hecho por varones. Y en lo que respecta al cuidado de personas, un 31,1% de las mujeres dedica tiempo a estas cuestiones, frente al 16,8% de los hombres.

Con simple convivencia, o Registro Civil mediante, este tipo de cuestiones no suelen explicitarse y terminan conspirando contra la buena salud de una relación armónica y de pares. Otro tanto sucede con el cuidado de los hijos: son también una responsabilidad que debe compartirse en un equitativo 50 y 50 por ciento. Como dijo Gloria Steinem, periodista y escritora, “no se trata de biología sino de conciencia”.

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El del poder es otro tema central en las relaciones de pareja, más allá del formato que adquieran. Lo vemos a diario de la mano de una de sus peores expresiones: la violencia doméstica, los femicidios. No hace falta llegar a esos extremos. Se trata también de desmantelar prejuicios, de educar desde el principio a chicas y chicos en el respeto mutuo, en la equiparación de derechos y obligaciones, de evitar caer en el reparto maniqueo de roles preestablecidos. Y de recordar, como dijo alguien, que apenas somos diferentemente iguales. Cualquier relación amorosa debe basarse sobre ese principio inclaudicable.


Fuente: http://www.clarin.com/opinion/parejas-desparejas-libreta_0_uRMo3bLWk.html

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