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21 octubre, 2019
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Cacería de auroras boreales en el cielo de Canadá


















Una noche mágica con una danza de colores en Yellowknife



El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por
Noemí Flores. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar





























Hasta hace tres años nada sabía de las auroras boreales, ni de su origen, ni de su magia. Amante de los viajes y devoradora de cuanta bibliografía llega a mis manos relatando experiencias de otros viajeros, me encontré un día con una historia que hablaba de su existencia y me conmoví tanto al leerla, que quise saber más.

Empiezo por contarles que las auroras son, en simples palabras, la colisión entre partículas eléctricamente cargadas provenientes del sol que entran en la atmósfera de la tierra y son atraídas hacia los polos. Si se visualizan en el norte se denominan auroras boreales y en el sur, auroras australes.






















Pero la magia está en lo que este fenómeno produce. El cielo estalla en colores produciendo un espectáculo único e irrepetible. Cuanto más sabía, más leía, veía e investigaba mayor era el deseo por conocer cuánto había de verdad en los relatos que contaban historias de gente que había abandonado todo por salir a cazarlas, a fotografiarlas, que dejaron sus tierras soleadas para empezar a vivir una vida bajo cero con tal de volver a verlas. Me preguntaba si cuando nuestro Pablo de América, el gran Neruda, en su obra póstuma El libro de las preguntas se cuestionaba: “¿No será bueno prohibir los besos interplanetarios?” se estaba refiriendo a las auroras boreales, tratando de impedir que esos besos del sol a nuestro planeta siguieran obligando a sus ocasionales observadores a cuestionarse su lugar en el mundo.


















Finalmente, hace unos meses leí que había un lugar en Canadá al que llamaban la capital de las auroras boreales de Norteamérica. Y que en ese lugar llamado Yellowknife, una pequeña ciudad ubicada a sólo 400 kilómetros del círculo polar ártico, aseguraban que podían verlas 240 días al año y que, en los primeros días de abril el clima es seco y la temperatura relativamente moderada y, específicamente este año, esos días coincidían con la luna nueva. Como todas las beldades, las auroras son esquivas: para mostrarse en todo su esplendor requieren un cielo oscuro y despejado. Parecía entonces que estaban dadas todas las condiciones. Ya no podía ni quería seguir esperando. Rápidamente organicé mi viaje a Yellowknife. Agregué en mi hoja de ruta las bellas ciudades de Toronto, Quebec, Montreal y Otawa a modo de consuelo, en caso que las auroras faltaran a la cita.
















La larga noche

La temperatura pronosticada para la medianoche era de 18 grados bajo cero y una empresa llamada Aurora Village prometía un lugar con carpas calefaccionadas y bebidas calientes para resistir el frío. Apenas subimos al autobús que nos alejaría de la contaminación lumínica las vi, tímidamente acompañándonos a lo largo del viaje.








Cuando llegamos el espectáculo que se desplegó ante nuestros ojos era onírico: una pequeña aldea a orillas de un lago helado, con las carpas sobre la nieve, tenuemente iluminadas como luciérnagas, en medio de un bosque y bajo el cielo saturado de estrellas las auroras merodeaban, aún indecisas, postergaban su puesta en escena.

Un párrafo aparte merece nuestro guía: Cristiano, un apasionado de las auroras, que apenas llegamos nos dijo: “No se queden en las carpas, vinieron a ver las auroras, ellas están en el cielo y nunca se sabe por cuánto tiempo”. Poco a poco, durante las largas horas de vigilia, me fui enterando que dos años antes había dejado la bella y soleada Portugal para construir su nuevo hogar en Canadá, más cerca de las auroras. Finalmente, hace justo un año, realizó el mejor viaje de su vida: concretó su sueño de visitar a Alaska. Pudo así, durante más de un mes, filmar las auroras y entrevistar a los afortunados que viven bajo su influjo. El resultado fue una conmovedora película que él llamó Sarapanta, que se puede ver en YouTube.








Durante unas horas las auroras estuvieron deslizándose lentamente en el cielo pero, de pronto, como si hubiera sonado el timbre llamando a recreo, aparecieron correteando, brincando como niños, jugando en el cielo tapizado de estrellas, con sus uniformes brillantes verdes, rosados y violetas. En medio de la oscuridad hasta casi se podía escuchar su risa, su algarabía, esa alegría contagiosa que da la libertad. Hasta los huskies, que hasta ese momento reposaban, ya cumplida su jornada de tirar de los trineos, comenzaron a ladrar, para jugar con ellas.

Esa noche, a pesar del cansancio, casi no dormí. Al despertar miré las fotos y, cuando me vi abrazada por las luces del cielo y sus reflejos en la nieve, lloré de emoción, de felicidad y agradecimiento.








Ese día, luego de contratar una nueva excursión, las horas parecían interminables. Era tanta mi ansiedad por volver a verlas. Y llegó la noche calma, transparente y como anunciándolas, una estrella fugaz cruzó el firmamento, invitando a pedir un deseo. Detrás llegaron ellas. Al arribar, su andar era lento, como monjes con sus túnicas verde esmeralda saliendo del monasterio. O como fieles en procesión con antorchas púrpuras y verdes cumpliendo un antiguo ritual. Y yo allí, atrapada por la magia, traspasada de amor.

¿Vacaciones con un giro inesperado? ¿Una aventura que marcó tu vida? ¿Un encuentro con un personaje memorable? En Turismo, queremos conocer esa gran historia que siempre recordás de un viaje. Y compartirla con la comunidad de lectores-viajeros. Envianos tu relato a LNturismo@lanacion.com.ar. Se sugieren una extensión de 5000 caracteres y, en lo posible, fotos de hasta 3 MB.



















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