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16 octubre, 2019
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Carlos V, conquistador de América, emperador de dos mundos… y amante de su abuela francesa

Tenía apenas 17 años pero ya era heredero de un gran reino y en pocos años más lo sería de un gran imperio. O de un imperio de dos mundos. Pero al llegar a España para reclamar sus derechos sucesorios, fue recibido con hostilidad por quienes veían en él al representante de un partido extranjero. En Valladolid, conocería a Germaine de Foix, la joven francesa con la que su abuelo, Fernando el Católico, se había casado tras la muerte de la reina Isabel. El romance clandestino entre Carlos y su abuelastra duró varios años con intermitencias y no dejó de tener consecuencias personales y políticas. Pero para entender las circunstancias de esta relación prohibida hay que reconstruir la accidentada sucesión dinástica de los Reyes Católicos.

En honor de verdad, cabe aclarar que la abuela biológica de Carlos I° de España, o Carlos V de Alemania, como también se lo conoce, o del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que reinó de 1516 a 1556 sobre un imperio en donde “nunca se ponía el sol”, era la muy admirada reina Isabel I de Castilla, o Isabel la Católica, verdadero animal político que, junto a su esposo Fernando de Aragón, lideró la reconquista y unificación de España. Además de bendecir y financiar la audaz empresa de Cristóbal Colón.

Aunque tuvieron varios hijos -cinco llegaron a la edad adulta-, la sucesión dinástica resultó un dolor de cabeza para los Reyes Católicos. El único heredero varón, el príncipe Juan, murió muy joven, a los 19 años. La hija primogénita, Isabel, casada con el rey de Portugal, murió al dar a luz a un varón, en quien sus abuelos depositaron las esperanzas de la sucesión, pero el niño también falleció al poco tiempo.

La siguiente en la línea sucesoria era Juana, la tercera hija de los reyes. Pero éstos la habían casado con el hijo de Maximiliano I de Habsburgo, Felipe el Hermoso, del que la joven se había enamorado perdidamente, lo que fue aprovechado por él para volverla contra sus padres a los que este yerno ambicioso desafió desde el primer día.

El 24 de febrero de 1500, nacía, con el siglo, el primer hijo varón de Juana, Carlos -la primogénita era una niña-, en circunstancias por demás peculiares. En mitad de un banquete real en el Palacio de Prinsenhof, en Gante, hoy territorio de Bélgica, Juana sintió dolores, se retiró de la mesa y fue al baño, donde parió, sola, a su hijo. El futuro Emperador había nacido en un retrete, palaciego, pero retrete al fin.

Este comienzo poco auspicioso no le impidió sin embargo a Carlos convertirse, como veremos, en el soberano que más engrandeció su reino.

A fines de 1504, murió su abuela Isabel, dejando viudo y desolado a Fernando que ese día anotó una frase memorable en su diario: “Su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…”

No aludía solamente al dolor de la pérdida –el de los Católicos fue uno de los matrimonios mejor avenidos de la historia pese a haber sido de conveniencia– sino también porque la muerte de Isabel comprometía la continuidad de Fernando en el trono.

En efecto, de inmediato, el yerno enemigo, Felipe el Hermoso, viajó a Castilla para reclamar los derechos de su mujer sobre ese reino, desafiando a Fernando. Para ese entonces, Juana, heredera del reino de Castilla, pero también de la predisposición a la locura de su abuela portuguesa, ya era descalificada por su supuesta insanía, por lo que Felipe asumió la regencia. Los nobles castellanos, que siempre le habían tenido tirria al aragonés Fernando, se alinearon con el extranjero recién llegado.

Temiendo Fernando el Católico que su yerno lo despojara también de su reino de Aragón y otras posesiones que tenía en Italia, negoció una alianza con su hasta entonces archirrival por la hegemonía de Europa, el rey de Francia, Luis XII. Y, pese a su desconsolada viudez, el pacto se sellaba con un matrimonio: el suyo con Germaine (Germana para los castellanos) de Foix, de 18 años, y sobrina del rey francés.

Fernando era antes que nada un político, y ya se sabe que los matrimonios en esos tiempos eran asuntos de Estado y no de corazón.

Germana de Foix, huérfana desde pequeña, había sido confiada al cuidado del Rey de Francia, su tío. Era hija de Juan de Foix, un infante de Navarra casado con la hermana del rey Luis XII. Por lo tanto, se había criado en la Corte: mundana, amante de las fiestas, no especialmente bonita según testigos, pero agradable, afectuosa y de mentalidad abierta, en especial en comparación con las damas castellanas de su época, la joven caía bien a casi todos.

En sus “Crónicas de los Reyes Católicos”, Prudencio de Sandoval nos dejó esta descripción: “Era la reyna poco hermosa, algo coxa [N. de la R: por “coja”, ya que tenía una leve renguera], amiga de mucho holgarse y andar en banquetes, huertas y jardines, y en fiestas. Introduxo esta señora en Castilla comidas soberbias, siendo los castellanos y aun sus reyes muy moderados en esto. Passavansele pocos días que no combidasse o fuesse convidada. La que más gastaba en fiestas y banquetes, con ella era más su amiga”.

El Tratado de Blois se firmó el 19 de octubre de 1505 y el casamiento tuvo lugar en Dueñas en marzo de 1506.

Pero poco después de la nueva boda de Fernando el Católico, el 29 de septiembre de 1506, su yerno enemigo, Felipe el Hermoso, flamante regente de Castilla, murió misteriosamente, al parecer intoxicado, dejándole nuevamente el camino libre. Juana estaba incapacitada por su locura y pronto su propio padre la encerraría en un palacio en Tordesillas

Fernando recuperó entonces la Regencia en nombre de su nieto Carlos, al que no conocía y que era criado en la corte flamenca por su tía Margarita, hermana de Felipe. Previendo que algún día debería reinar en España, el abuelo envía al humanista Luis Cabeza de Vaca para que el niño aprendiera las costumbre y la lengua castellana. O el profesor no fue bueno, o Carlos no tenía talento para los idiomas, ya que, como se verá, llegó años después a Castilla sin poder comunicarse con sus súbditos en el idioma local.

La muerte prematura de Felipe el Hermoso había eliminado la más poderosa de las razones para una alianza con los franceses. Fernando logró entonces que el Vaticano anulara las condiciones de la alianza matrimonial y excomulgara al rey de Francia. Por otra parte, presionó a su joven esposa para que le cediera sus derechos sobre Navarra y unió este reino con el suyo, Aragón.

De todos modos, seguía empeñado en tener otro heredero. Lo paradójico es que, de haberlo logrado, las coronas que tanto luchó por unir, Castilla y Aragón, se hubieran separado nuevamente. El destino no lo quiso así.

El 3 de mayo de 1509 Germana dio a luz a un niño que murió a las pocas horas de nacer. Para volver a engendrar, el Rey Católico, que ya no era joven, sobre todo para los parámetros de la época, y más aun considerando la vida guerrera e hiperactiva que había tenido, recurrió a una receta casera. La cantárida, o mosca española, era un escarabajo que, una vez muerto y seco, era reducido a polvo para ser usado como sustancia vasodilatadora, con resultados afrodisíacos.

Pero se trataba de un remedio peligroso, no carente de efectos secundarios, entre ellos el afectar la función renal. Los expertos de la época consideraron que Fernando, que falleció en Madrigalejo a los 63 años de edad, había muerto por el abuso de esa sustancia que se consumía en forma de brebaje.

Era el año 1516 cuando murió Fernando, al parecer como consecuencia de este empecinamiento en tener un heredero con su segunda esposa y evitar así que la corona de Aragón fuese a parar a manos de “extranjeros”, es decir, de su propio nieto Carlos y la Corte de flamencos que seguramente lo acompañaría.

Germana sólo heredaba algunas villas y una renta (mientras no se volviera a casar). Pero entre las cosas que Fernando le legaba a su nieto iba incluida esta joven abuelastra. El Rey Católico le dejó a Carlos un mensaje -casi un mandato- respecto de Germana. “Vos miraréis por ella y la honraréis y acataréis, para que pueda ser honrada y favorecida por vos y remediada en todas sus necesidades”, decía Fernando. Y justificaba: “Pues no le queda, después de Dios, otro remedio sino sólo vos…”.

En efecto, tras diez años de matrimonio con Fernando, sin descendencia y habiendo renunciado -por supervivencia o en aras de la armonía conyugal- a todos los derechos que le otorgaba el Tratado por el cual se había casado con el Rey Católico, Germana quedaba a merced de la voluntad, buena o mala, del nieto de su fallecido esposo.

Astuta, al enterarse de la venida de Carlos, Germana de Foix se corrió del medio de la escena retirándose al monasterio de Guadalupe y haciéndole saber que no reclamaría nada. Afortunadamente para ella, el nietastro mostró buena predisposición hacia la última voluntad de su abuelo y le cedió a la viuda las villas y rentas de Arévalo, Madrigal y Olmedo.

Como se verá, Carlos cumplió en exceso el mandato de Fernando. La relación entre nieto y abuelastra fue primero únicamente epistolar. Se conocieron finalmente en 1518 en Valladolid. El Rey era un joven de tan sólo 17 años y la “abuela” tenía 29. Un carácter alegre y un aspecto desenvuelto y atractivo le granjearon enseguida la simpatía de Carlos. Con la ventaja de que entre ambos había un idioma natal común: el francés.

Extranjero en su tierra, el nuevo soberano encontró un refugio contra la hostilidad ambiente en las faldas de su abuela. Fogosa y apasionada en el amor, Germana cautivó muy pronto a Carlos, que se fascinó con esta abuela tan joven a la que debía cuidar. El romance fue casi totalmente clandestino para sus contemporáneos y sólo revelado mucho tiempo después. Sin embargo, de esa relación, en 1518, nació una niña, Isabel. Para preservar el secreto, la pequeña fue criada en un convento, apartada de sus padres.

De conocerse la relación íntima entre nieto y abuela hubiera sido un escándalo y un arma en manos de sus adversarios: a Carlos, aspirante a ser cabeza del Imperio romano germánico -recordemos que el cargo era electivo y había varios candidatos con título- podía costarle la corona imperial.

Para poder visitar con asiduidad y sin riesgo a Germana, Carlos hizo construir un puente de madera cubierto entre su palacio real de Valladolid y la casona de la reina viuda. Un verdadero pasadizo secreto que protegía a los amantes de las miradas indiscretas.

Aun así, corrían los rumores, y cuando éstos se volvieron demasiado persistentes, Carlos los acalló casando a Germana con uno de sus hombres de confianza, el marqués de Brandeburgo, que además era uno de los electores del imperio. Pero Juan de Brandeburgo-Ansbach murió prematuramente en 1525 y las malas lenguas atribuyeron esta segunda viudez de Germana nuevamente a su fogosidad…

La muerte del elector de Brandeburgo hizo resurgir la pasión entre nieto y abuela. Durante las fiestas de celebración del matrimonio de Leonor, hermana de Carlos, con el rey de Francia Francisco I, Germana de Foix se mostró del Emperador y bailó con él, algo que inquietó a los consejeros del soberano y apresuró una nueva boda, para que la francesa no anduviera sola por allí tentando al pecado.

Esta vez, la abuela fue casada con Fernando de Aragón -homónimo de su primer marido-, duque de Calabria. La tercera fue la vencida, y esta fue una unión feliz, ya que ambos esposos compartían el amor por la música, las artes y la fiesta permanente: ella, formada en la refinada Corte francesa; él, un renacentista italiano. Recibieron el título de virreyes de Valencia, donde residieron, y en su propia Corte se rodearon de literatos, poetas, artistas.

Germana acabó sus días -murió en 1538- sufriendo de obesidad e hidropesía y habiendo perdido los encantos que sedujeron a su nieto, aunque nunca el espíritu festivo y el don de gentes. En su testamento, a modo de confesión, Germana llegaba un collar “de 133 perlas gruesas”, muy valioso, a una joven monja de nombre Isabel a la que llamaba alteza y de la que afirmaba que era hija de Carlos I pero sin revelar ser su madre: “A la serenísima Doña Isabel, Infanta de Castilla, hija de su majestad el Emperador, mi señor e hijo”. Su viudo, el duque de Calabria, sí lo dejó asentado en una carta que le envió a la joven.

El mismo año -1526- que Germana de Foix se comprometió con su tercer marido, Carlos se casó con Isabel de Portugal, en lo que también fue una unión afortunada y feliz.

Carlos había sido proclamado rey de España el 14 de marzo de 1516. El 28 de junio de 1519 los príncipes electores germánicos lo eligen para ocupar el trono tras la muerte de su abuelo Maximiliano. Se convierte así en Carlos V. El Sacro Imperio encarnaba el viejo mandato de unidad romana que Carlomagno había logrado revivir por un efímero período. Carlos siente el deber de unidad de los reinos cristianos y se vive a sí mismo como emperador de la cristiandad. De hecho, la fe católica era el único elemento unificador que podía encontrar en un imperio tan amplio y heterogéneo.

Como tal, deberá enfrentar el desafío de la Reforma protestante que encabeza el monje agustino Martín Lutero. También tuvo que lidiar con numerosos conflictos en Europa, entre otros, con Francia y con los otomanos.

Su obra respecto de América, menos conocida y analizada por los historiadores, fue sin embargo la más trascendente, duradera y original.

Los Reyes Católicos murieron sin llegar a ser conscientes de la dimensión del descubrimiento realizado por Cristóbal Colón. Su mérito fue dejarse convencer por la audacia de este navegante, pero no tuvieron tiempo para medir la envergadura del acontecimiento; la información que les llegaba era por lo demás insuficiente. Por lo tanto, tampoco le dedicaron demasiada atención, absorbidos como estaban por los asuntos de su reino y por la geopolítica europea.

Los principales descubrimientos en el nuevo mundo -México, Perú- tuvieron lugar luego de la muerte de Isabel y Fernando. En 1516, cuando murió el Católico, los conquistadores españoles sólo habían llegado a islas periféricas del continente americano.

Le corresponderá a Carlos, pese a sus difíciles comienzos en un reino que lo recibió con desconfianza e incluso con hostilidad, el consolidar el dominio español en América, determinar el estatus político de los dominios de ultramar y de sus habitantes y darle un ordenamiento jurídico al Nuevo Mundo.

Carlos fue el gran constructor de ese Imperio en cuyas fronteras nunca se ponía el sol. Un Imperio de dos mundos, un imperio universal del que la fe cristiana era el elemento unificador.

A las raras circunstancias de su nacimiento, se sumaban la epilepsia que padecía y también una bulimia y una depresión crónicas. No prometía mucho el joven Carlos. Sin embargo, llegó a ser un gran soberano y demostró voluntad, activismo e inteligencia política.

Fue un incansable viajero, obligado en parte por la dimensión del imperio que logró unificar y gestionar casi hasta el último día, cuando abdica en favor de su hermano, Fernando, y de su hijo, Felipe II.

Había sido el mayor emperador de la historia por la extensión de sus dominios y fue el último en intentar hacer realidad el sueño de un reino universal.

Bajo su reinado, además, sucedió algo inédito: por primera vez, un emperador sometió a debate sus propios derechos de conquista.

Eso y no otra cosa fue la Controversia de Valladolid, en la que Carlos convocó a los sabios del momento para un debate sobre el carácter de la conquista de América y los derechos de la Corona sobre esos territorios.

No sólo los Reyes Católicos no habían llegado a dimensionar la envergadura del descubrimiento. Cuando los demás soberanos de Europa se dieron cuenta de lo que la audacia y la visión de Colón le habían legado a la Corona española, se lanzaron de lleno a cuestionar la legitimidad de la conquista de América. En época tan temprana surge ya la leyenda negra, que tanto se sigue repitiendo hoy sin comprender que su principal motor es la ambición de otras potencias sobre esas tierras; potencias que ni por asomo hubieran actuado como España que, por impulso de Carlos, sometió ese dominio a debate.

A tal fin, el emperador convocó a una junta de sabios. Los principales representantes de las dos posturas encontradas sobre el tema fueron fray Bartolomé de Las Casas y el también sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda. El emblemático debate tuvo lugar en 1550 y 1551 -58 años después del Descubrimiento- en el Colegio de San Gregorio de Valladolid.

Dos visiones de cómo encarar la conquista que en ciertas versiones románticas -o ingenuas- se sintetizan en defensores y enemigos de los aborígenes. La finalidad del debate de Valladolid era fundamentar desde el punto de vista teológico y del derecho el procedimiento a seguir con los descubrimientos, conquistas y población de las Indias.

No se llegó a una conclusión final pero esta controversia fue base de todas las normas que la Corona fue dictando a lo largo de ese siglo, la mayoría de ellas tendientes a frenar los abusos contra los naturales de América. Se creó, por ejemplo, la figura del Protector de Indios, un “ombudsman” para los aborígenes.

Para muchos, la controversia de Valladolid debe ser considerada como un antecedente de los derechos del hombre consagrados varios siglos después.

El emperador Carlos V quería tener la certeza de estar obrando con justicia en las conquistas del Nuevo Mundo. Seguramente buscaba también argumentos para defenderse de la envidia y codicia de sus enemigos, pero ¿qué otro emperador sometió de ese modo sus derechos a debate? Fue algo único en la historia de la humanidad. Lo hizo España, hoy extemporáneamente cuestionada.

Fue Carlos V el que apoyó la empresa de circunnavegación del portugués Fernando de Magallanes en 1518; fue él quien falló en favor de Hernán Cortés -cuestionado por haberse lanzado solo a la conquista de México- y lo nombró en 1522 Gobernador y Capitán General de la Nueva España (1522); fue él quien creó el Consejo de Indias en 1524; fue él quien. luego de escuchar a fray Bartolomé de Las Casas, ordenó una inspección de la que luego surgirían las Leyes Nuevas en 1542; y la “Instrucción sobre lo de las poblaciones y nuevos descubrimientos”, en 1556.

Si el Emperador nunca estuvo dispuesto a renunciar a “las Indias”, al menos lo simuló durante un tiempo, para contentar a sus enemigos, lo que habla de su inteligencia política.

Como sea, Carlos escuchó a los críticos de la conquista; no solo a Fray Bartolomé, también al fraile dominico Francisco de Vitoria, catedrático de la Universidad de Salamanca, quien habló luego de la conquista del Perú por Francisco Pizarro y de México por Cortés. Vitoria fue un severo crítico de la conquista española y sus argumentos fueron una contribución al derecho internacional.

La conquista, en el sentido de dominio y poblamiento de los nuevos territorios fue realizada enteramente bajo el reinado de Carlos, y en un período breve que va de 1519, con la entrada de Cortés en México a 1536 con Pizarro en el Perú.

En ese período fueron fundadas más de cien ciudades, se crearon las Audiencias de México (1527), Tierra Firme o Panamá (1535), Lima (1542), Guadalajara (1548), Santa Fe (1549), además de las Universidades de México (1533) y Lima (1555), ambas anteriores a muchas de las Universidades europeas.

Tras su abdicación, en noviembre de 1556, se retiró al monasterio de Yuste, donde vivió austera y apaciblemente durante un año y medio, alejado de la actividad pública. Su habitación era pequeña con un lecho y una ventana para ver la misa. Estaba en manos de la orden de los Jerónimos que lo guiaron espiritualmente en ese retiro.

Carlos murió de paludismo, el 21 de septiembre de 1558. En 1573, su hijo Felipe hizo trasladar sus restos, junto a los de su esposa Leonor, al Monasterio de El Escorial.

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