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5 diciembre, 2019
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Cinco toboganes naturales para un chapuzón refrescante


















Nada de plásticos: la naturaleza talló estas rampas, de Perú a Nueva Zelanda




1 Perú. Los toboganes de Songos




























Un pequeño arco dice: “Bienvenidos a Songos – Linday”, por encima de un camino polvoriento y pedregoso. Songos es, ni más ni menos, lo que se ve detrás de él: un puñado de casas bajas con paredes de ladrillos rojos sin revocar.

El pueblo más cercano es San Jerónimo Surco: estamos a poco más de 60 kilómetros de Lima, en medio de la sierra. La salida a los toboganes de Songos no es para cualquiera, hay que estar dispuesto a trepar entre rocas y espinillos.















La subida desde el pueblo por el desfiladero es costosa, el desnivel grande y el sendero, difícil. Pero como siempre, los esfuerzos tienen su recompensa y la naturaleza no escatima encantos. Luego de un primer tramo se llega a la Trenza de la Viuda (algunos la llaman también el Velo de la Novia). Se hace una primera parada para recuperar el aliento, descansar y ver cómo el sol de la mañana juega con el agua y forma un arco iris. Un poco más arriba del salto, el arroyo Linday pasa por el Cuello, un tramo tan empinado que hay que subir con sogas. Finalmente se llega a los tan esperados toboganes de Songos.















Son rocas tan bien lijadas por el agua que forman un resbaladero perfecto. El agua es fresca, casi fría, pero luego de tanto esfuerzo es una bendición y hace olvidar los momentos más duros de la subida.

Para llegar hasta los toboganes y regresar se necesitan varias horas desde el arco de entrada de Songos. Las excursiones desde Lima combinan por lo general los toboganes con las vecinas cascadas de Huanano, para hacer bautismos de canyoning. Es una excursión de día entero. Prever buen calzado, guantes y muda de ropa.









2 Nueva Zelanda. El más largo del mundo

Gisborne, la ciudad de la cantante Dame Kiri Te Kanawa, está a orillas de la Bahía de la Pobreza. Un nombre difícil de llevar si los hay, sobre todo cuando se pretender ser un destino turístico. Así es que Gisborne se promociona más bien como la ciudad más oriental del mundo: la primera en recibir el Año Nuevo. Es una especie de Ushuaia de la longitud este. Pero en Nueva Zelanda la conocen sobre todo por el tobogán natural de Rere Rockslide, una atracción tan larga como divertida: las aguas del río Wharekopae pulieron con mucho esmero las rocas de su lecho, tanto que es posible deslizarse incluso parado (o tratar de hacerlo, luego de un poco de práctica).








La gente viene a pasar el día y jugar en el agua, llevando todo lo que puede servir para el tobogán acuático: bodyboards, flotadores, colchonetas de goma eva. La caída tiene 70 metros de largo y termina en un piletón que forma el río al retomar su curso. Sigue luego hasta las Rere Waterfalls, a dos kilómetros de distancia. Es una hermosa cortina de agua que forma duchas naturales, ideales para disfrutar cuando el río no está muy caudaloso.

La pendiente del Rere Rockslide es de 30 grados. Lo suficiente para divertirse con toda seguridad. Las rocas son totalmente lisas y el sitio es muy seguro. Está a 50 kilómetros de Gisborne o a 300 kilómetros por ruta (mucho menos en línea recta) de Rotorua, el principal centro turístico de la Isla del Norte de Nueva Zelanda. Es el tobogán natural más largo del mundo.









3 Tahití. Un salto tropical



Tahití es sinónimo de playas y de paisajes de ensueño. Pero la isla -la mayor del Archipiélago de la Sociedad- no tiene un litoral tan hermoso como las demás. Su belleza reside más bien en su interior salvaje y exuberante, en torno de la montaña más alta de Polinesia. Uno de los sitios más increíbles del interior de Tahití es el Valle de Papenoo, en realidad el cráter de un antiguo volcán tapizado de una tupida vegetación tropical. El clima es húmedo todo el año y el agua abunda por doquier, formando muchas cascadas.

Al pie de las montañas, cerca del istmo que separa Tahiti Nui y Tahiti Iti (la grande y la pequeña, en idioma local) está el tobogán natural de Vaiumete, en el Vallée de la Maara. No es ni muy caudaloso ni muy alto, pero es seguro, divertido y refrescante. Hay que buscarlo cerca del pueblo de Papeari, no muy lejos del antiguo museo dedicado a Paul Gauguin (en refacción desde hace unos años y sin fecha confirmada de apertura). Está al final de un largo sendero que se abre paso entre bosques de bambúes, helechos gigantescos y arbustos de tiaré, la emblemática flor con la cual se hace el aceite de monoï. A pesar de la distancia, muchas familias vienen a disfrutar del lugar y divertirse, sobre todo los fines de semana.

El sendero arranca desde el kilómetro 51,3 de la ruta circular costera, en dirección a la montaña. La pileta natural de Vaiumete y su tobogán están a casi 10 km de la ruta. Hay que contar dos horas de una caminata moderada.


4 Brasil. El diamante bahiano



El Parque Nacional Chapada Diamantina está en el centro-este de Brasil, a unos 400 kilómetros de Salvador de Bahía, la gran ciudad más cercana. Protege un relieve extraño y hermoso, hecho de mesetas que dominan valles cavados por ríos y arroyos. Es la versión brasileña y tropical del Gran Canyon. Como el resto del interior del país vecino, es muy poco conocido y visitado por los turistas del continente, que se interesan casi exclusivamente en las playas y ciudades costeras. El parque es entonces una joya natural por descubrir. El punto de partida para hacerlo es el pueblo de Lençois. No hace falta contratar un guía para llegar desde su pequeño centro al tobogán de Rebeirao do Meio. Las aguas tibias del río Lençois corren por encima de una gran roca plana que forma un ancho tobogán. Los otros atractivos locales son la Cachoeira de Sossego, la Gruta Azul, y la de Lapa Doce o el Morro do Pai Inacio para ver el sol caer sobre la chapada. Las mesetas fueron exploradas por los buscadores de diamantes durante el siglo XIX. De ahí viene el nombre del parque. Su verdadero tesoro es el agua, que forma lagos cristalinos para bañarse y refrescarse en el extremo clima tropical.

Se llega al tobogán en menos de media hora de caminata desde el centro de Lençois. No hace falta contratar guías para llegar una vez que un vecino haya indicado el camino correcto. La pendiente tiene unos 50 metros de largo.


5 Francia. Entre bosques de castaños

Las Cévennes son montañas del sur de Francia que culminan en el monte Aigoual, donde todavía en pleno siglo XXI algunos pastores cuidan rebaños de ovejas cada verano, como sus antepasados lo hacían antaño. En las laderas y los cañadones cavados por los ríos se cruzan con turistas que recorren la región para realizar actividades de turismo aventura. Como los que van para tirarse por el tobogán de Ícaro, cerca de Le Vigan. El arroyo Coudoulous cavó abruptos encajonamientos y se presta a varias actividades de aventura en medio de bosques de castaños.

Esta región es mucho menos concurrida que las vecinas Gorges du Verdon (las gargantas del Verdon, el Gran Cañón europeo), que en verano forman una especie de enclave de Europa del Norte por la gran cantidad de turistas que vienen de los Países Bajos, Alemania o Escandinavia. El turismo masivo no llega al pie del Aigoual y al sitio de las Cascadas de Orgon, donde está el tobogán natural. Los que sí llegan, se tiran (con casco y equipo de rappel) por el tubo de rocas hasta una olla de aguas cristalinas y frescas.

Para realizar la salida completa y explorar la parte superior de las Cascadas de Orgon se necesita cierto entrenamiento y algunas bases de rappel. No es el caso para llegar al tobogán, siempre con el acompañamiento de guías y con el equipo adecuado. El sitio está a 10 km de Le Vigan por pequeñas rutas de montaña. La gran ciudad más cercana es Montpellier.



















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