18.4 C
Córdoba
21 julio, 2019
Peipus.com.ar

Como herrero empezó arreglando sulkys, se reconvirtió y hace desde rejas a parrillas


















Mario Arregue, en plena faena en su taller



Como todas las jornadas, Mario Erregue empezó temprano en su taller de herrería en San Vicente, provincia de Buenos Aires.





























Tiene 75 años y un oficio que defiende con pasión: es herrero. Es uno de los pocos que hoy siguen arreglando carruajes y carros antiguos.


















Su historia con el oficio se inició a los 18 años, cuando vivía en el campo con sus padres. Al abandonar sus estudios secundarios, lo enviaron al pueblo para ser aprendiz de herrero en un taller de un conocido.















Al principio era solo mirar, cebar mate y hacer algunos mandados, pero de a poco fue agarrando algunas ruedas de carro. Tiempo más tarde y, con una experiencia más que suficiente, se alquiló una herrería para largarse como independiente.




A la mañana, lo primero que se hace es prender la fragua y preparar unos mates
A la mañana, lo primero que se hace es prender la fragua y preparar unos mates





Mientras los años pasaban, la evolución y la producción en serie bajaron la demanda de la herrería, a la que había dedicado tanto tiempo.Lo que antes era un oficio indispensable e insustituible para la economía y el transporte se volvió casi innecesario.








Así, en las últimas décadas los arreglos de ruedas de carro y de carruajes de época mermaron y el ofició viró. Debió aggiornarse a una nueva realidad: sumó a su abanico de trabajo rejas, portones, muebles, parrillas y utensilios varios.

“Hoy solo de los carros no se podría vivir, igualmente soy uno de los pocos que quedan restaurando carros antiguos, que me los traen de los establecimientos de turismo rural y las asociaciones tradicionalistas para sus desfiles de carruajes”, contó a
LA NACION. Agregó: “Es el boca a boca lo que me hizo conocido; tengo carros que vienen desde La Pampa”.








Cerca de las siete de la mañana, de lunes a sábado, Erregue camina las pocas cuadras que separan su casa del taller para comenzar su labor. Ya en el lugar, pone la enorme pava, carbonizada por el tiempo y el fuego en la fragua recién prendida y, mate en mano, comienza a revisar la lista de pedidos y de trabajos por terminar. “La rutina no se rompe, por más que me haya acostado a la madrugada”, contó el artesano.




El oficio del herrero es trabajar el hierro, al que se lo calienta al rojo vivo en la fragua, hasta volverlo incandescente y moldeable. Observar el color del material es importante a la hora de ver cuán maleable está.

El terreno donde está el taller tiene una parte techada, con “piso de tierra nomás” y al fondo, a cielo abierto, están los carros a la espera de ser reparados. Si bien Arregue cree que su taller es precario, siente que no se necesita más que las herramientas para trabajar.

En el lugar pueden hay sierras sin fin, garlopa, fragua, un gran yunque, tenazas y una vieja heladera donde tiene alguna que otra cerveza para tomar y cortar el mediodía.




En el fondo del terreno, los carros esperan ser reparados
En el fondo del terreno, los carros esperan ser reparados

Un proverbio en relación al trabajo de los herreros señala que “todo lo que se necesita es algo en donde calentar el metal, algo en donde golpearlo y algo con qué golpearlo”.

Hace unos años que lo acompaña su hijo Juan Cruz, que un día decidió abandonar la primaria y ayudar a su padre en los trabajos. “El taller da para el sustento de todos, gracias a Dios”, dijo, en alusión a que ahora hay dos familias que alimentar.




El taller de Arregue es sencillo pero no le falta ninguna herramienta para su trabajo
El taller de Arregue es sencillo pero no le falta ninguna herramienta para su trabajo

Con 50 años de casados, su esposa Nélida lo conoce bien. Su rutina no ha cambiado en todos estos años. Se levanta a las cinco de la mañana, vuelve al mediodía, luego una siesta reparadora para volver al taller hasta las siete de la tarde.

Al atardecer vendrá el momento de esparcimiento. Es un clásico de todos los días ir al club de la Sociedad Española de Socorros Mutuos y encontrarse con amigos de la infancia. “Antes, siendo mozo, jugaba a la paleta pero ahora solo miro y apuesto los partidos de paleta; también juego al truco con los muchachos”, contó.

Hace unos años que está jubilado pero igual siente que no puede dejar el oficio, del que siente un orgullo inmenso. “Estoy jubilado pero la jubilación no me alcanza ni para comprar la cervecita que tomó todas las noches en el club”, dice entre risas.



















Link a la fuente

Temas relacionados

Infocampo “Los cortes de Precios Esenciales no se consiguen y la carne picada tiene soja”

admin

El Gobierno aprobó la primera soja “Made in China”

admin

Concurso: un premio al desarrollo sostenible

admin