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21 octubre, 2019
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Damián Arce, el “10” de potrero que tiene Instituto

Margarita es la mamá de Damián Arce, pero es muchas cosas más. Es casi todo.

Ella está sentada en una de las tribunas del Monumental de Alta Córdoba y ve a su hijo salir aplaudido por todos los hinchas de Instituto. Arce lleva la camiseta “10” y sonríe. Sonríe mucho. Y ella, como toda mamá, llora.

Damián habla de su mamá, de esa noche en Alta Córdoba y recuerda una tarde en especial. “La” tarde. Tenía 15 años y muchos sueños. Entre ellos, llegar a ser el “10” de Boca, donde jugaba en inferiores. Pero ese día, todo se rompió. O casi.

“Mirá, pibe. No vas a seguir acá. Tenemos muchos como vos o mejores”, fue la frase que escuchó Damián y se derrumbó.

“Ese día, mi mamá me dijo las palabras justas para que pudiera salir adelante. Ahora no recuerde exactamente qué fue. Pero yo estaba destruido, se me caía el mundo. Y ella me dijo que acá no se terminaba nada, que yo iba a ser jugador. Si no era Boca sería en otro lado. Siempre que me pasa algo malo me acuerdo de ese día. Es un recuerdo que siempre me ayuda a salir adelante”, cuenta Arce ante Mundo D.

Pasaron 13 años de ese día donde Boca lo dejó libre. Y hoy, con 28, está seguro que todo pasó por algo. Que así debía ser. Que Margarita tenía razón.

“Es impresionante lo que hizo mi vieja por mí. Ella fue mamá y papá. Junto a mis dos hermanos, me crió junto a mi abuela. Ella salía a trabajar, era portera. Pero siempre me acompañó en cada partido, en cada momento mío con el fútbol. Tratando de que nunca me faltara nada, en un hogar humilde. Gran parte de lo que fui logrando hasta hoy es por ella”, cuenta Damián, que directamente no habla de su padre. Sólo habla de Margarita.

Arce, de potrero. Damián está muy feliz en la Gloria. (José Gabriel Hernández / La Voz)

Ella lo llevó a su primer club de baby fútbol, el Tala Unión de su barrio, Ezeiza. “Ahí arranqué del baby y de ahí tengo algunas cosas todavía, como la gambeta. Tuve una infancia muy linda, todo el día jugando a la pelota. Mi barrio no era un lujo ni mucho menos. Nos faltaban cosas, pero fuimos felices. Siempre vuelvo cuando puedo. En mis vacaciones las pasó allá. Tengo todos los amigos. Uno en el barrio pudo elegir otros caminos que no eran los correctos, pero eligió el fútbol”.

Con esa zurda y su gambeta pausada, se metió a los hinchas de la Gloria en el bolsillo desde el primer día.

Pero no todo fue tan fácil en su carrera. Para nada. Al irse de Boca, tuvo que arrancar bien de abajo. Desde uno de los mejores clubes del país, a la nada.

“Después de Boca me probé en varios lados y no tenía suerte. Pasé por Nueva Chicago, después en El Porvenir, donde me ficharon. Creo que llegué a jugar hasta quinta y ahí tuve otro momento muy malo. Dejé el fútbol directamente. Pensé que no iba a ser lo mío y bajé los brazos. Me puse a trabajar, hacía changas en mi barrio. Cortaba el pasto. Lo que sea para ayudar a la familia. Por suerte después recapacité y el destino me dio una nueva chance. Me probé en Riestra, quedé y ahí arranqué”, recuerda.

En Riestra, en la Primera D del fútbol porteño, no había contrato profesional aún. Pero algo se cobraba. Desde ahí fue escalando y subiendo hasta llegar, finalmente, a Primera División en un ascenso increíble.

“El primer año con Riestra hice 21 goles. Me fue muy bien. Y empecé a confiar en mí, en lo que yo era. Después se fue dando todo rápido”.

Pasó a Almagro y fue avanzando aunque no siempre las decisiones fueron las correctas. Jugó también en Quilmes, San Martín de Tucumán y Patronato, donde llegó a hacerle un gol a Boca en La Bombonera. Sí, a los que lo habían dejado libre.

En la temporada 2017/2018 lo llevó Unión de Santa Fe y parecía cantado que se iba a establecer como un jugador de Primera División. Pero todo salió mal. Jugó apenas un partido de pretemporada. Nunca más lo pusieron.

Hubo que salir de otro pozo, junto a los suyos y los representantes que lo acompañan desde Riestra, Miguel Leyes y Miguel Vangioni.

“Yo tengo autocrítica y se que fallé. Tuve errores y no pude establecerme como un jugador de Primera. Cuando llegás, hay que trabajar el triple, entrenar mucho más. Aunque también es cierto que a veces hay injusticias en el fútbol que la gente no sabe. Hay que masticar la bronca y seguir. Y eso hice”, relata.

Tras un retorno a Almagro, donde la rompió justamente ante Instituto, el llamado de la Gloria apareció en el último mercado de pases y hoy siente que fue una decisión acertada. “Muchos compañeros me hablan de esa noche que jugué acá contra Instituto. Fue un lindo partido, ¿no? Yo la pensé bien cuando me llamó Instituto, analicé todo, pero no tuve muchas dudas. Es un club muy lindo, por donde han pasado grandes jugadores. La gente acompaña muchísimo y tiene gusto por los buenos jugadores. Uno está en La Agustina y es hermoso como se respira fútbol. La cantidad de chicos que hay. Me siento muy a gusto. Hoy siento que fue la mejor decisión venir. Y me encuentro en uno de mis mejores momentos, quizá mejor que cuando estaba en Patronato. Firmé un contrato por dos temporadas y eso me deja tranquilo. Pero quiero ir paso a paso y creciendo junto al equipo. Me gustaría ser recordado en Instituto, por mi fútbol y por lograr algo”, se sincera. Está muy cómodo en Córdoba, junto a su pareja Micaela y su hija Guillermina. Y así se lo ve: feliz.

César Zabala, el entrenador que lo pidió, lo definió así: “Es un jugador con olor a potrero”.

Arce aceptó ese desafío y agarró la “10” sin vueltas. Es líder de un plantel joven, pero unido.

“Hay muchos chicos que juegan muy bien, con mucho talento. Y eso se junta con gente de experiencia que piensa siempre en el grupo, como Erpen o Sills. Tenemos un buen equipo, que sabe a lo que juega”, dice Damián, que marcó un gol ante Tigre, en esa noche épica del 3 a 0.

En ese partido, también hizo un gol Rodrigo Garro, su “pichón”. “Rodrigo tiene un gran talento. Y me veo reflejado en él. Por eso trato de ayudarlo, aconsejarlo, algo que no tuve yo cuando arranqué. Ser su guía. Sentimos el fútbol de manera parecida”.

La pelota llega a los pies de Damián en la cancha de Instituto y la gente abre los ojos atentamente. “Me gusta eso que la gente sienta que va a pasar algo cuando uno agarra la pelota, lo percibo”, se ríe, con una simpleza y tranquilidad muy suya.

Así es Damián Arce. Ese jugador de potrero que lleva la “10” de la Gloria.

El dueño de la pelota.

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Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 12/10/2019 en nuestra edición impresa.



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