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25 agosto, 2019
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De casi matar a un hombre a ser el representante de las modelos más famosas de Argentina: la increíble vida de Pancho Dotto

Detrás del muro de más de media cuadra sobre una barranca de Punta Chica, en San Fernando, hay tres cosas: una casa de 600 metros cuadrados, un hombre y un perro.

También, apenas se ingresa, un garage iluminado con fines de exposición. La luz, tenue y cálida, rebota sobre un lustroso mini Cooper, sobre un Mercedes Benz 220, sobre una Pagoda, sobre otro Mercedes, y otro, y otro más.

—Él es Crack -dice Dotto al tiempo que un golden retriever cachorro se abalanza sobre las visitas-, si le das mucha bola no te va a dejar en paz: quiere cariño todo el tiempo.

Nacido hace 63 años en Paraná, Entre Ríos este hombre hizo tambalear los test vocacionales en los años 90. ¿Abogada, médica, arquitecta… o modelo?: Carola del Bianco, Dolores Barreiro, Valeria Mazza, Pampita, Deborah del Corral colaban la duda en cualquier adolescente. Hijo de Teresa y de Mario  Dotto -“Mario Ramón”, corrige Pancho-, un oficial de prefectura, Pancho es el tercero de cuatro hermanos.

Espigado, de camisa, corbata y chaleco, mantiene un tic que arrastra al menos desde que su vida comenzó a ser televisada: a cada rato lleva ambas manos a la nuca y libera los mechones de pelo atrapados en el cuello de la camisa. En el 2008 lo repitió en una de las tantas visitas al living del programa de Susana Giménez. Acompañado en esa oportunidad por tres modelos, contaba:

-A Betiana la conocí en Misiones. Era una chica bien de Misiones, de la selva.

-¡Eras Jane! –le grita Susana a Betiana.

-Nunca me voy a olvidar –cuenta Betiana Wolenberg-: nos presentamos 700 chicas. De las 700 quedamos 75, Y de las 75 Pancho eligió a 3.

La idea de Dotto Models surgió por un grupo de modelos estofados en 1983. Dotto era uno de los contratados por cigarrillos L&M para grabar una publicidad en el sur argentino. Los 4 días iniciales de grabación se hicieron 25. “Éramos cuatro parejas en cuatro globos aerostáticos que se encontraban en un mismo punto y compartían unos fasos alrededor de una chimenea en el Sur. Una boludez bien hecha. Pero no se habían dado cuenta de que San Martín de los Andes es un lugar muy ventoso”, recuerda. “Se armó un gran quilombo con todos mis compañeros. A pesar que la guita que se ganaba era muy buena, no quedaba claro cuánto debían pagarnos por la re toma. Yo sabía. Entonces un modelo salteño que tenía mucha facha me pidió que me encargara de lo suyo. Otro me dijo lo mismo y así fue que negocié el caché de todos con el jefe de producción“.

Como agencia de “modelos top”, Dotto Models abrió en 1984. Pero la oficina que compartía con una amiga que vendía ropa de ski funcionaba desde 1982. Además de modelar, Pancho “producía de todo: tenía actores, tenía mancos, de todo tenía. ‘¿Qué necesitás? ¿Malabaristas? Los consigo. ¿Un Tarzán? Vi un chico en Olivos que puede ser’. Hasta que decidí ser una agencia top. ¿Qué significaba una agencia top? Chicas y chicos a partir de los 14, sobre todo mujeres que eran las que más pedían las agencias. Y empecé a buscarlas, primero en Buenos Aires, después empecé a viajar al interior. Cuando encaré el trabajo de representante las modelos eran todas de doble apellido, paquetas. Yo empecé a elegir chicas lindas, viviesen donde viviesen”.

—¿Por qué desde los 14 años?

—Porque es lo que querían en el mundo. En el mundo las chicas empezaban a trabajar de modelo a los 14. Brooke Shields hizo una película protagonizando a una prostituta a los 12. Entonces yo empecé a buscar de 14 y lo dije. Mi única competencia de ese momento, que era (Ricardo) Piñeiro decía que tomaba de 18. Mentira. Tomaba de 14 también. Pero él decía lo que la gente quería escuchar y yo decía lo que era.

Cuando Pancho tenía 14 años se fue de su casa y volvió a los dos meses y medio. Por entonces los Dotto vivían en los monoblocks de Prefectura en el barrio de Núñez. Así como vivieron donde Prefectura decidía que don Mario Ramón debía ir (Pueblo Brugo, un pueblo de mil habitantes en Entre Ríos sin luz ni agua, Rawson o Ramallo), se iban cuando Prefectura decidía que don Mario debía irse: “Por el trabajo de mi padre vivimos más o menos un año en cada lugar. A mi viejo lo pasaron a retiro a muy temprana edad”.

—Qué sé yo. Yo no te puedo hablar muy bien de mi padre. Supongamos que por un comportamiento que no tiene nada que ver inclusive con el laburo, más allá de que ellos no laburan mucho que digamos, los empleados estatales en general, a no ser que tengan mucha vocación. Mi viejo hacia lo que hacia cualquier tipo pero por ahí desbarrancaba en la parte personal y en lugares chicos. Y todo se sabe. A mis 14 años le dije a mamá que se separara, que tenía edad para rehacer su vida. Mi viejo tenía quilombos con todo el mundo: si era americano, si eras italiano. No tenía paz con nadie, cosa que yo tengo: amigos judíos, amigos vascos, petisos… Yo creo que mi hermano se metió en el colegio militar para joderlo. Para mi viejo la Prefectura era lo máximo del mundo. Mi hermano es General de Brigada retirado.

—¿Vos te hiciste modelo para joderlo también?

—No, se dio de casualidad. Me vio un tipo, en un bar en Juramento y Tres de Febrero. Me empezó a hablar y me asusté un poquito, yo era del interior y tenía 16. Uno de mis amigos estaba de novio con Maggie Miller, que era la top de aquella época. Por esos días, mi amigo me mandó una postal: estaba en Río de Janeiro y me invitaba. Yo me iba de vacaciones con una novia y una amiga a Cataratas, en tren. En el viaje escucho que un tipo que iba en un asiento delante dijo que iba a Río, Río algo. Le pregunté a qué Río y respondió: “Río de Janeiro”. Al rato le dije a mi novia que me bajaba antes de Cataratas, que me perdonara.

—¿Dejaste a tu novia en el medio del viaje?

—Dejé a mi novia. Sola no, con la amiga. Después se casó con un amigo, tuvieron un hijo y fueron felices. Pero dejé a mi novia arriba del tren y ella me dijo: “Si me escribís te perdono”. Nunca le escribí. Fue una gran novia. Bueno, te cuento: llego a Río, toco timbre, Copacabana 98, sexto piso no sé cuánto. A la semana la acompañé a Maggie a cobrar a una agencia y al otro día le preguntaron a ella por el flaco alto argentino, si querría trabajar.

El primer negocio de Dotto fue de plantas: tenía 15 años cuando en los viveros de Buenos Aires estaban de moda las yucas, plantas que parecen plumeros de hojas verdes y gruesas. Lo que en la capital del país era lo último en decoración, en Ramallo, donde él había vivido dos años, se usaba para separar campos. Averiguó cuánto pagaban en el barrio chino, supo que había un precio con y sin raíz y compartió el dato con un amigo. “Fuimos y vinimos de Ramallo con una camioneta que manejaba el padre repleta de yucas. Reventamos el mercado, lo saturamos: había demasiada yuca. Pero gané mis buenos pesos“.

—¿A cuántos colegios fuiste?

—Muchos. Me echaron de todos lados. Pero me echaron por conducta, siempre fui una persona que le cayó bien a la gente.

—¿Terminaste el secundario?

—De grande, como a los 24.

Francisco Pancho Dotto compró la casa-mansión en la que vive en el año 2000. Inspirada en lo que los arquitectos conocen como “La casa de la cascada” de un pope de las formas estadounidense llamado Frank Lloyd Wright, pero de un pope de estas pampas, el arquitecto Raúl von der Becke, quien la hizo en San Fernando. Y Dotto la reformó. Y Crack la está rompiendo: “Destrozá el sillón pero quedate sentado, tengo que charlar”, le dice Dotto y le bate las orejas.

Antes de la agencia de modelos tuvo una sandwichería en Villa Gesell, algún que otro restaurante en Buenos Aires y “un Renault 12 todo podrido, pero me llevaba a todos lados. Había perdido toda la plata en una financiera, en un restaurante. Me estafó un tipo. Casi lo mato. Literalmente“.

—¿A dónde fuiste a buscar el arma?

—A la casa de mis viejos, porque mi viejo tenía armas. Agarré una 9 milímetros y lo fui a buscar. No lo encontré.

La suerte cambió cuando logró cobrar otra deuda y jugó todo al 890. 890 era el portal de un edificio de departamentos en el que Dotto quería vivir y no había podido comprar. “Y salió a la cabeza, tres cifras. Una fortuna de plata me llevé”.

—Sí. Tuve un año y pico de jugador de póker profesional. Gané mucha plata, gané autos, gané todo jugando al póker. Pero cuando tuve el accidente con la moto y me internaron en el Dupuytren me cambió la suerte. Jugábamos casi toda la noche ahí y empecé a perder.

—¿Estando internado jugabas al póker?

—Venían a visitarme mis amigos, con guitarra y cantábamos Mañanas campestres. Las enfermeras nos decían “Chicos, acá hay gente que está internada” y yo les decía que yo también estaba internado. Y jugábamos.

—Al regreso de las temporadas con 95 modelos en una casa en Punta del Este, ¿te internaste en un Centro Adventista?

—En el año 95 tuve 95 personas, entre modelos y empleados. A los 15 días de volver me tiré en mi cama y me quedé duro, sólo movía el cuello. Ahí conocí el Centro Adventista de Vida Sana. En ese momento estaba de novio con Dolores (Barreiro). Salí nuevo en 14 días. En el 2001 me llevó 28 días; me agarró el corralito.

—¿Cuánto dinero perdiste?

—Me agarró en Punta del Este, haciendo asados de 20 mil dólares. Era los asados a los que venían el Colorado De Narváez, Franco Macri. Venía todo el mundo a mis asados. Gente rica de verdad, poderosa y yo no hacía nada más que darles de comer. En ese momento un terreno en José Ignacio costaba 20 mil dólares. Hoy tendría unos cuantos millones de dólares, pero me los gasté en asados. Yo creía que era por ahí. Tenía toda la plata en un banco de Argentina. Cuando volví a Buenos Aires fui al banco y estaban todos los muchachos golpeando las rejas. Lo que logré rescatar está en la Land Rover, la camioneta que uso hoy.

—¿Te llamaron alguna vez para hacer política?

—Hace muchos años, sí. En la época de (Carlos) Menem. Me ofrecieron charlar y yo dije que no, dije que me gustaría seguir trabajando.

— ¿Te caía bien Carlos Menem?

Jorge Guinzburg me había hecho una nota en la que me preguntó qué publicidad podía hacer (Fernando) De la Rúa, qué producto podía vender. Dije Nestum. “¿Y Chacho Álvarez?”, “Una bebida espirituosa, un vodka”. “¿Y Menem?”. “Menem puede hacer lo que quiera, es Dios”, dije irónicamente. Se publicó un domingo. El lunes me llamó su secretario, Ramón Hernández: “El presi te quiere hablar”. Y la voz de Menem: “¡¿Cómo andas querido Pancho?! Te llamo para agradecerte tus dichos en la revista dominical”. Era muy carismático (ríe). Otro día lo vi en la inauguración de una parrilla de un amigo. Al verme me dijo: “Vos sí que sos un hijo de puta. Mañana te vas a correr las Mil Millas”. Le pregunté cómo sabía. “Yo sé todo”, respondió. Y me dijo que quería ir pero en el gobierno le decían que quedaba mal.

—¿Por qué crees que sabía que correrías la carrera?

—Supongo que sabía porque le gustan los autos. Supongo que él sabía porque le hubiese gustado ir a correr y habrá escuchado un comentario.

—¿Menem nunca te pidió que le presentaras modelos?

En septiembre de 1999, cuando llegaba el casino flotante a Buenos Aires y un funcionario municipal lo clausuraba pero un tumulto de jugadores con el bolsillo caliente rompió la faja y entró a jugar mientras afuera protestaban vendedores de La Solidaria, las Dotto Models posaban para el número de la primavera de la revista Gente. “Las nuevas lolitas”, era el título, empleando el término que en ese entonces se usaba para llamar a las jóvenes modelos en los medios. En la foto, tres chicas se cubren los pechos con su pelo, con sus brazos. Signo de época, los scouting de modelos adolescentes y las producciones fotográficas de las revistas llamaban la atención pero no por la poca ropa sino por status: esas chicas lo habían logrado.

Ser muchacha Dotto era el sueño. Una semana después, el diario Clarín publicaba en tapa: “¿Se debe prohibir a las modelos lolitas? Proponen multas a los empresarios que las hagan desfilar con poca ropa. Y alertan sobre los riesgos que corren las chicas por su exposición”.

Dotto fue denunciado por corrupción de menores. El juzgado que tuvo a cargo el caso le dictó el sobreseimiento porque entendió que “la publicación se enmarcaba en una línea audaz pero que no implicaba el propósito de corromper a menores”.

“Mientras estábamos discutiendo sobre esas chicas de 15, 16, 17 años, que tenían donde vivir, que estaban cuidadas, que los padres las acompañaban, había chicas de 10, 12, 13 años, que eran obligadas a prostituirse por sus padres o violadas por sus padres. Ese era un problema. Yo estoy seguro que no fue casualidad. En casi todas las cosas que pasan en este país hay una transa. El que me denunció -nunca supieron decirme quién era- era un tipo que supuestamente iba caminando por la calle, vio la tapa y se sintió agraviado. Cuando en ese momento los kioscos estaban llenos de pornografía”, cuenta Dotto.

—Cuando conociste a Pampita, ¿ le bajaste la edad?

—Porque era grande para la época. Pampita cumplía 21 ese verano en Punta del Este. Cumplió 19.

Al quincho, en el cuarto piso de la casa, puede llegarse por escalera o en ascensor. Los techos de vidrio ahora están cerrados porque es invierno, pero en cuanto llegue la primavera “abro y entran los árboles”, explica Dotto con los brazos extendidos. Sobre su cabeza hay tres bolas de boliche, una grande y dos más pequeñas. Fue en este espacio donde 723 personas –”tenía el contabilizador en la mano, clic, clic”- lo acompañaron en el festejo por sus 60 años.

La recorrida por la casa marea. Uno o dos livings, tres o cuatro cuartos con camas grandes, una, dos o tres oficinas. Desde alguno o desde todos esos espacios se ve la piscina en planta baja a un lado, los autos en exposición al otro. Ya en desuso –Dotto cerró su agencia en 2014, “no me daba la energía para seguir viviendo enajenadamente”- en unos metros que ocupaban dos empleadas que se encargaban del negocio internacional, aún pueden verse las carpetas: Katya Fuks, Luz Cipriota, Florencia Salvioni.

Un piso más abajo, un bolso de cuero, arrumbado en un rincón, llama la atención de Dotto. Lo abre y comienza a sacar fotos sueltas. Sobre una mesa, las arroja como naipes: “Con Carola Del Bianco. Con Moira Gough. Acá estoy con Débora en la playa. La negrita, mi negrita Carolina Peleritti. ¿Y esta? ¿Esta sabés quién es? Linda Evangelista“.

—¿Cuándo estuviste en pareja por última vez?

—Hace 13 años. Mi última pareja fue (Carloina) Gimbutas. Hace un tiempo una amiga de una muy amiga mía me contó que después de separarse estuvo cuatro años sola. Cuando le conté que hacía más de diez años que estaba solo me dijo: “Ocupate solo de eso”. Y desde los 50 que estoy solo.

—¿Qué quiere decir que te ocupes solo de eso?

—Que me ocupe solamente de buscar una pareja. Es mi normalidad estar en pareja. Pero no se da. Mis parejas, que fueron maravillosas todas, me proponían casamiento y yo les decía que no. Después me decían “tengamos un hijo”. Y yo decía que no. A los tres años y medio máximo se iban. Ese era el tiempo de pareja para mí. Como que se vencía el contrato para ellas. Elizabeth Márquez me dejó después de un verano en Punta del Este en el que se me durmió la cara durante un desfile. Me ayudaron para ir de silla en silla y subirme a un taxi. Me pusieron 20mm de Valium debajo de la lengua.

—¿Qué te había pasado?

—Estrés, qué sé yo. Tuve que tomar 25mm de Valium por día para estar más o menos estable y hacer la temporada. Unos días después sentí que me asfixiaba en la ducha. A los tres días ella armó la valijita y se fue. Yo no lo podía creer. Porque ella estaba realmente enamorada… pero qué bien su autoprotección. Es increíble que lo haya tenido tan claro. Hay gente que no se da cuenta y termina con una pareja a los 80 muriéndose los dos juntos con una relación de mierda. Lo que me pasó con la Tota Márquez me pasó con otras parejas.

Fueron un montón de duelos que nunca pude elaborar.

—¿Valió la pena vivir así?

—Creo que no, pero no sé si lo podría haber hecho de otra manera.

—¿Tenés Tinder, Pancho?

—No. Pero aparentemente es bueno.

Video y fotos: Lihue Althabe

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