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20 octubre, 2019
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Día Mundial de la Salud Mental: ¿Por qué tenemos que hablar del suicidio?

Un niño sufre bullying en el colegio. Una mujer es víctima de abuso sexual y maltrato. Un hombre pasó la barrera de los 50 años, está desempleado y no consigue trabajo. Todos los escenarios son reales, se manifiestan a diario en la sociedad y, sumados a los múltiples problemas cotidianos, impactan con fuerza en las emociones de quienes los padecen y de todos quienes los rodean. El pasado 10 de octubre, se celebró el Día Mundial de la Salud Mental, y la Organización Mundial de la Salud (OMS), junto a la Organización Panamericana de la Salud (OPS), decidió centrar sus recursos en una campaña de prevención del suicidio, que tiene como objetivo concientizar y movilizar a la población acerca de cuestiones relativas a la salud mental.

Según la OMS, hay varias cifras para destacar: cerca de 800.000 personas fallecen al año en todo el mundo por culpa de este flagelo; es la segunda causa de defunción entre los jóvenes de entre 15 y 29 años; y su tasa de mortalidad anual (57 por ciento) es superior a la totalidad de la causada por guerras y homicidios.

Argentina no escapa a la triste tendencia global; varios de los profesionales que abordan los tratamientos de estos trastornos sostienen que es necesario comenzar a debatir el tema con seriedad. El coordinador clínico de Psiquiatría de la Fundación Foro, Demián Rodante (MN 137.931), hace especial hincapié en el hecho de trabajar sobre el área emocional de las personas desde los niveles iniciales, primarios y secundarios de la educación.

La tasa de suicidios aumenta en los extremos de la vida y afecta marcadamente a dos grupos bien definidos: jóvenes de entre 14 y 30 años y personas mayores de 60 años, con la característica particular de que los primeros cometen más intentos que los segundos, mientras que estos últimos tienen mayor efectividad en la concreción del acto.

“Lamentablemente, casi ni se habla de estos temas en los colegios. No se explica cómo manejar el malestar emocional, ni cómo controlar los sentimientos que tienen origen en el sufrimiento, y esto hace que después tengamos vidas más duras por no saber lidiar con los problemas”, sostiene Rodante, quien a su vez es uno de los principales impulsores de la terapia dialéctica conductual (DBT, por sus siglas en inglés), mediante la que se busca aumentar las facultades de quienes consultan para resolver situaciones de conflicto en momentos de crisis.

Esta terapia, que es novedosa en Argentina pero que ya lleva varios años de desarrollo en otras partes del mundo, trabaja sobre dos ejes fundamentales: el cambio y la aceptación. “Hay principios basados en conductas y que abordan los tratamientos de aceptación. Unos permiten que las personas asuman que hay hechos que nos ocurren, que no podemos cambiar y que solo podemos sobrellevar; y otros abarcan lo que se conoce como ‘estrategias de cambio’ y permite modificar ciertos hábitos para lograr vivir una vida que merezca ser vivida”, cuenta Rodante.

Fernando Maldonado (MP 449400), especialista en Psicología y Psiquiatría y médico de planta del Hospital Neuropsiquiátrico Colonia Cabred, en Opendoor, insiste en hablar de trastornos y no de enfermedades. “Uno nunca debe estigmatizar a los pacientes; es decir, si alguien tiene depresión, no se lo puede catalogar como ‘depresivo’. Es importante hacer fuerza en esto, porque genera conciencia en la sociedad de que no es lo mismo ‘ser’ que ‘tener’”, afirma.

Maldonado explica que Argentina tiene la Ley 27130 de Prevención del Suicidio, que determina cuáles son los ejes sobre los que es necesario poner manos a la obra. “La legislación habla de que se debe realizar un tratamiento preventivo, un seguimiento asistencial (en el caso de los focos agudos) y una posvención a los familiares de la víctima”, plantea, y argumenta que esto es así porque “por cada suicidio consumado, hay seis personas más con la posibilidad de desarrollar conductas de este tipo”.

La mayoría de los profesionales coinciden en que el tabú del tema está íntimamente relacionado con las emociones sociales, como la culpa o la vergüenza. “En las clases altas y medias, este tipo de hechos suele ocultarse porque se tiene la creencia de que podría llegar a mostrar cierta vulnerabilidad en la familia”, señala Rodante. Por su parte, Maldonado cuenta que esto es algo de lo que no se habla desde la Edad Media y que, recién en el siglo XIX, la cultura occidental comenzó a tratar el suicidio como un hecho privado y empezó a establecer ciertas conexiones entre él y las falencias en la vinculación entre las personas.

Nora Fontana (MN 12664.), licenciada en Psicología de la Universidad de Belgrano y vicepresidenta del Centro de Atención al Suicida de Buenos Aires (CAS), comenta que la institución (que cumplió 52 años el pasado 9 de junio) cuenta con voluntarios que intentan garantizar las 24 horas de servicio en la línea 135 –que es confidencial y gratuita–, pero que no son suficientes. Fontana remarca que las personas que trabajan en el centro intentan brindar apoyo a los que llaman y se encuentran en crisis.

“La persona que atenta contra su vida deja detrás de sí un tema muy fuerte de prejuicios, culpa y vergüenza, por eso siempre es importante que todas las personas traten estas problemáticas (desde los profesionales de la salud hasta los comunicadores) con empatía”, refuerza la vicepresidenta del CAS.

Varios son los especialistas en salud mental que coinciden en que el Estado se encuentra ausente en esta materia y que no muestra voluntad en la implementación de políticas públicas para intentar encontrar una solución, sino que deposita mucha de la responsabilidad sobre los hombros de los profesionales del servicio. En consonancia con esto, el doctor Maldonado confiesa que, para él, “los hospitales generales tienen puertas giratorias para los pacientes con tendencias suicidas” y que, lamentablemente, para las autoridades no es algo importante, por eso se ignora el carácter epidemiológico del suicidio.

Las expectativas del mundo científico en esta materia están depositadas en los debates públicos, en la mayor inversión en profesionales en el sistema de salud. “Se debe invertir seriamente en consolidar plantas de profesionales en los hospitales para acompañar a las víctimas de este flagelo”, insiste Maldonado y aclara que los beneficios pueden ser múltiples: “Si tenemos una sociedad que goza de buena salud mental, podemos disfrutar de una comunidad mucho más sana, que logre alcanzar sus metas y desarrolle todo su potencial”.

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