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25 agosto, 2019
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El policía español que logró engañar a Pablo Escobar en Marruecos

Era septiembre de 1992 cuando José Manuel Caamaño, entonces de 38 años, vio por primera vez a Pablo Emilio Escobar Gaviria, el narcotraficante más peligroso que ha tenido Colombia en su historia y uno de los más famosos de todo el mundo.

Estaban en Marruecos, en ese tiempo Caamaño trabaja como infiltrado para la policía española, adentrándose en el mundo de los carteles gallegos que tenían su base de operaciones allí, para vigilar sus movimientos y proporcionar información valiosa que terminó en varias capturas e interceptaciones de cargamentos con drogas.

El encuentro sucedió “por casualidad” como relató el mismo Caamaño en entrevista con W Radio. “Cuando contacto con ellos ya me conocen, me conocen por mi nombre, entonces no tengo la opción de actuar como agente encubierto usando un nombre falso. Nada, ellos saben como me llamo, saben que trabajo en el consulado, con lo cual el riesgo de que me puedan identificar a través de algún policía que esté comprado y trabajando para los carteles era muy grande”.

Cuenta el ex policía que antes de conocer a Escobar se había logrado infiltrar en el Clan de los Charlines, una de las familias de narcotraficantes y contrabandistas más importantes de Galicia, quienes en 1990 empezaron a transportar embarcaciones con cocaína y tenían en Marruecos una de sus bases de operaciones.

Con los Charlines, Caamaño se presentó usando su nombre real, pero con una coartada: trabajaba para España y la Unión Europea en excavaciones arqueológicas en la frontera con Argelia, que para entonces tenía un conflicto político militar con Marruecos. Eso justificaba su vehículo diplomático, la interrupción de su trabajo cuando se agudizaba la situación en la frontera y sus desapariciones periódicas.

A los Charlines les hizo pensar que él también era de Galicia y así empezó a ganarse su confianza. Gracias a sus contactos diplomáticos se volvió un enlace importante para ayudarles a resolver temas de aduanas, como una vez que en menos de 24 horas consiguió una pieza faltante en uno de sus barcos de trasporte de droga, cuando por eso hubieran tenido que detener operaciones por lo menos un mes.

También les servía de chaperón por la ciudad, en la que por su difícil situación de orden público se decretaba toque de queda por las noches y no se podía salir. “Como yo tenía mi cobertura diplomática, salíamos con mi coche a tomar una copa o dar una vuelta, y mi coche era el que abría las puertas ante los controles militares. Cuando te ven así empiezan a pensar en ti como una persona que puede resolver problemas“, dice Caamaño.

Esta cercanía con los gallegos se incrementó con el tiempo y estos empezaron a verlo como parte de los suyos. Caamaño terminaría infiltrado en este clan en total siete años. Ya en 1992, el infiltrado asiste a una reunión de la que también participaron unos narcotraficantes marroquíes. Allí estaban hablando de aumentar la operación y traer mucho más cargamento para moverlo por toda Europa.

En esa reunión, Caamaño escucha al intérprete de los marroquíes decir en árabe que para pasar el último cargamento los gallegos iban a tener que pagar el doble, le comenta esto a sus socios y sería ese detalle el que lo llevaría a conocer a Pablo.

El cargamento que negociaban los gallegos era de los colombianos, en específico de Pablo Emilio Escobar Gaviria, por lo que Caamaño termina frente a él explicando el plan de los marroquíes para cobrarles más dinero.

“La mercancía es mía”, le dijo Escobar, a quien en principio le presentaron como “Don Emilio”. “Sí, pero tú eres colombiano, tratas con españoles y la mercancía está en Marruecos, así que vas a tener que pagar una parte al Estado corrupto y a los narcos marroquíes“, respondió el agente encubierto. “Pues me los cago a tiros“, apuntó Escobar.

Tras ese intercambio, que relató El Mundo, logró convencerle de que entrar a una confrontación produciría una guerra de carteles que llamaría mucho la atención de las distintas policías que se encontraban en Marruecos, en especial de la DEA, que monitoreaba el país por ser productor de droga.

En esa primera reunión, que se celebró en una lujosa mansión al sur de Casablanca -ciudad portuaria de Marruecos- comprobó que Escobar era personalmente el enlace entre el narcotráfico gallego y el Cartel de Medellín y que su presencia en ese país respondía a un interés más allá, instalar una base de operaciones.

En esos encuentros, Caamaño convencería a Escobar de no establecer una operación directa del Cartel de Medellín en Marruecos, aconsejándolo sobre lo difícil que era para los colombianos pasar desapercibidos en ese país.

“Si aquí empiezan a aparecer grupos de colombianos todo el foco se va a venir a Marruecos y más si dejan de usar la ruta habitual que es la de Portugal y Galicia, van a asumir que hay detrás cocaína”, contó Caamaño a medios colombianos.

El hoy retirado ex comisario de la policía dice que, aunque se había ganado la confianza de Escobar, infiltrarse en el cartel de los colombianos “era imposible” y que por eso le convenía que siguieran siendo los gallegos quienes servían de enlace con el Cartel de Medellín y los carteles marroquíes ya que en su organización había logrado establecerse y tenía mucha información que después pasaba a las autoridades.

Describe a Escobar como alguien que fue amable con él, pero con un ánimo muy cambiante. “Su carácter era de una persona explosiva que pasaba de ser un bendito a un maldito en un segundo. Yo presencié momentos que pasaba de estar tranquilo tomando un trago a arrojar botellas y gritar“.

Después de esa última reunión en donde Escobar le ofreció trabajar para él, Caamaño no lo volvió a ver más, pero cuenta que estuvo a punto de capturarlo junto con el gobierno Español meses antes gracias a un “chivatazo” que lo ubicó en la finca de un rejoneador en Jerez de la Frontera -municipio español- que tenía allí un evento con personalidades importantes.

Aunque se confirmó su presencia y se desplegó un operativo donde participó el Grupo Especial de Operaciones de la Policía Española, el capo colombiano logró burlarlos y escaparse en una avioneta 10 minutos antes de que entraran al lugar.

Por el testimonio de Caamaño que sitúa las reuniones con el narco colombiano en septiembre de 1992 se puede deducir que Escobar habría viajado a Europa tras escaparse en julio de ese año de su lugar de reclusión, la lujosa cárcel de La Catedral, a donde había accedido a internarse en medio de una negociación con el gobierno colombiano de la época.

Escobar regresaría eventualmente a Colombia y moriría abatido el 2 de diciembre de 1993 por “El Bloque de Búsqueda”, un cuerpo élite de la Policía colombiana conformado específicamente para capturar al capo vivo o muerto.

Caamaño por su parte duraría 10 años infiltrado en Marruecos, conviviendo entre carteles gallegos y marroquíes. Finalmente regresaría a Madrid (España) después de tener que declarar en varios juicios contra barcos incautados y su coartada quedar expuesta ante los enjuiciados. A raíz de eso sufrió un intento de atentado contra su vida, que hubiera perdido a manos de sicarios colombianos contratados para asesinarle por los carteles marroquíes.

Hoy José Manuel Caamaño está retirado de la fuerza policial y se dedica a escribir libros en donde mezcla la experiencia de su vida de infiltrado en carteles del narcotráfico y la ficción. Ya ha escrito dos y está próximo a publicar otro. En ninguno habla directamente de Pablo Escobar, al que alguna vez se le consideró el narcotraficante más peligroso del mundo, un hombre al que conoció, engañó y vivió para contar la historia.

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