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19 noviembre, 2019
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“La odisea de los giles”, una aventura en el drama del 2001 y el corralito

La odisea de los giles es una película política, aunque por momentos pretenda correrse de aquel estímulo histórico y la oscuridad del año 2001.

Un exdeportista casi famoso, un revolucionario antiperonista, un “peroncho” que sigue la doctrina del General, un sin techo, una empresaria, un estudiante obligado a dejar la universidad para trabajar en el hogar. En el mismo lodo, todos manoseados. Todos atravesados por la impotencia.

Aunque se trate de una comedia dramática de aventuras, la nueva película dirigida por Sebastián Borensztein (responsable de La suerte está echada, Un cuento chino y Kóblic) emociona y por momentos perturba.

¿Qué puede salir mal? Se pregunta inocentemente Perlassi (Ricardo Darín) al sopesar la idea de reunir los desparejos ahorros de casi todo su pueblo en el interior de Buenos Aires para poner en marcha una cooperativa y rescatar La Metódica, acopiadora de granos cerrada en una crisis anterior del país.

La respuesta está en el mismo comienzo: agosto de 2001, tres meses antes de aquel diciembre negro argentino. Cuando el burrito sencillo va solito al corralito, los honestos, los trabajadores, los soñadores… se convirtieron en giles.

¿Pueden reunirse personas que piensan, sienten y actúan tan distinto con un objetivo común? Lo intentan cuando descubren quién los engañó, y cómo se urdió la trampa. El plan parece más imperfecto que ingenioso, como el mismo grupo, que deja las diferencias de lado.

La odisea de los giles

¿Es una película para cerrar la grieta? Sebastián Borensztein dice que no se dieron cuenta de la dimensión que tenía el proyecto hasta que tuvieron a un elenco multiideológico. En el rodaje, no existieron las diferencias: “Filmamos, nos divertimos, comimos, chupamos, contamos chistes, compartimos hotel acá y allá… y eso dejó claro que cuando un grupo de personas tiene un objetivo, y conviven un gorila y un radical, un peronista y un anarquista, uno de izquierda o de derecha, todo es accesorio”.

Borensztein aspira a que la película sea “un pequeñito mojón cultural” que demuestre que la grieta no existe más. “Como sociedad necesitamos eso, un objetivo. No vamos a salir adelante hasta que no tengamos uno. Claramente, no hablo de hacer una película, sino un país que nos abarque a todos. Cuando podamos bajar un cambio y llevar el pequeño ejemplo a la realidad cotidiana, vamos a ponernos de pie, a caminar”.

Estrenar a pocos días de unas elecciones no le da miedo por cómo pueda ser leída la película, y le baja un poco el precio cuando describe como “una aventura” a La odisea de los giles. “Uno hace una película con un objetivo, que es llevar entretenimiento y algo de reflexión al espectador”, agrega Borensztein, el menor de los hijos varones de Tato Bores.

La odisea de los giles

Para Luis Brandoni -que en aquel 2001 transitaba el último tramo de su labor legislativa como diputado de la Nación por la UCR-, es mucho pedirle al cine encargarse de las diferencias. “Hace tiempo que acuñé una frase que dice que el arte es la posibilidad de hacernos sentir, aunque sea por un rato, mejores personas. No sé si va a suturar la grieta, pero que le va a hacer bien a la gente, seguro le va a hacer bien”.

Es Ricardo Darín quien cree que el proyecto no parece el ideal, por “la turbulencia lógica de venir la semana siguiente a las Paso, donde supongo que los medios, el periodismo en general, y la gente va a estar muy empapada de resultados, cosas, opiniones, cruces, discusiones. No es el mejor escenario para proponer una historia de ficción, encima tan autóctona”.

Otras miradas

La odisea de los giles

Vale aclarar que La odisea de los giles no es “la nueva película de Ricardo Darín”, aunque el gran actor tenga un papel central en la historia, sea productor y el elenco cuente no con uno sino con dos Ricardo Darín (trabaja por primera vez con “El Chino”, que hace de su hijo).

Se trata de un filme coral, con grandes secundarios y personajes construidos con elegancia y cuidado, explotados al máximo en sus distintos registros, para llevar la trama por momentos tensos, o divertidos, o de puro nervio, en dosis medidas.

Los Perlassi (los Darín), Lidia (Verónica Llinás), la mujer de Perlassi, Antonio Fontana (Luis Brandoni), Medina (Carlos Belloso), Carmen Lorgio (Rita Cortese), Belaúnde (el cordobés Daniel Aráoz), Hernán (Marco Antonio Caponi), se destacan en el heterogéneo grupo de los nueve más osados de todos los giles.

La mayoría coincide en que se trata de una de aventuras, con épica pueblerina y mucho condimento. Sin embargo, el contexto social mueve a los espectadores como al elenco.

Marco Antonio Caponi, que tenía 18 años en 2001, sintió que en aquel momento se despertaba algo, cuando su hermana se fue del país, su padre quebró y casi pierde la casa. “Me empecé a comprometer con cuestiones sociales, a entender la vida adulta: qué es un banco, cómo me voy a educar, qué voy a hacer”. Pero la película propone un giro esperanzador, “para reivindicar a todos los perejiles que fueron estafados, que tenían toda la esperanza depositada en un banco”.

Brandoni, en tanto, dice que la crisis y el corralito los vivió con cierta resignación, aunque todo lo que tenía quedó atrapado en los bancos y tardó muchos años en recuperarlo. “Más allá de la indignación que me provocó, y cómo me impactó el drama social, no me quedé fijado allí. En la película, eso es un disparador”.

El origen

Sebastián Borensztein dice que es más difícil hacer una película sobre un libro de otro que imaginar una historia propia. Es un desafío aún mayor cuando la novela (en este caso La noche de la usina, de Eduardo Sacheri) es buenísima y motivadora.

“Cuando leés una novela, vos le ponés tus propias imágenes. Cuando cruzamos con Sebastián lo que vimos, nos dimos cuenta de que habíamos visto la misma película”, dice Darín, que también la produce con Kenya Films, empresa creada junto a su hijo y Federico Posternak.

Coinciden ambos en que en los tres años de trabajo sintieron el placer de lo que significa lograr cosas en equipo. “No es una que te anotás vos, es algo que nos está saliendo bien a todos”.

La buena relación entre Borensztein y Darín, refrendada en tres de los cuatro títulos del director con el actor como protagonista, tiene una razón: “Tenemos un pacto entre nosotros: somos inofendibles”, aseguran. Es decir: se pueden manifestar todo, lo solucionan, y siguen adelante.

Para el actor, las reminiscencias al 2001 aparecieron con fuerza en el rodaje, más que en el trabajo de preproducción.

Filmar junto a Verónica Llinás, parados frente a un banco con damnificados protestando por sus ahorros, fue conmovedor. “No sólo a mí, creo que es muy difícil que algún argentino no se conmueva. está en el ADN. Como esos momentos, podría describir cinco o seis más que remiten a una sensación de gran incertidumbre”.

Darín asegura que si algo gobernó aquellos años fueron la desazón y hasta la incredulidad de que lo que nos pasaba no podía estar pasando. “Sentimos que se terminaba el país”, agrega Borensztein.

El contexto

La historia de La odisea de los giles no pasará inadvertida, mucho menos entre elecciones decisivas para la Argentina, donde el 2001 vuelve de modo recurrente a los discursos y a las posiciones ideológicas o políticas.

Parece imposible abstraerse de aquel contexto dramático, aunque la trama se aparte deliberadamente del hecho histórico, y en varios momentos uno pueda hacerse un lugar para reír.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 11/08/2019 en nuestra edición impresa.



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