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22 abril, 2019
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La revolución es un sueño eterno














Fuente: LA NACION – Crédito: Sebastián Domenech


J ugadores de Zamora FC, último campeón y propiedad de Adelis Chávez, hermano menor de Hugo Chávez, posan con Juan Gaidó, autoproclamado presidente de Venezuela. Pero la imagen más repetida es la protesta de los futbolistas de Zulia FC y Caracas, del 10 de marzo en el estadio Pachencho Romero, de Maracaibo. Los de Zulia, como miles de ciudadanos más, venían de largas horas sin dormir, sin luz, agua ni telefonía en Maracaibo, buscando comida para la familia, en medio de saqueos. El capitán, Evelio Hernández, habló primero con jugadores de Caracas, cuyo vuelo se retrasó cinco horas en un aeropuerto sin luz, donde estuvieron tirados en el piso. “Lo que hagamos en la cancha”, avisó luego Hernández a sus compañeros en un vestuario en penumbras, “será noticia mundial”. Lo fue. Pitó el árbitro Ronny Cuevas y nada. Jugadores estáticos. Jugadores de metegol. Comenzaron luego a pasarse la pelota. Sin atacarse. Por momentos hablando entre ellos. Entretiempo y todo igual. Así, hasta el final del partido. Cero-cero, por supuesto.





























Los críticos del gobierno de Nicolás Maduro saludaron el gesto rebelde. “¡Que vivan los jugadores valientes y las madres que los parieron!”, tuiteó César Farías, exDT, propietario de Zulia. “Lo más seguro”, advirtió el jugador Rubert Quijada, “es que esto nos traiga consecuencias, pero si hay represalias, habrá una familia unida”. “Sería bueno que los jugadores, así como protestan por la falta de condiciones para jugar, también mostraran su disconformidad por quienes desde fuera de nuestras fronteras sabotean al país. ¿O acaso están de acuerdo con los que amenazan con invadir a Venezuela y dejarnos no solo a oscuras, sino con desatar una guerra para apropiarse de nuestros recursos? Hasta ahora no ha habido ni una sola muestra de solidaridad de los jugadores con la patria”, cuestionó Gerardo Blanco en el diario Líder. “Somos ciudadanos y personas antes de ser futbolistas”, dijo Hernández. “Estamos pasando las mismas necesidades que cualquier venezolano. El fútbol es una fiesta y me parece que Venezuela no está como para fiestas en estos días”, añadió.

En pleno apagón, otros equipos llegaron como pudieron a estadios a oscuras. Otros no pudieron volar. En Maracay la policía dejó el estadio porque estallaron protestas. “Estamos exponiéndonos a una tragedia”, avisó Richard Blanco, delantero de Mineros. La Federación Venezolana, tras un pedido formal del sindicato de jugadores, asumió que no se podía jugar fútbol en un país a oscuras y suspendió la fecha siguiente. El campeonato recomienza hoy. El propio Zulia, sin siquiera hielo para recuperar futbolistas, jugó anoche mismo por la Libertadores en Potosí, a más de 4000 metros de altura. Aquí estamos enfocados en Leo Messi, porque el viernes vuelve a la selección. ¿Y el rival? La mayoría de sus jugadores, como los de cualquier otra selección sudamericana, actúa en el exterior. Pero el fútbol hoy en Venezuela sobrevive como puede. Es casi un lujo en un país de petróleo codiciado y mucha corrupción, devastado, con inflación record, ciudadanos que se van, pelean y, apagón mediante, ahora mueren en hospitales sin electricidad. Un país sometido a bloqueo.















“Mi corazón con vosotros”, apoyó hasta Novak Djokovic, desde Indian Wells. Los mensajes arreciaron tras el incendio de camiones de “ayuda humanitaria” que intentaban ingresar desde Cúcuta. El gobierno de Donald Trump, y detrás de Estados Unidos, casi el resto del mundo, acusó a Maduro. Hasta que The New York Times publicó en la tapa una investigación según la cual el ataque, si bien acaso accidental, había partido de la propia oposición y que los camiones no llevaban medicina. Tampoco recibió mucho espacio la denuncia de Rusia de que el apagón de hace diez días fue por un sabotaje desde el exterior. Ni el informe reciente de la CNN que afirma que Maduro, lejos de haber realizado un montaje, sufrió efectivamente un intento de magnicidio mediante un ataque de drones con explosivos, en agosto pasado, en pleno centro de Caracas. “Estamos informados de todo”, leí alguna vez, “no estamos enterados de nada”.















La pelota tampoco sirve ya siquiera como alivio. En 2017, cuando el país sufría muerte en las calles, la selección Sub 20 “unió” a los venezolanos con una campaña inédita. Llegó a la final del Mundial de Corea del Sur. La vuelta al país incluyó himno, caravana y fiesta. “Presidente”, pedía a Maduro el DT Rafael Dudamel, “paremos las armas ya”. La Sub 20 arribó ahora como favorita al Sudamericano de Chile. Año y medio de preparación, concentraciones y partidos internacionales. Inició con un histórico 2-0 a Brasil. Pero tuvo poco recambio y un esquema conservador. Se derrumbó en el hexagonal final y ni siquiera logró clasificarse para el Mundial de Polonia. “Ponte duro, Maduro”, reclaman los que reivindican que el chavismo gana en las urnas y señalan a Guaidó como títere de Estados Unidos. “Tengo la sensación”, ironizó alguna vez el músico canadiense Leonard Cohen, “de que cada vez que se menciona la palabra ‘revolución’, esta se retrasa veinticinco segundos”.

















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