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15 diciembre, 2019
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Lo que no sabías de Juan Ignacio Londero: un viaje a su vida en Jesús María

La Quiniela de la casa de los Londero está cerrada por un rato. “El Topo”, Eduardo, pasó por la casa de María Corina, su madre, para tomar unos mates. Pero llega a tiempo para abrirle la puerta al equipo de Mundo D, que está en Jesús María: Nicolás Bravo tiene lista la cámara de fotos y Juan Cruz de Rossi luce los elementos para un video.

En el hogar de los Londero, ladran Isabella y Olivia. Dejarán de hacerlo cuando aparezca Milagros, la “nena” de la familia y dueña de las perritas. Eduardo grita/llama: “¡Juan Ignacio, están los muchachos que esperabas”. Y ahí aparece “el” Juan Ignacio. Buzo, jogging y cara de sueño.

“Me está matando el jet lag, no puedo dormir mucho”, afirma apoyando los codos en una mesa en la que se ve un mate seco y brillan unos criollos y facturas. “Los viajes tiene eso, te matan hasta que te acostumbrás, pero estoy tratando de descansar, cargar pilas”, dice con un tonadón cordobés.

Juan Ignacio, “el Topito”, viene de una mágica semana en París. Bajó a un top 20 como Nikoloz Basilashvili y eliminó a dos locales, el crack Richard Gasquet y el ascendente Corentin Moutet. Y en octavos jugó el partido que tiene grabado en su mente, “el” premio que tuvo en Roland Garros: el partido frente a Rafael Nadal.

“Salí a ganar, creía que podía ganarle y en un par de puntos me sentí bárbaro. Fue como que me recibí de tenista. Si salía a pelotear, me iba a comer una cagada a palos”, cuenta mirando sin mirar, como viendo con sus ojos escenas de ese match que terminó con un “mentiroso” 6-2, 6-3 y 6-3.

–¿Qué te dijo Nadal en la red al final del partido?

–Me dijo que siguiera así, que me felicitaba por lo que estaba jugando en el año, que iba a seguir mejorando. Fue muy lindo.

–¿Lo conocías de antes?

–No, lo conocí en el torneo. Antes del partido, nos cruzamos en el calentamiento previo en la misma cancha. Muy buena onda.

–En el trato, ¿son estrellas inalcanzables Nadal o Federer?

–Cada uno hace la suya, obvio, pero Nadal me vino a saludar a la sala de jugadores cuando le gané a (Richard) Gasquet. Fue increíble. 

Mariela, la mamá de Juan Ignacio, llega para la foto de la familia. Los flashes iluminan ese momento que se da pocas veces en el año. Todos juntos en casa, con la carrera profesional de Juan Ignacio, es una postal difícil de reunir.

Terminan las fotos y Eduardo se va a atender la Quiniela. Milagros y Mariela se suben al auto de Juan Ignacio. La próxima parada es donde empezó todo: el club Huracán. Antes de despedirse, Eduardo cuenta esos inicios del “Topito”…

“A los tres años iba conmigo y ya alzaba una raqueta que era más grande que él, ja. Se metía en medio de mis partidos a buscar las pelotas y mis amigos le tiraban pelotazos para hacerle bromas. A veces ni podíamos jugar porque se subía a una terraza que tiene el club y, de tan inquieto, tenía miedo que se me cayera de ahí”.

Juan Ignacio, a los 25, se ríe de esos momentos. “Yo me iba en bici por estas cuadras, de mi casa al club. Lo hacía siempre, ‘vivía’ ahí, jugando al tenis”. Llega al club Huracán. El polvo de ladrillo tapa los ojos del vientazo. Lo saluda el profe Ángel Tetrel. “Si le habré ganado puntos, ja, ja”, lo chicanea.

A metros, hay niñas y niños que lo miran con devoción y le piden una foto. Arriba del entusiasmado “chiquerío”, está esa terraza de la anécdota del papá. “Ja, ja, era un peligro a veces de nene”, admite.

Siguen las fotos y larga el video. Mientras se pone el micrófono cuenta que le faltan pocas materias para terminar el secundario, que le está dando duro al inglés, que se devora la serie “24 horas” en Netflix, que es amigo del “Peque” Schwartzman, que no ve mucho deporte y que de fútbol sólo sigue a la selección en mundiales.

Y va la pregunta que le sacará la respuesta más larga, un monólogo.

–Está la idea de que el tenista es millonario. ¿Es así?

–Millonario… todos los tenistas son personas normales. Obvio que están algunos que son millonarios porque lo generaron ellos. El sacrificio que hace un jugador es durísimo. Viajás a todos lados. A veces tenés que luchar por hoteles y por comida. La cabeza tiene que ir superando eso. Y encima tenés que jugar y la cabeza influye. A veces tenés que ganar para que te paguen el hotel. Perdés y chau. La gente piensa que sos millonario… Dejás tu familia. Perdí etapas de mi infancia. Perdí mis amigos. No iba a fiestas de 15, no hice un grupo de amigos. A eso lo perdí. Yo estaba trabajando. No viví etapas. De chico me dediqué a un trabajo.

Se hace un silencio después de esa respuesta. Es su verdad de lo que el mundo no supone de su lucha cotidiana, que va más allá de sus mejoras tenísticas: como pulir su drive, atacar más con revés y llegar a sacar a 215 kilómetros, como contra Nadal. “Eso es otra parte de la vida de ser tenista”, se sincera Juan Ignacio en esa cancha de Huracán. Ahí mismo acepta el peloteo de Mundo D.

–¿Qué te pasa por la cabeza durante un partido?

–Todo y de todo. Porque ganás y perdés en 15 segundos. Ganaste un puntazo y después perdés uno tonto. Te preguntás para qué jugás, para qué hacés tanto sacrificio. 

–¿Le mejor del tenis?

–Nada se compara a ganar. La sensación que te deja es incomparable. Nada material lo alcanza.

–¿Lo más aburrido del tenis?

–Que estás mucho tiempo solo.

–¿Tu peor momento?

–Hace unos años, cuando quise dejar. No estaba jugando bien, no tenía ayuda económica.

–¿El mejor?

–Este, lejos.

–¿Cuántas raquetas usás?

–Seis por partido, las voy cambiando en cada cambio de bolas, que es cada siete games.

–¿Tu primera raqueta?

–Me la dio mi papá, una Dunlop y creo que no la tengo más, ja. 

–Si no hubieras sido tenista, ¿qué hubieras sido?

–No sé, seguro estaría trabajando de algo acá en Jesús Marías. Me gusta mucho el motocross y cuatriciclos. Capaz competía de eso.

–¿Una comida?

–Pastas y comida de mar.

–¿David Nalbandian?

–Un groso, un ídolo.

–¿Hablaste con Gastón Gaudio por la Copa Davis?

–Hablamos, pero no hay nada firme sobre la Davis. Se juega a fin de año y en cemento en indoor. Nos van a estar siguiendo.

–¿Estás de novio?

–No.

–¿Se puede estar en pareja siendo profesional?

–Te tienen que bancar muchísimas cosas. Y eso es muy complicado de conseguir.

–¿La fama?

–No la tengo.

–¿Redes sociales?

–Me gusta, de a poco, ja.

–¿Cuarteto?

–De chico escuchaba mucho. Ahora escucho electrónica. Hernán Cattaneo me gusta.

–¿Tu objetivo en el tenis?

–Mantenerme en la elite. Jugar mucho, todos los años que pueda. No sé, un ranking…  ojalá sea top ten.

Y se apagan los flashes y el grabador. Juan Ignacio se queda ahí, en Huracán, con los chiquitines que le pegan a la pelota y quieren ser lo que es él: un tenista de elite.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 6/06/2019 en nuestra edición impresa.



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