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22 octubre, 2019
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Los tuyos y los míos: el desafío de formar nueva pareja con niños

En cuanto mencionamos en una conversación la frase “parejas con hijos de relaciones anteriores”, quienes atraviesan por estas situaciones rápidamente dicen frases como: “Y… es complicado”, “Mmm, qué tema ese, la convivencia no es fácil”.

Las palabras “madrastra” y “padrastro” tienen una carga simbólica negativa, fogoneada en gran parte por los cuentos clásicos de la infancia. Eso hace que hoy, a pesar de que estos roles abundan en las familias de la sociedad contemporánea, quienes los cumplen se nieguen a autoidentificarse como tales.

Estos roles suelen ser poco reconocidos, aunque cumplen funciones importantes en el seno de las familias ensambladas. Pero con el paso del tiempo, se va avanzando –en general– hacia una convivencia más sana con los niños de parejas anteriores y con las exparejas.

Este cambio hacia una mayor visibilización del rol, que viene a sumar y no a reemplazar, se vio reflejada también en el cambio de su nominación en el nuevo Código Civil y Comercial que se aprobó en 2015 y que deja de hablar de madrastras o de padrastros para reemplazarlos por “progenitor afín”.

La licenciada Hebe Rigotti, secretaria general del Colegio de Psicólogos y especializada en familia, reconoce la complejidad de estos cambios y hace hincapié en que al momento de formar una nueva familia, ya sea homo o heteroparental, es indispensable que se priorice el cuidado de las condiciones de crianza de los niños.

“El primer acercamiento debe realizarse con tiempo y con la predisposición a estar atentos para ver qué le ocurre a ese niño, que es el sujeto más vulnerable. Para eso, debemos dialogar entre los adultos, es decir, entre padres y con las nuevas parejas para crear consensos y disminuir la posibilidad de conflictos”, explica.

“Este tipo de relaciones no están basadas en vínculos biológicos, sino sociales, y como tales no son fáciles de generar ni se dan a priori. Los adultos deben recordar que son ellos los que deben priorizar el bienestar del niño y no sus propios intereses”, agrega Rigotti, en diálogo con La Voz.

Las funciones y el rol que cada madre o padre afín llevan a cabo cambia en cada familia, ya que no hay manuales ni mandatos sociales muy claros para ello. En el nuevo Código Civil y Comercial, si bien se deja claro que la responsabilidad de los hijos es de los padres biológicos, se habla también de obligaciones y de derechos de los padres y las madres afines.

Entre ellos, figura: “cooperar en la crianza y educación de los hijos del otro, realizar los actos cotidianos relativos a su formación en el ámbito doméstico y adoptar decisiones ante situaciones de urgencia. En caso de desacuerdo entre el progenitor y su cónyuge o conviviente prevalece el criterio del progenitor”.

En este reparto de roles y de funciones, cada pareja o familia tienen que ir encontrando el equilibrio justo, de acuerdo con sus distintas realidades. “En mi caso, yo preferí no involucrarme en ninguna decisión en cuanto al hijo de mi pareja, ni cuestioné jamás las elecciones de sus padres”, cuenta Carolina, que hace once años que está en pareja y convive los fines de semana con Alejo, hijo de una pareja anterior de Cristian. Hoy tienen a Vicky, de cuatro años, que “adora” a su hermano.

Carolina cuenta que al principio fueron conociéndose de a poco con Alejo. En cuanto a la pareja, reconoce que al principio no podían compartir a solas los fines de semana, pero que con el tiempo fueron acomodándose. “La buena relación de los padres biológicos y las nuevas parejas de ambos fueron claves para una convivencia sana”, dice.

“Cuando empezamos el noviazgo, Alejo tenía cuatro años. A los pocos años, él me pidió que estuviese en su cumple, como el novio de su mamá. Hoy ya es un adolescente con quien encuentro muchos puntos en común para charlar. Por suerte, es un chico muy bueno y nunca nos dio problemas. Hemos compartido vacaciones y su mamá siempre confió en nosotros. Creo que es importante ponerse en el lugar del otro, siempre”, agregó.

Un cambio generacional

Por su parte, Matías, quien hoy tiene 35, cuenta su historia, en la que le tocó estar en dos roles diferentes, como hijastro y como padrastro, y analiza cómo se fue dando el cambio en la sociedad.

“Cuando tenía siete años, mis padres se separaron y formaron parejas con nuevas personas. Con el tiempo, las malas relaciones de las nuevas parejas hicieron que fuera muy complicada la convivencia. Mi padrastro comenzó a ser violento con mi hermano y conmigo; y a su vez, la esposa de mi padre le pedía que no fuéramos a verlo a su casa. Entonces, por un tiempo, nos veíamos en el parque o en lugares públicos. Fue una etapa difícil que requirió de años de terapia para superarla”, confiesa Matías, con dolor al volver a los años de su niñez.

Matías explica que, en su momento (mediados de los años ‘90), el modelo de familia tradicional aún era muy fuerte y no se tomaba conciencia de que había que transitar estas rupturas y estos nuevos vínculos sanamente para no dañar a los niños: “De chicos, teníamos una organización muy rígida en cuanto a los días para vernos, para evitar que el otro se enojara. Teníamos dos festejos de cumpleaños y me sobraban juguetes, pero creo que me faltó contención por parte de los adultos”, confiesa.

“Por suerte, cuando me fui a vivir solo, a los 25 años, mejoraron todas las relaciones y hoy compartimos lindos momentos. Más ahora que tengo un hijo de un año”, aclara.

Matías hace hincapié en que la pareja es alguien que viene a complementar el vínculo y no a reemplazar a nadie: “Me tocó estar en el rol de padrastro de una niña durante cuatro años y, por mi experiencia de la infancia, procuré favorecer los espacios de diálogo y trabajar para que el vínculo entre la madre y el padre no se erosionara”.

En cuanto a los consensos que él estableció, Matías dice que él siempre intervino en la relación: “La fórmula para mí fue hacerlo con responsabilidad, pero desde un lado amigable y sabiendo que esa niña tenía un padre, que por suerte era un padre presente”. Y agrega: “Una vez me dijo ‘papá’, y yo le dije que yo no era su papá, sino su ‘más mejor amigo’ (risas)”.

“Luego me separé y por un tiempo no pude verla, creo que fue lo más difícil que me tocó vivir, incluso peor que la separación de mis padres. Después, su mamá me permitió mantener el vínculo que tenemos hasta hoy con esa niña, y hoy ya es una adolescente”, concluye con su experiencia Matías.

Escuchar al niño

“Los niños no siempre pueden expresar lo que les pasa con palabras y lo muestran de distintas formas (a veces lloran, se hacen pis encima o no duermen), y es importante que los adultos puedan reconocerlo y aprovecharlo como una oportunidad para conocerlos y dialogar sobre eso que les pasa. Es importante no “ahogar” esa demostración con retos”, explica Rigotti.

“Un día, el hijo de mi pareja –de seis años– se largó a llorar en un momento en el que su mamá se había ido a buscar algo. Aproveché para hablar con él y con su hermanita. Los abracé y les dije que yo llegaba a su familia para sumar cariño, para multiplicar, y no para quitarles el amor de su mamá ni el de su papá”, cuenta Claudio.

Zulma (46) tuvo una hija a los 20 años; luego formó pareja y tuvo otros dos hijos. Al contar su historia, aconseja: “Hay que escuchar a los hijos y dejarles claro que pueden confiar en uno si algo malo les pasa, para que podamos actuar en consecuencia”.

Vínculos. Las relaciones con los hijos anteriores de la pareja son un desafío.

¿Qué le dirías a alguien que planea un grupo familiar ensamblado?

Sobre la base de la idea de que las relaciones sociales no siempre tienen reglas claras y de que como sociedad vamos aprendiendo por experiencias anteriores, les preguntamos a los entrevistados qué le dirían a alguien que está por formar una relación en la que existen niños de parejas anteriores.

“Creo que lo principal es entender que uno no llega para suplantar a nadie, sino que es un rol distinto y que puede ser muy lindo si uno quiere”, dice Matías.

Zulma, desde su experiencia como mamá que formó otra pareja hace más de 20 años, reconoce ese cambio que se fue dando y aconseja a quienes son padres que nunca dejen de escuchar a sus hijos: “Hay casos en los que los padrastros o las madrastras maltratan a los niños y, cuando le cuentan a sus padres, no les creen. Eso no tiene que pasar. Hay que estar atentos y cuidarlos”, explica.

Por su parte, Carolina aclara que asumir o no ese rol depende de cada persona: “Si es alguien que se siente cómodo con el concepto de familia y lo que implica, está bien. Pero si tenés ganas de tener una vida más desestructurada, de viajar, etcétera, no lo hagas porque siempre vas a terminar discutiendo. Y estas cosas no se discuten. Cuando hay niños de por medio, hay horarios que respetar, paseos, etcétera”, señala.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 21/04/2019 en nuestra edición impresa.



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