May 2, 2020
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“Me sentía muy incómoda con la forma en que me dije…

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Desde su confinamiento en la zona del Upper West Side en Nueva York, Abby Stein pregunta si esta entrevista es con video. Tiene que calcular el tiempo para maquillarse y vestirse. Cuando se le confirma que es solamente telefónica responde con un emoticón de una carita pícara: “No make up, and no clothes, got it (sin maquillaje y sin ropa, entendido)”. Abby es provocadora. Todavía se acuerda entre risas de cuando comió a escondidas en el baño de la sinagoga ultraortodoxa en el Día del Perdón –día del más estricto ayuno–; o de cuando se escapó de la segunda noche de Rosh Hashaná –Año Nuevo judío– y se fue a un bar. Abby está impresionada con la repercusión que tuvo en Argentina tanto su charla abierta como las notas periodísticas y no puede creer que el presidente de Argentina, Alberto Fernández, haya dicho que es fanático de Poco ortodoxa, la serie en la que ella también participó. En una entrevista exclusiva con Página 12 dio detalles sobre su vida y analizó por qué impactan tanto estas historias.

–Siempre supiste que no encajabas ni en la comunidad ni en tu propio cuerpo. ¿Qué fue lo que te hizo alejarte primero de la comunidad?

–Obviamente fue un proceso y ambas cosas fueron de la mano. Me sentía muy incómoda con la forma en que me dijeron que viviera. En cuanto al género, me dijeron que viviera como un niño y yo me sentía una niña. Y ahí empecé a cuestionarme todo, incluso la existencia de Dios, la forma en que nos decían cómo teníamos que vivir. Tuve una crisis existencial a los 12 años, tan profunda, tan fuerte que me hizo cuestionar todo. Por eso creo que la primera transición, que fue la de salir de la comunidad jasídica, estuvo estrictamente vinculada a mi segunda transición, que fue convertirme en mujer. La rebeldía de los adolescentes jasídicos pasa por comer algo no tan “estrictamente kosher” o entrar de alguna manera a internet. Por ahí pasan las rebeldías. La mía era mucho más profunda.

–Te casaste con un matrimonio arreglado a los 18, tuviste un hijo a los 19, ¿y ése fue el “click”?

–Sí. La primera “transgresión” fue a las dos semanas de que naciera mi hijo; el día de shabat –el día sagrado de la semana– en el que no se puede tocar la electricidad, creé una cuenta de Facebook con mi nombre. Fue en 2012. Esto me fue llevando de un lugar a otro, empecé a charlar con gente de manera virtual, ahí por primera vez descubrí que existía la gente transgénero. Así hablando con gente online llegué a conocer a esta organización Footsteps y recién cinco meses más tarde decidí hablar con mi esposa. Fue una conversación muy difícil, yo estaba muy deprimida. Le dije que no quería seguir siendo parte de la comunidad, que no creía en Dios. Pero a diferencia de lo que me imaginaba, ella me dijo que probáramos seguir, que intentáramos, que tuviéramos otra oportunidad y yo acepté. Fingí durante un tiempo seguir en apariencia siendo religioso, pero fue imposible. Así que ideé un plan para escaparme e irme a vivir a Israel. Pensaba desaparecer de un día para el otro.

–Como el personaje de Esty de Poco ortodoxa

–Sí. Yo estaba bastante avanzada, ya había firmado muchos papeles para hacer Aliah –ir a vivir a Israel– pero en ese momento la gente de Footsteps me frenó: me dijeron que esa no era la salida, que no servía de nada huir, y me ayudaron a tomarlo con calma. Yo estaba aterrada. Seguí un tiempo más casada y fueron mis entonces suegros quienes empezaron a decirle a mi esposa que me tenía que dejarme porque yo era un “peligro”.

–¿Tus padres sabían de tu proceso?

–Esto es un poco gracioso porque ellos sabían, pero yo no sabía que ellos sabían. Y cuando yo me enteré de que ellos sabían, ellos no sabían que yo sabía. Entonces durante varios meses todos fingimos que no pasaba nada. Hasta que en 2013 mi esposa me pidió el divorcio motivada por sus padres, que hicieron una campaña muy fuerte en mi contra. Y ahí yo me fui a vivir a la casa de mis padres y empecé el proceso lento, doloroso, de ir dejando a la comunidad, aunque con mis padres seguía fingiendo. Conseguí un trabajo en una empresa de embalaje porque me daba mucho temor que mis padres me pidieran que me fuera de la casa y yo no tenía ni un centavo, ni siquiera tenía estudios porque estudié siempre en una yeshivá —escuela rabínica–. Pero mis padres no me abandonaron, si bien tuvimos charlas muy terribles y dolorosas en donde me decían que yo me iba a ir al infierno y yo les decía que no creía en eso. En el fondo mis padres creían que esto “se me iba a pasar” y que yo iba a volver a la comunidad. Que era solo una rebeldía. Pero no era así.

–¿Cuándo te vas definitivamente de la comunidad?

–Fue cuando entré a la Universidad de Columbia a un programa especial. Ahí ya me vestía de manera secular y ahí conocí a gente del colectivo LGBTI. Y en ese momento estaba muy enojada con la religión. Hacía todo lo que estaba prohibido. Salía los viernes por la noche, no ayunaba en el Día del Perdón, no tenía una cocina kosher. Estaba traumatizada con la religión. Pero un tiempo después, una noche, estaba en un bar con un amigo y nos dieron de comer “cholent”, que es una comida típica judía, y yo me enojé mucho y me negué a comerlo. Eso hizo un click en mí. Fue como decir, por qué no voy a comer esto si me gusta, entonces ahí empecé a pensar… Por qué no observar el shabat si es hermoso, por qué no volver a leer ciertos textos tan significativos de la Torá. Entonces ahí me reencontré con el judaísmo desde otro lugar. Empecé a creer en un Dios no como el que me enseñaron, sino como el que yo decidí que fuera. Y fue el paso definitivo para mi segunda transformación. Empecé a ir a una comunidad liberal y el rabino fue el que más me ayudó a transicionar. Necesité volver a mis fuentes judías para convertirme en quien soy hoy.

–¿Y cómo fue este proceso?

–Al principio muy aterrador. Era algo que yo sabía desde que tenía 4 años. Pero tenía mucho miedo. Así que también fue un proceso, iba a terapia, tenía grupos de apoyo. Me hice un piercing en el ombligo, empecé de a poco a probar hasta que decidí empezar con el tratamiento hormonal en el año 2015.

–¿Seguías teniendo un vínculo con tus padres?

–Sí, hasta ese momento sí. Igualmente sabía que con esta nueva etapa que comenzaba iba a ser el final. Recuerdo la última vez que vi a mi madre, fue en una cena de shabat, una semana antes de tener la charla con mi papá. Yo ya había empezado a tomar hormonas y cuando mi mamá me vio, me dijo que estaba diferente, que tenía la piel más brillante y que me veía más feliz. Y era verdad. Esa fue la última vez que la vi.

–¿Cómo fue la charla con tu padre?

–Fue en la casa de David, el rabino de la comunidad liberal. Yo había llamado a mi padre, le dije que tenía que hablar con él. Yo creo que él pensaba que yo le iba a decir que era gay o que me iba a casar nuevamente con alguien secular. Llegó a casa de David, me acuerdo perfectamente, fue el 11 de noviembre de 2015. Ahí fue que le conté, yo ya tenía el pelo bastante largo, usaba aritos. Estaba diferente. Tuvimos un fuerte debate sobre qué dice el judaísmo de las personas transgénero, es decir, argumentamos como si esto fuera algo que yo tenía que justificar desde los textos, y el tambien. Me dijo cosas muy horribles. Y yo le pregunté si podía hablar con mi madre. Él me dijo que no y que nosotros nunca más podríamos volver a hablar. Esa fue la última vez que lo vi.

–¿Seguís teniendo vínculo con tu hijo?

–Lo único que voy a decir de esto es que tengo un muy buen arreglo con mi exmujer con respecto a la tenencia. Ella se casó nuevamente en un matrimonio arreglado tres meses después de que nos divorciamos .

–¿Extrañás algo de la comunidad jasídica?

–No, porque si extraño algo lo hago. Festejo shabat porque me gusta, como comida judía porque me gusta, canto canciones jasídicas porque me gusta.

–Desde que se publicó tu libro te convertiste en referente, das charlas por todo el mundo. ¿Qué impacto creés que generás?

–Cada vez que doy una charla recibo cientos de mensajes de gente que me dice que la ayudé a salir o que le di fuerza para tomar decisiones. De cualquier religión, no solo de la judía. Recibo mensajes de mormones, cristianos, musulmanes. Por eso lo sigo haciendo.

Poco ortodoxa

–¿Por qué creés que tuvo tanto éxito la serie?

–Creo que hay muchas historias sobre la victimización, sobre supervivencia, sobre el drama. Y creo que Poco ortodoxa o mi propia historia tienen que ver no solo con la supervivencia o con las dificultades, sino que son historias en donde las protagonistas estamos felices, nos sentimos bien con este cambio. Y creo que eso es lo que atrae. Que no somos víctimas, sino que elegimos cambiar nuestro destino y estamos contentas con ello.

–¿Cómo llegaste a hacer de extra en Poco ortodoxa?

–Yo conocía a Eli Rosen, que es el que actúa de rabino y que fue el asesor en todo lo que tenía que ver con el idioma yidish. Él venía de una comunidad jasídica y también salió de allí, y fue una de las primeras personas a las que yo conocí apenas yo me fui. Justo yo estaba dando una charla en Berlín cuando ellos estaban filmando ahí y me dijeron si tenía ganas de ir; los productores sabían de mi historia y estaban muy emocionados por conocerme. Me ofrecieron actuar de extra así que fue una experiencia diferente y divertida.

–¿Para cuándo la serie sobre tu vida?

–No puedo confirmar nada, pero solo voy a decirte que hay muchos proyectos en camino con respecto a esto.

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