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17 agosto, 2019
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Nació con parálisis cerebral, tuvo anorexia, sufrió bullying en la escuela y hoy es una exitosa diseñadora de joyas

Cuando era bebé, Francina Gaveglio (29) lloraba sin sonido. Había nacido sietemesina, con parálisis cerebral y un defecto en las cuerdas vocales que le impedía hacer ruido. “Mi mamá rompió bolsa, le tuvieron que hacer una cesárea y, según parece, el anestesiólogo se pasó con la dosis. Nací deprimida, sin responder a estímulos y a mi papá le dijeron que tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir”, cuenta Francina, con la voz ronca –como disfónica– pero perfectamente clara. Habla con Infobae desde la ciudad de Junín, en la provincia de Buenos Aires, donde vive hace nueve años y todos la conocen porque desde hace un tiempo diseña bijouterie y joyas muy especiales.

“Nací de urgencia, el 9 de enero de 1990, en Villa Dolores, Córdoba, porque en Merlo, San Luis, no podían atender mi parto. Sobreviví y me trasladaron a un sanatorio de la capital, donde pasé 42 días en terapia intensiva. Lloré por primera vez en la ambulancia. Nací con dos kilos, pero al poco tiempo bajé a uno y medio“, relata la emprendedora. “Mi mamá pasó toda mi internación mirándome a través de un vidrio. Recién me pudo alzar cuando me dieron el alta”, apunta la mujer, que tiene nueve hermanos.

Según pudo saber tiempo después, en su infancia quedó disfónica por un defecto de las cuerdas vocales, que nadie sabe si es por la anestesia o por cómo la intubaron. Sin un diagnóstico inicial claro, su mamá notó que a medida que iba creciendo Francina no gateaba, ni caminaba y tampoco hablaba. Entonces la llevó a ver a Rodolfo Castillo Morales, un médico cordobés reconocido, que le diagnosticó parálisis cerebral leve. “Empiece ya con rehabilitación y fonoaudióloga. Veo casos mucho peores. Esta nena va a hablar y va a caminar”, le dijo el doctor y Francina empezó con las terapias, que durante toda su infancia se complementaron con hockey, gimnasia artística y baile. Todo para contrarrestar ese trastorno neurológico que afectaba –y sigue afectando– sus habilidades motoras.

“Me desarrollé con esta condición, que si bien es leve, me acompaña siempre. Tengo una atrofia muscular en la parte derecha del cuerpo. No tengo desarrolladas las vías neurotransmisoras. Mi cerebro manda la orden, pero la respuesta no llega o tarda. No muevo los dedos de ese pie, el tendón es más corto, tengo el gemelo más chico y la mano sin fuerza, ni motricidad fina”, asegura sobre una dificultad que muchos ni siquiera conocen.

“Si bien para mucha gente es imperceptible, yo sé que está. De hecho, hace tres meses empecé a entrenar en un gimnasio y no podía completar los ejercicios. Me cuesta coordinar. Pierdo el equilibrio y me caigo. Cuando estoy cansada camino mal y revoleo la pata. O soy torpe y se me cae el vaso”, agrega.

Cuando comenzó a ir a la escuela, Francina padeció aquello que hoy se llama bullying. “Siempre acepté mi condición pero sufrí mucho durante el primario. Los chicos pueden ser muy crueles”, asegura. “¿Tenés un gallo en la garganta?”, “¡Hablá bien!”, “¡No se te escucha!”, le gritaban sus compañeros de grado cuando pasaba al frente y la felicitaban los docentes cuando tenía diez en Literatura.

“La descoordinación… la dibujaba, pero con la voz no podía”, detalla. Cuenta además que por entonces a su papá –que había tenido varios negocios y ya estaba separado de su mamá– le empezó a ir muy mal económicamente. “Perdimos todo con la crisis del 2001. Cuando yo tenía 11 años, mi mamá pasó de ser una señora de dinero a trabajar en el kiosco de una estación de servicio. Entonces yo cuidé de mis hermanos menores”, relata.

En el secundario el bullying dejó de ser una constante pero Francina padeció otro mal frecuente en la adolescencia. “Tuve anorexia y bulimia desde los 14 hasta los 18. Lo hacía para llamar la atención de mi papá, que se había ido. Pasé quince días sin comer porque tenía una presentación del musical Cats, con el grupo de baile y quería ponerme un enterito. Todo era un infierno. Cuando tenía que comer, lo hacía con culpa. Y si había reuniones, dejaba de ir para no ver alimentos. Me autoboicoteaba. Hasta que empecé a ir a una psicóloga que me dijo que me iba a seguir atendiendo sólo si yo dejaba de vomitar. Y recién cuando quise correrme del lugar de víctima, pude empezar a sanar”, revela.

Desde entonces tuvo una única recaída en Córdoba, donde se fue a estudiar Recursos Humanos cuando terminó el colegio. “Me daba atracones. Pesaba diez kilos más que ahora. Sentía vergüenza al ir a la facultad. Y llegué a vomitar sangre”, confiesa y celebra que su mamá le dijo: “¡Te volvés a Merlo! No me interesa que seas una profesional, ¡quiero que te cures!”.

Después de días de terapia y compañía familiar, en su ciudad Francina terminó de curarse. Repuesta físicamente, al tiempo se mudó a Buenos Aires para trabajar en una inmobiliaria y estudiar para ser martillera pública. Sin embargo, la aparente tranquilidad duró poco: después de seis meses de vivir en la Ciudad, un jefe le habló de operarse la voz y ella renunció llorando. Otra vez, la ronquera le jugaba una mala pasada.

Como la situación económica de su familia todavía era insostenible, cuando se mudó a Junín para vivir con su abuelo. Con 20 años, Francina buscó trabajo como vendedora, pero no la tomaban. Y ella volvió a sentir que la discriminaban por la voz. Entonces su mamá le sugirió: “Siempre fuiste creativa. Hacé algo con las manos”. Así fue que Francina se puso a pintar cuadros abstractos, le mandó las obras a su papá que vivía en Los Antiguos, Santa Cruz, y vendió cien en un año.

Pero, además, un día notó que en el local de al lado de dónde compraba pinceles y bastidores, vendían insumos para bijouterie. Compró un par de vidrios facetados, piedras y filigranas de bronce, e hizo sus primeros diez aros para regalar en Navidad a sus amigas de Merlo. Tal fue el furor que en 2012 empezó a hacer accesorios, con una inversión inicial de 200 pesos, usando una pinza, desde el taller que había armado en lo de su abuelo. Vendía por Facebook y en las ferias de San Luis. Desde entonces, nunca dejó de crecer. Siempre de a poco, pero con el paso sostenido.

En paralelo, Francina fue mamá de Joaquín, que ahora tiene seis años. Después de cinco años de noviazgo, se separó del padre cuando su hijo tenía uno y medio. Ahora lleva dos años de novia con Marcos Saglietti, que es basquetbolista profesional –lo conoció cuando jugaba en Argentinos de Junín–, acaba de cerrar para jugar con Platense, de Vicente López, y juntos planean un proyecto de familia.

Hoy tiene dos marcas: Agatha Complementos (@agathacomplementosok) y Francine (@francine.desingner). “Hago bijou, por un lado y diseño, por el otro. Creo con prototipos en cera y baño las piezas en oro y plata. Uso todo tipo de metales, como níquel y aluminio. Vendo por redes sociales y en vidrieras”, asegura. Y agrega que estudió joyería, se capacitó con el Programa de Emprendedores Nacionales y que en noviembre del año pasado, después de animarse a hablar ante un auditorio, se consagró como la Emprendedora del Año de su ciudad.

Como si todo esto fuera poco, diseñó un prendedor en forma de lazo que vende por trescientos cincuenta pesos. De esa manera colabora con la Asociación Civil Sentir la Vida, que combate el cáncer de mama, enfermedad que sufrió su madre. De hecho, está en pleno proceso de producción de los 1.500 lazos que le encargó una empresa. Pero además, Francina le mandó un lazo a la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, que no sólo usa, sino que además le agradeció con un video.

“Pasé de vivir en un monoambiente, con mi hijo durmiendo en la cocina, a poder darle su pieza, tener yo la mía y contar con una tercera para el taller y las ventas”, apunta y agrega que, de todas maneras, además tiene que trabajar en las oficinas de una obra social para tener una entrada fija.

“Todo lo que pasé me dio sensibilidad para crear. Por eso diseño desde la emoción. Mi vida siempre fue un desafío y yo luché para no caerme. Porque los sueños no se cumplen, se trabajan”, reflexiona. Y sobre aquella discapacidad que la marcó desde chica, resume: “La sociedad todavía tiene mucho que aprender de los que somos diferentes. Y sí, tal vez rengueo o no tengo la voz que hubiera querido, pero ésta es mi voz y tengo mucho para decir“.

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