Jun 3, 2019
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Ni una Menos: la obligó a abortar, le apuntó con el arma y le disparó a su hijo de tres años

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Esther Robles dice que su cuerpo le factura el dolor padecido. Llega acompañada por su nieta Lara, una adolescente con cara de muñeca japonesa, callada y tímida. Lara no sonríe. Mientras saca fotos con su celular, la abuela refiere en voz baja la marcha de su tratamiento.

Lara es una de las hijas del femicidio. Su padre mató a su madre en el 2010 y las marcas en la psiquis de Lara, que entonces era muy chica, son difíciles de borrar.

Florencia Albornoz y Miguel Angel Mazó vivían en un “lindo departamentito frente a la cancha de Quilmes, en un edificio todo de policías”, dice Esther. Él había mostrado desde el principio de la relación signos de violencia. “Era celoso y muy posesivo, pero ella me aseguraba que lo amaba y que lo iba a cambiar”, repite Esther.

El primer episodio grave se dio el día en que él forzó a Florencia a abortar. “Le puso la pistola en la cabeza, sacudió una gasesosa hasta que el gas tuvo mucha fuerza y la obligó a tomar una pastilla“, relata. Ella se refugió en casa de su madre, y le pidió- sin revelarle lo que había pasado- a que la acompañara al hospital porque se sentía mal. Despidió el embrión en el baño y volvió llorando al lado de Esther. “Al día siguiente la hicieron un raspaje que la dejó internada. Pero él llegó con ramos de flores, con zapatos y carteras caros. Ella decía que estaba enamorada”, relata.

Poco después, tuvieron A Lara. “Ella ya tenía un nene, Valentín, de otra pareja. Tenía tres añitos y vivía con ellos. Ella peleó por tener esa nena con toda su alma“, asegura.

A veces, Florencia visitaba a su madre con anteojos negros, para disimular las marcas que Miguel le dejaba en el cuerpo. “Los anteojos eran cada vez más grandes. Yo le pedía que lo dejara, porque no podía seguir así”, recuerda.

Esther, catequista y ministra de la eucaristía, le pidió al sacerdote de su parroquia que hablara con Florencia: “Él le decía que tenía que dejarlo, pero ella no hacía caso”.

Una mañana, muy temprano, Forencia estaba durmiendo en la cama con la beba y su hijo, cuando Miguel llegó y le puso el arma en la sien :”Levantate y andate”, le ordenó. Ella entre sueños intentó apartar de su cabeza ese objeto frío que le molestaba. La pistola se disparó e hirió a Valentín en un pie.

En camisón, desesperada y con su hijo sangrando en brazos, Florencia salió del departamento. Un comisario vecino la llevó al hospital. “Su desesperación era que la beba había quedado sola con el monstruo. Me llamó por teléfono cuando el nene ya había salido del quirófano. Sentía que se me caía el cielo”, solloza Esther.

“¿Podés creer que el se presentó en el lugar como si nada? Estaban el papá de Valentín, la abuela, la madrina. Yo le dije que se fuera, que era un desubicado, pero me contestó’ ¿Quién se anima a echarme?'”, se angustia.

Fue entonces, que casi obligada por los médicos que atendían al nene, Florencia fue a hacer una denuncia contra Miguel en Asuntos Internos. “Pero a los 15 días, él la llevó a levantarla”, se horroriza Esther.

El final

Después del episodio, la pareja empezó a vivir separada. Florencia vivía en una casa alquilada con los chicos y Miguel se quedó en el departamento. De todos modos, de a poco, empezó quedarse a dormir con distintas excusas y lo vendió.

“Ahí la cosa empeoró todavía más. La dejaba con llave en una habitación y le abría solamente para darle alimentos. Una noche, yo me quedé a dormir porque tenía una reunión en mi parroquia, que quedaba cerca. Nunca me voy a olvidar de lo que pasó El estaba con carpeta psiquiátrica y había tomado alcohol. Le discutía por todo, cualquier cosa le parecía mal, incluso los lugares donde ella guardaba las cosas en la cocina”, describe.

Esther tuvo miedo y le propuso a Florencia que se encerraran en la habitación con sus nietos. “El abrIó la puerta por la fuerza, la arrarstró de los pelos y empezó a golpearla. Yo tenía a la beba en brazos y el nene miraba todo asustado pegado a mi”, narra.

Mientras se refugiaban en un cuarto, Miguel rompía todo lo que encontraba a su paso. Puso todas las pertenencias de Florencia dentro de una sábana y tiró el bulto al Río de la Plata. “Ropa, zapatos, perfumes importados, celulares. Ella se quedó con una calza y una remerita”, cuenta.

Florencia se mudó a casa de su madre pero el inferno no terminó. Miguel la esperaba en la parada del colectivo y la amenazaba. Ella intentaba hacer la denuncia en la comisaría, pero como se trataba de la seccional donde él trabajaba, todo dormía en un cajón.

Encontró trabajo para mantener a sus hijos en un puesto de diarios en la peatonal de Quilmes, los fines de semana. Allí se hizo amiga de Ernesto Escudero, un muchacho que hacía deliveries y trabajaba de camarero en eventos. A veces, él le conseguía “changas”.

Miguel quiso incendiar el puesto de diarios y merodeaba la zona, pero Florencia quería superar el trance y tenía un nuevo grupo que le daba fuerzas y la acompañaba: un sábado, iba a quedarse a dormir en lo de una compañera jugando a la playstation para madrugar a las cinco y media e ir a trabajar desde allí.

Miguel se las arregló para entrar y asesinó a Florencia y a su amigo Ernesto que estaba en otra habitación. En el juicio, otros policías intentaron encubrirlo, diciendo que esa noche había estado trabajando. Su jefe lo desmintió.

La condena fue de 18 años, porque todavía no estaba vigente el agravante de femicidio, pero en segunda instancia fue reducida a 12 años y medio. Esther, por supuesto, no entiende las razones de los jueces.

Esther crió a su nieta Lara, que está bajo tratamiento. “Ayer se pasó toda la noche llorando. Está muy angustiada”, devela.

Esther y Lara son integrantes de la asociación Atravesados por el Femicidio.

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Si sufrís violencia de género o conocés alguien que la sufra, llamá al 144.

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