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16 octubre, 2019
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Pasaron su vida en la cima de Córdoba y no quieren “bajar”

Sus manos atravesadas por surcos siguen hilando con llamativa avidez, pero ya sin la ayuda de su vista cansada, que ahora desenfoca. Marcos Domínguez desgrana igual sus historias, transformadas en leyenda: se sabe personaje.

Que vivió en una cueva, que fue minero, que mató a más de 100 “liones”, como aquí arriba le llaman a los pumas. El último patriarca de las Sierras Grandes dice que nadie lo mueve del lugar donde vivió por más de 70 años.

“El 20 de septiembre cumplí 105 años”, afirma. Su edad, difusa, es otro ingrediente que condimenta su recorrido: siempre alimentó la versión de que nació dos años antes del 1916 que dispara su documento. La constatación ya poco importa.

A 2.100 metros sobre el nivel del mar, en el techo de Córdoba, el frío es frío y perfora. Por eso el viejo sabio decide no levantarse esa mañana. Tomará el mate cocido con pan en su cama, de una piecita despojada con una ventana que deja entrever un bello tabaquillo de tronco rojizo.

La casa de Marcos está como en “el patio” del cerro Negro, el pico “tapado” por su hermano Champaquí, con apenas 100 metros menos que este. Cerca de la cima del Negro, que a los montañistas les cuesta domar por su último tramo escarpado, habita don Marcos “desde siempre”. Está, desde hace unos años, al cuidado de su sobrino Jorge, de Miriam y de los dos hijos de ambos.

Hace algunos años, a la cría de ovejas y a la talabartería, principales actividades económicas del despojado sitio, se sumó la transformación de la casa en un puesto como albergue para los excursionistas, atraídos tanto por el cerro Negro como por las historias de su legendario “guardián”.

El éxodo hacia “el bajo”

Desde hace unos años, la cría de animales empezó a perder terreno y los oficios serranos a desaparecer, lo que llevó a un constante éxodo de familias hacia “el bajo”, en busca de oportunidades laborales y de una vida más confortable. Así, en las altas sierras hay cada vez menos serranos.

La escuela Florentino Ameghino, que funciona hace 75 años en la base del Champaquí, pasó de más de 30 alumnos a apenas tres.

En ese contexto, el turismo –que nació espontáneo y sin planificación– se transformó en la principal fuente de trabajo en la alta montaña cordobesa.

Dónde empezó todo

Cuatro kilómetros al sur del albergue de Domínguez, se levanta el “puesto de La Nena”, la mujer recordada por su bondad sin límites. Otro personaje de leyenda de las alturas. Su figura se asemeja a la de su primo Marcos.

Su sobrina Norma Domínguez (56), que tomó el mando del hogar, cuenta que doña Nena murió a los 98 años, en 2012.

La chapa ya reemplazó a la paja original de los techos, sostenidos por las eternas paredes de gruesas piedras. “Es esta vida de simpleza, sin tiempo, la que te ofrezco”, dispara doña Nena, desde una foto, su frase de cabecera.

Norma asegura que no le costó nada cambiar el microcentro de la capital cordobesa por la vida en lo más alto de la provincia, donde las habitaciones no tienen cerradura.

Fue ahí, en lo de doña Nena, donde comenzó todo.

Cuando el Champaquí era desconocido para la mayoría, llegaban décadas atrás los primeros adelantados excursionistas a treparlo. Ese puesto, que está a punto de cumplir 100 años, fue el ícono de los ascensos al cerro.

“La Nena fue muy solidaria, tanto con la gente del lugar como con los turistas; ella no cobraba a nadie, y le dejaban lo que querían, fue así hasta los últimos días que estuvo acá”, evoca la sobrina.

Sara Ledesma de González (79), comenzó a darle alojamiento a los turistas que le derivaba Nena cuando cubría sus plazas, en la década de 1980. “Venían sólo a dormir y al otro día se iban a desayunar allá, con el grupo”, recuerda.

Luego, Sara armó su propio albergue, que alquiló después de años de trabajo, mientras que uno de sus hijos tiene ahora otro de los más grandes y nuevos.

El de las mulas. Jorge Fernández es puestero y tiene mulas, que ofrece como servicio a los turistas. (La Voz)

El médico que se fue

La vida de Sara transcurrió siempre en las Sierras Grandes. “El único problema es que no tenemos médicos; antes teníamos a los Caeiro”, evoca.

El paso de ese apellido –de las familias fundadoras del Hospital Privado– emerge entre todos los serranos, entre mate y mate. Hay placas en homenaje a Enrique Caeiro, fallecido meses atrás, en el dispensario de altura ya deshabitado. “Ahora, uno no se puede enfermar acá”, ironiza Sara.

La vida en la altura sigue siendo dura y esforzada, pero cambió. Sara dice que de niña ni imaginaba los paneles solares que hoy le brindan alguna comodidad. “No había luz, no había nada; sólo querosén y velas”, relata. Los alimentos se cocinaban en ollas apoyadas en el piso. “Se hacía una redondela con piedras y ahí cocinaba mi mamá”, recuerda.

Su casa actual, que se eleva en el escarpado relieve montañoso, parece la de un barrio de cualquier ciudad. Del living asoma una bicicleta fija, que ayuda a mantenerla activa, ahora que ya no trepa por las piedras.

El picapedrero

Héctor González (83) era un picapedrero reconocido: junto a su hermano Ramón (esposo de Sara, ya fallecido), levantaron las paredes de la escuela Florentino Ameghino cuatro décadas atrás.

Uno de los oficios más románticos y rudos a la vez, y en evidente extinción, marcó su vida en la montaña. “Veo una piedra y ya me imagino por dónde cortarla”, desliza Héctor. Haciendo marcas con un cortafierros y a martillazos descarnados, cada piedra se recortaba en sus cuatro lados de forma manual. Una técnica que los años archivaron por el ladrillo, más rápido y económico, pero menos serrano.

Héctor es otro que reconvirtió su casa en albergue para sumarse a la red turística. Es el primero que asoma cuando se asciende desde Villa Alpina, en la más clásica excursión al cerro que demanda tres días de caminata.

Emparentados

La zona alta de Córdoba fue poblada por un puñado de familias emparentadas. Allí se conocían y casaban.

Roberto Ledesma (69) es hermano de Sara. “Soy nacido y criado acá, conozco cada piedra”, se presenta el encargado del puesto de Nelio Escalante.

“Me ha tocado salir de noche a caballo, con un niño enfermo, con viento muy frío, andar tres horas hasta Tres Árboles, adonde me esperaba un auto para bajar a Santa Rosa o a Alta Gracia, si la cosa estaba muy jodida”, describe sobre lo más duro de la vida sierra adentro. “Ya está fijado que voy a seguir acá nomas”, subraya sobre su destino, como un su lugar en el mundo, sin discusión.

Aunque hay camionetas que llegan en emergencias hasta la base del cerro (no hay caminos y el tráfico está vedado en general), las mulas siguen siendo el principal medio de transporte allá arriba.

El mulero

Jorge Fernández (49), hace desde los 17 que “portea” materiales o alimentos para los puestos, o las mochilas de los excursionistas, sobre el lomo de sus mulas. Cuenta que cobra unos 1.300 pesos el viaje por mula, para los 14 kilómetros desde Villa Alpina hasta la zona de albergues en la base del cerro.

“Toda la juventud se va de acá por las comodidades y porque es menos sacrificio; en la ciudad hay más diversión, acá no hay nada”, comenta Jorge.

Él también admite que el turismo está en pleno auge y que les cambió el modo de vida y de subsistencia en esas alturas. En su caso, sostiene el oficio de mulero que allí ha sobrevivido, pero además es puestero en el albergue Rancho de Luna y cría animales, como casi todos en estos cerros.

Mate dulce, pan casero: tanto y tan poquito

Hay más de una docena de refugios–albergues en la base del cerro Champaquí. El Rancho de Luna es uno de ellos: sobresale por las figuras “espaciales” de dos modernosos domos añadidos a la estructura de los viejos puestos de piedra. Lo opera Alto Rumbo, una firma de turismo de los guías de montaña Mariano Bearzotti, Miguel Coranti y Gerardo Ciria.

Todos los demás tienen por dueños a las familias serranas que transformaron sus propias viviendas con ese fin. Es un dato alentador: hasta ahora, el Champaquí es “explotado” por las familias nativas. A diferencia de otros sitios turísticos, no fueron desplazados por quienes llegaron de afuera.

Luego de caminar los 14 kilómetros en ascenso desde Villa Alpina, el equipo de La Voz se propuso visitar a la primera generación que, de forma casi espontánea, fue transformando a la montaña más alta de Córdoba (2.790 metros) en un polo turístico especial.

La caminata recorrió los puestos de Héctor González, Nena Domínguez, Sara de González y la escuelita, con la compañía del silencio extremo, del río Tabaquillos recortando la piedra, y de las cúpulas de los cerros Champaquí y Negro, bien visibles.

A cada lugar llegamos sin aviso, y en cada uno nos recibieron como si nos estuvieran esperando. Con rondas de mates rabiosamente dulces y pan casero, se fueron pasando las apacibles horas, disfrutando de “la vida de simpleza sin tiempo”, como les gustaba decir a la legendaria doña Nena. En el final del recorrido estaba el patriarca: conocer y compartir unos minutos con don Marcos Domínguez atrae. Representa un atractivo por sí mismo. Vale como un gran paisaje, como una intensa aventura. “Enséñenos, don Marcos, enséñenos, padrecito, cómo se vive tanto, con tanto y tan poquito”, le canta José Luis Aguirre en Más de cien inviernos . Uno, ahí, se suma al canto. Y al pedido.

*Corresponsalía Calamuchita

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 12/10/2019 en nuestra edición impresa.



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