26.4 C
Córdoba
9 diciembre, 2019
Peipus.com.ar

Plata quemada: “La odisea de los giles” y otras películas que se hacen eco de las crisis argentinas

En su novela Historia del dinero, Alan Pauls ensayaba una vida personal y colectiva argentina designada por los posibles modos de circulación y acopio cultural de la plata: del bollo de billetes doméstico de pequeño ahorrista a la desmedida erogación financiera, de la herencia inesperada a la estafa implacable.

El texto deshilvanaba cómo el verde cash –o su actual expansión espectral en cifras digitales– moldea desde su abstracción cambiaria los cuerpos, costumbres y arquitecturas que se alzan de este lado del cajero.

El cine vernáculo parece dirigido este año a canalizar tal dimensión económica en un año en que la semántica de salvatajes, devaluación y arcas en rojo ha (re)cobrado una omnipresencia catastrófica.

El déjà vu bursátil se hace evidente en La odisea de los giles, de Sebastián Borensztein, tan literal en su premonición seudo-2001 que roza la moraleja obscena.

La proeza de los “hombres comunes” del interior bonaerense que rescatan la fortuna birlada en pleno shock del corralito por un trajeado atorrante celebra la demagogia comunitaria, allí donde la épica de Gran Depresión de John Steinbeck se vuelve exclamación de hinchada, canción de Divididos o “película de Darín”. 

La reacción populista-costumbrista de La odisea de los giles no puede ser otra cuando el dinero líquido e invisible por naturaleza se retrotrae a su forma reconocible de papel en esos fajos enterrados en un búnker latoso con revistas viejas que el grupo pauperizado busca recuperar con un método tan heroico como inverosímil (así como el corralito deviene corral). Las escenas del personaje del Chino Darín infiltrado en casa del abogado prepotente que los embaucó semeja un injerto de telenovela, una picardía que sólo se justifica por el ansia de hacer el bien. 

En el filme de Borensztein triunfan los cuerpos, caras y gestos al límite de la caricatura plástica –entre máquinas, barro y yuyos–, actuados con pericia soberana por Brandoni y compañía, de pronto concretos y humanos ante la avivada anónima. Realismo después del realismo, La odisea de los giles le libra una pulseada al orden mundial con temblequeo de cooperativa zombie.

Un espíritu similar aflora en El cuento de las comadrejas de Juan José Campanella, donde el patrimonio en disputa es inmobiliario y artístico: la historia del cine refugiada en una gran mansión. Acá el orgullo monetario opera mediante la resistencia: la del trío de representantes del cine argentino que quiere evitar que la diva esplendorosa encarnada por Graciela Borges venda su casa-templo a un dúo joven de especuladores de los bienes raíces.

La negociación disparatada entre lo cualitativo y lo cuantitativo, lo analógico y lo digital, la remake y la adaptación, la experiencia y el arribismo, sólo pueden encontrar la síntesis en una sustancia inmaterial equivalente al dinero, pero menos neutra: el arsénico. Una solución sarcástica para tiempos venenosos.

La síntesis entre comedia y policial se consumará en El robo del siglo de Ariel Winograd, por estrenarse a comienzos del año próximo y basada en el asalto al Banco Río de Acassuso de 2006. Con un elenco de figuras reconocidas –Francella a la cabeza- le insuflará espectacularidad a una hazaña admirada.

Después de hora

No tan cómodo en el usufructo de género, el cine independiente ha invertido en la temática con filmes inclasificables (¿invaluables?) como El loro y el cisne (sobre la relación tortuosamente creativa entre los artistas y su retribución) o Mauro (la falsificación marginal como forma de vida).

Ese discurrir inadvertido de arbolito (a su pesar) frente a la cotización mainstream se replica esta semana con el estreno de La deuda (se exhibirá también en el Cineclub Hugo del Carril, del 10 al 16 de octubre), donde paradójicamente Gustavo Fontán accede a desplegar su película más narrativa hasta la fecha.

Oportuna y no oportunista en su focalización del estado de cosas, La deuda opera sin embargo de manera negativa como su título y designa el presente por estimulante metonimia: la oscuridad urbana, la exigüidad en los vínculos y el sacudirse de un plástico de camión trasero en la ruta son materia poético-argumental de un mundo sin fondos.

Tal es el padecimiento de Mónica (Belén Blanco), que debe unos tan ridículos como irremontables 15 mil pesos –gastados compulsivamente a fuerza de “firmita y documento”– a un compañero de oficina y se debate por recuperarlos de a puchitos a lo largo y ancho de una noche de préstamos sonámbulos. El “Después de hora” porteño ocurre entre pasillos desfallecientes, clínicas perimidas, departamentos cochambrosos y calles desoladas que se desplazan a través del parabrisas.

Lo que activa el movimiento del filme no es el deseo (el gasto) sino la obligación, la humillación y la carencia, una cadena de prestaciones y contraprestaciones donde el afecto titila como lamparita rota (por eso el único acto sexual posible es masturbar a otro).

Fontán concibe el mejor simbolismo cuando filma el interior luminoso de un casino, matrix equivalente a la bolsa en su usina aleatoria de juego, irrealidad e implicancias devastadoras. Vampira, yonqui y desheredada, la protagonista atisba el amanecer desde un tren como un crédito renovado, una ganancia gratuita, una pérdida de antemano.



Link a la fuente

Temas relacionados

Tras suspender su programa, Mirtha Legrand fue internada

admin

James Bond: Daniel Craig se lesionó filmando en Jamaica y lo trasladaron a EE.UU. para su recuperación

admin

El lado más humano de un genio: video inédito de Spinetta con sus hijos

admin