May 4, 2019
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Por qué la Península Ibérica gira a la izquierda mientras el resto de Europa va hacia la derecha

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Al comienzo del milenio, en 10 de los 15 países más grandes de Europa Occidental gobernaban partidos de izquierda. Ninguno tenía propuestas demasiado radicales, pero todos ocupaban ese margen del espectro ideológico en sus respectivas naciones.

En los casi 20 años que pasaron desde entonces, especialmente en la última década, el continente viró en la dirección contraria, en un vuelco cuyos alcances aún se desconocen. En este momento, la relación es inversa a la que había a principios de 2000: en 10 de esos 15 países gobierna la derecha.

En algunos casos, son partidos que tienden al centro, como la Democracia Cristiana de Angela Merkel, que comparte el poder en Alemania con el Partido Socialdemócrata (SPD). Pero otros están yendo hacia los extremos.

Sebastian Kurz, por ejemplo, es canciller de Austria gracias a una alianza con el Partido de la Libertad de Heinz-Christian Strache, que tiene una plataforma con ideas casi abiertamente xenófobas. Otro caso es el de Italia, donde Giuseppe Conte llegó a ser primer ministro tras un acuerdo entre el inclasificable Movimiento 5 Estrellas y la Liga, de Matteo Salvini. El viceprimer ministro cita habitualmente frases de Mussolini, rechaza la conmemoración del día de la liberación del fascismo e impide la entrada de barcos que rescatan a inmigrantes naufragados.

Pero este fenómeno que está viviendo Europa tiene excepciones. Dos de ellas se encuentran en la Península Ibérica y, hace no mucho tiempo atrás, eran difíciles de imaginar.

El Partido Socialista de Pedro Sánchez ganó el domingo pasado los comicios generales de España. Aún no está claro si formará un gobierno en soledad, minoritario, o si se coaligará con Unidos Podemos, lo que le daría un perfil aún más izquierdista. Hace apenas tres años, el PSOE había obtenido el menor caudal de votos desde su fundación y Sánchez había tenido que renunciar a la presidencia del partido.

António Costa llegó al poder en Portugal de forma totalmente inesperada en noviembre de 2015. El Partidos Socialista, del cual es secretario general desde 2014, había hecho una de las peores elecciones de su historia en 2011, tras la renuncia del primer ministro José Sócrates por el rechazo parlamentario a su plan económico.

Costa salió segundo en los comicios de 2015, pero como el liberal Pedro Passos Coelho —sucesor de Sócrates— no consiguió apoyo para volver a formar gobierno, tuvo la posibilidad de acceder al cargo por una alianza con el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda.

Estos dos casos muestran que ninguna tendencia es unánime ni irreversible, y cambian el foco de análisis en una región en la que lo único que sobresalía era el avance sostenido de la extrema derecha. No obstante, ambos gobiernos tienen debilidades, enfrentan problemas que no son fáciles de resolver y su futuro es incierto.

La debacle de la socialdemocracia y el auge de la extrema derecha son procesos casi paralelos que se vienen registrando en la gran mayoría de los países de Europa Occidental. Francia dio un testimonio contundente en las elecciones de 2017.

El Partido Socialista, que había gobernado durante 14 años con François Mitterrand entre 1981 y 1995, y que había vuelto al poder con François Hollande en 2012, salió quinto con apenas 6% de los votos. En ese período, no paró de crecer el Frente Nacional —hoy Agrupación Nacional— de Marine Le Pen, que salió tercera con el 21,3% y que sacó 33% en la segunda vuelta. Quedó lejos del liberal Emmanuel Macron, pero es todo un hito para un partido de derecha radical.

Esto podría ser hasta comprensible en un país con un desempleo crónico en torno al 10% y una economía estancada. Pero es curioso que también esté afectando a Alemania, la gran potencia europea y una de las naciones más prósperas del mundo.

El SPD está en caída libre desde 2005, cuando Gerhard Schröder dejó el poder y asumió Merkel. En los últimos comicios apenas superó el 20%, algo desconocido. No muy lejos quedó Alternativa para Alemania (AfD), que obtuvo 12 por ciento. Que una fuerza con dirigentes xenófobos haya ingresado al Bundestag con 94 escaños era inimaginable en un país que había enterrado esas ideas en las décadas posteriores al holocausto. Algo parecido puede decirse del ascenso en Italia de un partido como la Liga, que muestra tantas simpatías con el fascismo.

No podemos olvidar que España y Portugal salieron de dictaduras de extrema derecha mucho más tarde que Italia y Alemania. Franco murió en noviembre de 1975 y el régimen salazarista acabó con la Revolución de los claveles de 1974. Las personas que tienen más de 55 años recuerdan perfectamente lo que significa vivir sin libertades políticas, sin partidos ni sindicatos, y sin derecho a manifestarse. En Italia, sin embargo, el fascismo figura como un recuerdo demasiado lejano, y muchos jóvenes, sobre todo los de nivel cultural más bajo, que viven en barrios caracterizados por la degradación social, terminan atraídos por ideologías extremistas”, explicó Giuliano Tardivo, profesor de sociología de la Universidad Rey Juan Carlos, consultado por Infobae.

Si bien es cierto que la izquierda parece haber sobrevivido en mejores condiciones en Portugal y en España, sería falso decir que no atravesó ninguna crisis. La abrupta salida de Sócrates del poder en 2011 y su magro resultado en los comicios siguientes son una evidencia clara. De la misma forma, el PSOE fue aplastado por el PP de Mariano Rajoy en 2011, y le fue aún peor en 2015 y 2016.

“España tiene en común con otros estados europeos la tan traída y llevada crisis de la socialdemocracia. Esto obedece a que desde la tercera vía de Tony Blair (primer ministro laborista del Reino Unido entre 1997 y 2007) y Schröder, e incluso antes, buena parte de la socialdemocracia se ha dedicado a copiar el programa neoliberal y a defraudar sistemáticamente a sus votantes, lo que ha dado alas a populismos y nacionalismos”, sostuvo Rafael Rodríguez Prieto, profesor de filosofía del derecho y política en la Universidad Pablo de Olavide, en diálogo con Infobae

La idea de que no había lugar para la ultraderecha en España se desvaneció en diciembre pasado, cuando Vox, el partido fundado por Santiago Abascal en 2013, sacó el 11% de los votos en las elecciones de Andalucía. El PSOE tuvo que dejar la presidencia de la Junta de Gobierno después de 36 años y Vox forma parte de la alianza con Ciudadanos que permitió la investidura de Juan Manuel Moreno, del PP.

Pero fue otra la lógica imperante en los comicios generales. A Sánchez, que llegó a la presidencia en junio de 2018 por ganar una moción de censura contra Rajoy tras la condena al PP por un caso de corrupción, le fue mejor de lo que se esperaba. Al PP, mucho peor.

“Por un lado —continuó Rodríguez Prieto—, tenemos un gobierno que convocó a elecciones tras no poder aprobar los Presupuestos Generales del Estado. Por otro, tenemos al PP, un partido que se ha visto afectado por casos de corrupción, que han tenido un efecto importante en sus expectativas electorales. Fue una campaña muy reactiva. La ciudadanía votó a la contra. Una parte, contra Sánchez y sus posibles acuerdos con partidos separatistas. Otra, contra una posible coalición entre PP, Ciudadanos y Vox. Este temor fue un factor relevante, ya que los tres partidos presentaron un programa muy neoliberal, que fue percibido por los electores como una amenaza al Estado de bienestar”.

Distinta fue la historia de Costa en Portugal. De hecho, la corrupción afectó a su propio partido: Sócrates pasó casi un año en prisión y aún aguarda sentencia en una causa de lavado de dinero y fraude fiscal. Lo decisivo fue la dura crisis económica que atravesó el país, que requirió de un programa de ajuste draconiano enfrentado por el primer ministro Pedro Passos Coelho (2011—2015).

Los casos de Portugal y España no son comparables para entender el ascenso de la socialdemocracia. En el primero se explica por el desgaste del gobierno de centroderecha de Pasos Coelho, que tuvo que afrontar los peores momentos de la crisis económica, y también por la habilidad de Costa de presentarse como alternativa de gobierno con el apoyo externo de otros grupos de izquierda. Esa fórmula ha funcionado razonablemente bien para salir de la crisis con rigor presupuestario y políticas de redistribución, en un país como Portugal, pequeño y sin problemas de vertebración territorial”, dijo a Infobae el sociólogo Eduardo Moyano Estrada, profesor del Instituto de Estudios Sociales Avanzados.

¿Cambio de época o giro efímero?

“De cara al futuro, tampoco son comparables los casos de Portugal y España. El gran reto del gobierno de Costa es mantener la recuperación económica con políticas que combinen el rigor presupuestario y la igualdad, en un contexto en el que se está desacelerando la economía. En España, sin embargo, el principal problema es la cuestión territorial catalana, que seguirá condicionando la política”, afirmó Moyano Estrada.

Costa ya ha dado muestras de tener cierta solidez. A pesar de estar muy lejos de una mayoría propia, su gobierno logró sobrevivir con bastante éxito estos cuatro años. Pero en octubre tendrá que probar en las elecciones generales si tiene el apoyo para continuar en el poder. La situación económica puede ser un obstáculo, ya que de crecer 2,8% anual en 2017, cayó a 2,1% en 2018 y se espera que termine 2019 con un pobre 1,7 por ciento.

Los desafíos son aún mayores para Sánchez. Por un lado, tendrá que cumplir con sus promesas de mayor bienestar, a pesar de contar con recursos acotados. Por otro, tendrá que sortear la amenaza separatista, que puede volverse un escollo infranqueable.

Para destituir a Rajoy y asumir en su lugar, Sánchez necesitó del apoyo de los independentistas catalanes. Cómo después se negó a habilitarlos a hacer un referéndum, se rehusaron a aprobarle el presupuesto, lo que forzó la convocatoria a las elecciones del domingo pasado.

Por más que ahora aumentó considerablemente su número de bancas, está muy lejos de la mayoría que necesitará para sancionar leyes clave, y no está claro si podrá conseguirla sin apelar a esos votos. Al PSOE no le resultará nada sencilla la gobernabilidad.

“En España contamos con el problema de los nacionalistas en el País Vasco y Cataluña, con un ideario supremacista, insolidario y, a veces, hasta racista —dijo Rodríguez Prieto—. Desgraciadamente, en ocasiones la socialdemocracia ha sido débil con estos grupos que cuestionan tanto la igualdad de todos los ciudadanos, sin importar donde viven, como la unidad nacional. Estos partidos han dividido a sus propias regiones, enfrentando a catalanes o vascos nacionalistas con aquellos que no lo son”.

Sin un gobierno verdaderamente exitoso, el PSOE se expone a volver a los niveles de apoyo que tenía dos años atrás, que apenas le alcanzaban para ser la primera fuerza opositora, y por poco. En ese caso, lo que parecía un punto de inflexión en un camino que era descendente, no habrá sido más que un paréntesis.

“No sé si esta excepcionalidad se mantendrá durante mucho tiempo. Temo el efecto contagio: normalmente cuando el clima se endurece en Alemania, Italia o Francia, los demás países suelen seguir el mismo camino. La aparición de Vox es una señal en este sentido. Se creía que España era inmune al virus de la extrema derecha, sin embargo, aunque minoritaria, también en la Península Ibérica ha hecho su aparición. Por lo que hemos visto, al contrario de lo que le pasa a la derecha liberal y conservadora, parece recibir muchos apoyos entre las clases populares y entre los más jóvenes”, concluyó Tardivo.

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