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20 agosto, 2019
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Punto de vista: Mi corazón se vuelve delator

Me puedo imaginar perfectamente a Gustavo Cerati a los 60 años, pero no estoy seguro de si él podía imaginarse a sí mismo a esa edad. ¿Qué haría para celebrarlo? ¿Una lista especial de Spotify con sus 60 mejores canciones? ¿Una reunión informal de Soda Stereo? ¿Soplaría una torta gigante con 60 velitas?

El romántico culto a la muerte que subyace en la idolatría rockera me hace  pensar que se sentiría incómodo en el papel de monumento vivo a su propia leyenda. Pero Cerati era demasiado inteligente y tenía tan incorporados los buenos modales de cierta clase media educada argentina que no se hubiera permitido ningún desplante en su sexagésimo aniversario. Simplemente hubiera dejado que su cumpleaños fuera conmemorado de forma ecuánime por sus fans y por los oportunistas.

En términos físicos, ¿se vería como aquel Dorian Gray de El tiempo es dinero, que mantenía su juventud “usando polietileno/ comprado en algún pornoshop”?  No creo. Lo más probable es que hubiera dejado de luchar contra su calvicie y se hubiera transformado en uno de esos señores maduros y distinguidos, con un toque apenas excéntrico en su indumentaria, consciente de que la belleza física y el magnetismo de su figura estarían en su fase crepuscular.

De todos modos la imaginación no es la mejor forma de prolongarle la vida a un artista que amamos; la memoria resulta más apta para practicar esos ejercicios de reanimación. Y no me refiero a la memoria colectiva, ni a esa memoria material disponible en las plataformas de video, sino a la memoria personal, a esa memoria emotiva que confunde las fechas y los lugares, pero no las sensaciones.

En algún momento del siglo 20 posterior a la invención de la radio las vidas empezaron a tener bandas sonoras, como en las películas, y por razones neurocerebrales, que desconozco, y culturales, que creo conocer, hoy nos resulta difícil disociar determinados momentos que vivimos de las canciones que los acompañaron o que estaban de moda en esa época.

Si bien no las he vuelto a escuchar muy seguido, sé exactamente a dónde me llevan canciones como ¿Por qué no puedo ser del jet set?, Vitaminas, Dietético o Un misil en mi placard. Yo estaba en primer año de la carrera de Filosofía en 1984, venía de una ciudad chica del interior de Santa Fe, y en los ambientes en los que me movía en Córdoba la dieta básica musical estaba constituida por Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, el Cuarteto Zupay y cosas por el estilo.

Un artista contemporáneo

La etiqueta de “psicobolche” que les correspondía a todas esas manifestaciones (en las que también debe incluirse la poesía de Mario Benedetti y la de Juan Gelman) aún no era peyorativa y se le podía aplicar a la mayoría de mis amigos. Soda Stereo estaba en las antípodas de ese mundo y coincidía con el lugar imaginario en el que yo me sentía mejor.

Más allá de la distancia que aún podía haber entre mi vida cotidiana y la que describía la letra de Sobredosis de TV, su universo me resultaba mucho más cercano que el de los unicornios azules o el de las calles ensangrentadas de Santiago. Antes que moderno, Cerati me parecía contemporáneo. La errónea frivolidad que se le atribuía era para mí toda una rebelión contra la solemnidad estética de la primavera democrática.

(Abro un paréntesis para aclarar que las letras de ese primer disco de Soda son de una ironía anticipatoria del neoliberalismo mucho más lúcida que cualquiera de las canciones de Sumo o de Los Redonditos de aquella década. Los versos “Lo que para arriba es excéntrico/ para abajo es ridiculez”, escritos en 1983, siguen siendo la mejor síntesis del choque cultural de clases aún vigente en la sociedad argentina).

Sin embargo fue con el segundo y con el tercer disco, Nada personal y Signos, que la voz de Cerati y la música de Soda se volvieron una parte constitutiva de mi sensibilidad. Todavía hoy cuando escucho Prófugos (No tenemos dónde ir,/ somos como un área devastada,/ carreteras sin sentido,/ religiones sin motivo,/ ¿cómo podremos sobrevivir?), me proyecto a esos paisajes posindustriales de las mejores películas de Wim Wenders, y me cuesta creer que hayan pasado más de 30 años de aquella fantasía del fin del mundo.

¿Realmente pudimos sobrevivir? Si nos guiamos por las apariencias es obvio que sí. Respiramos, comemos, escribimos, leemos, escuchamos viejas canciones. Pero dado que hoy, 11 de agosto de 2019, es el día en que Gustavo Cerati ya no cumplirá 60 años, me permito dudar de esa evidencia. En todo caso, la ausencia de alguien que iluminó tanto nuestras vidas se siente como una especie de muerte interior, un hueco que late ahí donde antes había un órgano vital. Un corazón delator.



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