Mar 22, 2020
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Punto de vista sobre la cuarentena: Una temporada condenados al “streaming”

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Hasta hace apenas unos días, era parte de una conversación habitual comentar cuán absorbidos estábamos por Netflix y otros servicios audiovisuales on demand. Nos pasábamos buen rato discutiendo cuán imbatibles eran la invitación a la pereza y a la comodidad del streaming, o preguntándonos si las plataformas estaban “matando” al cine, al teatro o a cualquier otra propuesta que involucrara cuerpo y encuentro.

Ahora, estamos condenados a Netflix. Ya no damos más de recomendar series, documentales, biopics, películas, contenidos para niñas y niños (a los que les estamos flexibilizando como nunca las limitaciones de horas de pantalla).

Como dice un video de un español que se viralizó en las últimas horas: van apenas un par de días de cuarentena y ya gastamos nuestros mejores cartuchos creativos. 

¿Cuántos conciertos por streaming más  podemos ver? ¿Cuántas maratones de series pendientes podemos emprender? 

En paralelo, sucede otra cosa. Muchos no tienen capacidad para concentrarse en otra cosa que no sea esta única serie que protagonizamos todos juntos (aunque de manera aislada), que cada día tiene un nuevo episodio, que termina siempre con un buen cliffhanger (el “gancho” al final del capítulo) y que, rogamos, tenga una sola temporada (y que sea lo más corta posible).

Mientras, esa misma pantalla que nos absorbía y atrapaba para ver Netflix es la que usamos ahora también para trabajar, informarnos, comunicarnos con amigos y familia, tomar clases, hacer yoga, realizar la tarea de la escuela, hacer compras, distraernos. 

El futuro de la conexión 24/7 finalmente llegó, de la manera menos pensada. 

Imágenes

Los que estamos acostumbramos a vivir cerca del Centro de la ciudad y nos negamos a movernos a las periferias bucólicas sabemos qué implica esa necesidad creada de tener cerca un comercio cercano abierto las 24 horas: no significa que vayamos a ir a las 3 de la mañana a comprar un alfajor, pero nos tranquiliza saber que podemos hacerlo.

Algo similar podría pensarse respecto al antes y después de la cuarentena: sabíamos que había una variada oferta cultural para nosotros, aunque no fuéramos a buscarla todos los días. 

¿Es lo mismo ver una obra de teatro en una sala que mirar una grabación de la puesta? ¿Estar en el cine con la respiración cortada de nuestros vecinos de butaca y la pantalla envolvente genera la misma emoción y disfrute que estar en el living de casa? ¿Vibrar con otros y apreciar el buen sonido en vivo en el recital de nuestro artista favorito es lo mismo que verlo desde el celular?

No se trata sólo de volver a pensar en el concepto de “aura” con el que el filósofo y crítico  Walter Benjamin explicaba cómo lo singular e irrepetible de la experiencia artística se perdía en épocas de reproductibilidad técnica. Es bastante más cercano al sentido común: si alguien pensaba que era lo mismo, sabrá ahora que no lo es.

Es cierto que acciones como el recital por streaming que Fito Páez ofreció el viernes por la noche fueron sanadoras para muchos: los hizo sentir acompañados, menos solos, conectados con todos aquellos que lo veían y comentaban en redes en simultáneo, y conectados con el artista y su vivo. 

Pero también es cierto que es un paliativo. 

Emergencia cultural

También se habrá dado cuenta más de uno de cuán importante es la cultura en nuestra vida, también en momentos como este. 

Porque si bien todos estamos de acuerdo en que las medidas de políticas sanitarias son la prioridad, también sabemos que no hay vida humana íntegra sin los espacios que nos abren los conciertos, las obras de teatro, los cines, las visitas a museos, las performances, las fiestas.

¿Cuántas cosas más podremos hacer en streaming

Muchas, aunque sabiendo que no es lo  mismo, y que hay que ser creativo y paciente en estas épocas.  

Volviendo a la idea agorera que sosteníamos antes de la cuarentena, esa que nos preocupaba porque Netflix “nos robaba todo el tiempo libre”: A nadie se le ocurrió nunca afirmar que los libros y la actividad solitaria y aislada de leer ponían en riesgo al resto de las ofertas culturales y a la vida social. Porque necesitamos las dos cosas. Porque antes de la cuarentena quizá disfrutábamos mucho de leer libros y de ver series, pero tanto como juntarnos a hablar sobre ellos. 

Quizá, cuando regresemos a la normalidad (o cuando la reinventemos después de este período incierto) nos acordaremos de esas épocas en las que los bares nos tenían que pedir que dejemos los celulares en una canastita para vernos la cara y hablar entre nosotros.  

Quizá, para ese entonces, cuando salgamos a encontrarnos después de una temporada obligada de streaming, pensemos cuán ridículas eran esas advertencias del bienestar digital, cuando pudiendo salir, tocarnos y vernos preferíamos bucear en pantallitas. 



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Cine/TV

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