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19 agosto, 2019
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Qué quiere hacer China con Hong Kong: el fantasma de Tiananmén

Las declaraciones del funcionario fueron la señal más clara de que Beijing está perdiendo la paciencia con Hong Kong. Nunca en la historia de esta ex colonia británica, “región administrativa especial china” desde 1997, el Gobierno había enfrentado un desafío semejante a su poder omnímodo.

El proyecto y la propia Lam se convirtieron en símbolos del creciente cercenamiento de las libertades en la región, a 22 años de su cesión a China. Con una idiosincrasia y un activismo incomparable al de los ciudadanos continentales, los hongkoneses no están dispuestos a vivir bajo las mismas privaciones.

Por eso, los manifestantes desoyen las amenazas y siguen protestando. Este sábado, la policía volvió a dispersar a la multitud con gases lacrimógenos en el centro de la ciudad. La consigna era “salvar a Hong Kong de la tiranía”. En el aeropuerto, continuaba una sentada que lleva ya tres días, con el objetivo de promover la causa entre los visitantes extranjeros.

Las movilizaciones no han mostrado ningún signo de debilitamiento. Esto sugiere una nueva dinámica social en Hong Kong. Pero es poco probable que Beijing envíe sus tropas, ya que los recuerdos de Tiananmén siguen siendo demasiado recientes. Han intentado con matones, pero eso no funcionó. ¿Cómo pueden aumentar la presión? Pueden conminar a las autoridades locales para que arresten a algunos de los líderes. Pueden enviar a policías disfrazados. No lo sabemos, excepto que hay discusiones en curso en Beijing sobre los próximos pasos”, dijo a Infobae Joseph Fewsmith, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Boston.

Lam, que fue elegida a través de un método indirecto y poco democrático, está mucho más cerca de ser una representante de Xi Jinping que de los 7,3 millones de habitantes sobre los que gobierna. De hecho, sólo se sostiene en el cargo porque conserva el respaldo del presidente chino.

“No creo que tengamos que hacer concesiones para silenciar a los manifestantes violentos”, dijo el viernes, descartando de plano cualquier posibilidad de ceder. Eso significa que, por ahora, Xi no está dispuesto a dar marcha atrás en su intento de acotar la autonomía de Hong Kong.

Bajo Xi Jinping, China se ha vuelto mucho más nacionalista, y su control sobre las regiones autónomas es mucho más firme. No creo que esté interesado en ofrecer concesiones. Lo que el gobierno chino está haciendo ahora es esperar y ver si el de Hong Kong puede resolver la situación. Pero no está claro cuánto tiempo estarán dispuestas a esperar las autoridades centrales”, sostuvo John Ishiyama, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad del Norte de Texas, en diálogo con Infobae.

Los riesgos de aplastar las protestas

“China afirma que las protestas son el resultado de la manipulación de los diplomáticos estadounidenses. Esto serviría de base para hacer un llamamiento al Ejército Popular de Liberación para que actúe ante una amenaza extranjera. Beijing no quiere que el desorden en Hong Kong ensombrezca el gran desfile militar y las actividades planeadas para conmemorar el 70º aniversario del establecimiento de la República Popular, el próximo 2 de octubre. Pero llamar al Ejército sería el último recurso”, explicó Chrales Burton, investigador del Centro para la Promoción de los Intereses de Canadá en el Extranjero del Instituto Macdonald-Laurier, consultado por Infobae.

En lo que pareció un mensaje para los jóvenes que piden por la democracia en Hong Kong, más de 12.000 policías se reunieron el martes en Shenzhen, que limita con la región especial, para realizar un peculiar ejercicio. Fue un simulacro de una serie de medidas represivas, antidisturbios, con imágenes que emulan a las que tienen que realizar todos los días los menos experimentados efectivos de seguridad hongkoneses.

En videos difundidos por la propia Policía, se ve a los agentes con chalecos antibalas y escudos enfrentando a manifestantes con remeras negras y cascos de seguridad amarillos, casi calcados a los del distrito financiero. “Fue para aumentar la moral de las tropas, practicar y prepararse para la seguridad de las celebraciones (por el 70º aniversario) y mantener la seguridad nacional y la estabilidad social”, dijeron las autoridades.

En el Comité Central del Partido Comunista Chino saben que, si quisieran, podrían terminar con la desobediencia civil que tanto los exaspera. Cuesta imaginar que las protestas masivas continúen si Beijing decide enviar tropas para reprimir brutalmente. El problema de esa vía es que puede ser muy costosa.

Si bien es posible, dudo que haya una represión masiva como la de la plaza Tiananmén en 1989 —dijo Ishiyama—. Esto tendría consecuencias enormemente negativas para China. Económicamente, si hay una represión y una congelación prolongada de la economía de Hong Kong, es probable que se agrave la desaceleración china, especialmente si se tiene en cuenta que gran parte de su comercio fluye a través de la región. Políticamente, dañaría la imagen de estabilidad, crecimiento y Estado de derecho que ha cultivado cuidadosamente en su presentación ante el sur global. Además, podría dar lugar a sanciones por parte de sus principales socios comerciales”.

La masacre de Tiananmén está muy presente, sobre todo porque este año se cumplió el trigésimo aniversario. Las movilizaciones lideradas por estudiantes paralizaron al país entre el 15 de abril y el 4 de junio de 1989, hasta que el Ejército irrumpió en la icónica plaza de Beijing y arrasó con todo. La información es muy opaca, pero hay consenso en que los muertos se contaron de a cientos y los heridos de a miles.

La decisión de reprimir generaba fuertes divisiones al interior de la cúpula del partido. Muchos estaban en contra, porque temían las consecuencias. La condena mundial fue unánime y la imagen de China quedó seriamente comprometida. Hoy, que el país tiene un lugar mucho más importante en la escena global, y es reconocido como un miembro central del sistema internacional, podría ser mucho más dañino que se repita un episodio similar.

“Pero no hacer nada también sería perjudicial. Existe el peligro de que si China no ejerce el control sobre un territorio en el que cree que es soberano envalentonará otras manifestaciones similares en zonas conflictivas como el Tíbet y Sinkiang. Este es el dilema de China. ¿Cómo reafirmar rápidamente el control sobre Hong Kong sin una represión masiva?”, se preguntó Ishiyama.

Hong Kong, en la mira de Xi

Deng Xiaoping, sucesor de Mao Zedong al frente de China desde 1978, propuso la fórmula “un país, dos sistemas” para negociar con el Reino Unido la cesión de Hong Kong, que era colonia británica desde 1842. La idea era que pase a formar parte del país, pero conservando su propio sistema político y económico, diferenciado del chino. Al menos durante los 50 años de transición, que comenzaron en 1997 y culminan en 1947, cuando tendría que incorporarse plenamente a China.

Con una de las principales plazas financieras del mundo, un PIB per cápita de 50.540 dólares y el séptimo índice de desarrollo humano más alto del planeta, Hong Kong es un botín que difícilmente Beijing esté dispuesto a entregar. Le sobran las razones para querer aumentar su control sobre la región, así que cuesta creer que pueda dejarla autogobernarse como pretenden los ciudadanos.

Beijing está decidido a no conceder a Hong Kong una mayor autonomía —dijo Fewsmith—. Las implicaciones de esto son importantes, pero impredecibles. Dependiendo de cómo se desarrollen las cosas, ¿cambiará Estados Unidos su política sobre Hong Kong? ¿Influirá en las próximas elecciones en Taiwán? ¿Cómo afectará a las relaciones de China con el mundo en general? Estamos entrando en un período difícil”.

El modelo “un país, dos sistemas”, que nunca se cumplió del todo, se parece cada vez más a una consigna vacía, por el permanente avance de China sobre los asuntos de la región especial. La misteriosa desaparición de cinco libreros que vendían publicaciones críticas del régimen comunista y la colocación de agentes de aduanas y de control de fronteras provenientes del continente en una nueva estación de ferrocarril, en Kowloon, son ejemplos de esa tendencia.

El proyecto de extradición fue el último eslabón —el más explícito y preocupante por sus posibles consecuencias— de una cadena que China viene preparando desde hace años. Principalmente desde 2013, cuando Xi Jinping se convirtió en la cabeza del Estado chino y empezó a imprimirle un sello decididamente más autoritario.

“Es poco probable que estas manifestaciones debiliten el fuerte imperativo de China de reintegrar gradualmente a Hong Kong a la economía política del país. Puede que, una vez que las cosas se hayan calmado, se tomen medidas enérgicas contra las personas identificadas como responsables de instigar las protestas. Muchos residentes con pasaportes extranjeros posiblemente decidan abandonar la ciudad de forma permanente en los próximos meses. China nunca reconocerá que estas protestas fueron una respuesta a la supresión de las sinceras aspiraciones del pueblo de Hong Kong a la libertad, la democracia y los derechos humanos”, concluyó Burton.

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