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23 octubre, 2019
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Rigor mortis: por qué “Playmobil: la película” es sencillamente mala

Fea en su animación, bruta en su narrativa, falsa en su posmodernidad, Playmobil: la película es un desatino hecho para resucitar al juguete.

Cuando Lego empezó a publicitar una película animada, los prejuicios no demoraron: el marketing canalla adoptaba un formato audiovisual. La empresa de ladrillos plásticos lanzaba un anabólico mainstream. Estos miedos se disiparon de inmediato y La Gran Aventura Lego (2014) se impuso como una obra brillante en donde la lógica del ensamblaje atravesaba la problemática del personaje y del filme. Dentro del mundo LEGO, la recombinación alteraba la coherencia estética, los acontecimientos se desarmaban y rearmaban con una libertad cercana a la demencia. Esa chispa luego se convirtió en patrón para las sucesivas entregas, pero aquí no interesa.

Playmobil: la película es aquello que no deseábamos que Lego fuera: una publicidad sin entidad cinematográfica. Las comparaciones son tan irritantes como inevitables: estamos ante dos juguetes icónicos, históricos, alardeando de su infinitos leitmotivs.

Ahora bien, si el valor agregado de la película Lego era la deconstrucción, ¿cuál sería el de Playmobil? Ninguno. Irrumpe una angustia conceptual inédita. El sinsentido no está usufructuado, más bien es resultado de un desgano creativo, del atrofio de la imaginación.

La historia, al revés de Lego, empieza con actores y deriva en animación. Curiosamente, la puesta en escena de esta introducción es promisoria; Anya Taylor-Joy le pone carisma a una adolescente que le expresa a su hermano menor, número de comedia musical mediante, su deseo de viajar por el mundo. La agilidad no forzada del montaje y ciertas composiciones parecen encontrar un tono. Luego los hermanos terminan en un museo de Playmobil y son abducidos al universo plástico. ¿Por qué? No hay por qué.

El devenir del relato es un dominó forzado que traslada a los personajes al viejo oeste, al futuro, a la Antigua Roma, al Medioevo, a la Rusia de la Guerra Fría, etcétera. El lazo fraterno no retroalimenta la trama, no aporta emoción. Apenas un chiste funciona y quizás debió ser el norte para pensar la identidad del filme: cuando Anya Taylor-Joy es transformada en Playmobil, el rigor natural del muñeco le impide moverse con soltura. Pequeño gag que se olvida cuando aprende a flexionar las piernas y se entrega a una aventura rígida a contravoluntad.

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El texto original de este artículo fue publicado el 12/10/2019 en nuestra edición impresa.



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