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20 enero, 2020
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Rocío espera que el estudio le cambie la vida

“Para mí estudiar es pensar en un futuro, en no quedarse estancados. Hay chicos que son pobres y buscan estudiar, que trabajan y estudian al mismo tiempo. No hay que detenerse; si podés estudiar, hacelo”, aconseja Rocío Jorge, una adolescente de 14 años, que sueña con terminar el secundario en el Instituto John F. Kennedy (del que es mejor promedio) y continuar una carrera universitaria para dejar atrás Villa Martínez, un vecindario ubicado en la “zona roja” del sudoeste la ciudad de Córdoba, cercano a Villa La Tela, Los Filtros y San Roque.

“Con lo que estoy estudiando pienso en mi futuro, quiero salir de este barrio. Noto que hay peleas, armas, gente gritando. ¿Por qué no podés dormir en paz pensando que te van a robar?”, se pregunta Rocío.

Rocío es la segunda de tres hermanos que viven en una casa de chapa y placas de Durlock en un pasaje sin salida de calle de tierra. Entre cuatro paredes pequeñas, pero impecables, Rocío estudia y estudia.

Con una libreta envidiable, pasó a tercer año en la Kennedy, una escuela que su familia viene pagando con esfuerzo como una apuesta a la educación de sus hijos.

Sueño. A Rocío, su abuela le prometió también un viaje cuando se reciba.

Pero las cosas se complicaron en 2019, cuando ambos padres se quedaron sin trabajo casi al mismo tiempo en la última mitad del año.

Por entonces, Rocío comenzó con ataques de pánico al enterarse de que no podría continuar en 2020 en la institución en la que se siente contenida y donde obtuvo durante dos años consecutivos medallas en reconocimiento a su notable desempeño escolar: las notas más destacadas de su curso y el mejor promedio de todo el establecimiento. La cuota cuesta 3.500 pesos y la matrícula, 5.700 pesos.

“Mi colegio es increíble, es chiquito, el ambiente es muy bueno, los ‘profes’ están siempre pendientes de los chicos y los preceptores están presentes. No me quiero cambiar, pero ahora no tengo la posibilidad de seguir ahí”, dice la adolescente.

Su mamá, María Palavecino, siente que sus hijos han encontrado en ese colegio un lugar que les abrirá puertas. Rocío –dice– hizo amigos y se siente feliz.

“No es por el hecho de ir a una escuela privada ni que esté encaprichada con la escuela, sino que se siente cómoda ahí. Quizá la cambio y no es el ambiente que ella espera, comienza a bajar las notas y se queda estancada. (Ahora) Conoce el ritmo, se siente acompañada”, dice María, que a fin de año comenzó a buscar un Ipem en el barrio ciudad Parque Las Rosas.

En septiembre, María pasó a engrosar las cifras del desempleo, cuando el call center donde trabajaba la despidió. Desde entonces, se dedica a su casa, a acompañar a sus hijos a la escuela, al médico y a donde haga falta.

También, dice, los protege de los peligros del barrio: sus hijos nunca pasearon en bicicleta por el vecindario ni deambulan por la calle. Sólo visitan a su abuela y a sus tíos, a dos cuadras de su casa. “Los cuido mucho”, confirma María.

María Palavecino insiste en que le gustaría que sus hijos continuaran sus estudios en el Kennedy, donde Rocío se proyecta y anhela.

El colegio, explica María, ofrece becar al tercer hermano de la familia, aunque el requisito es pagar los aranceles antes del 10 de cada mes. Algo que, admite, les resulta imposible.

“A mí me encanta viajar, hay muchas partes del mundo que me gustaría conocer. Hace un tiempo, cuando mi papá tenía trabajo, fuimos a Uruguay. Conocer el mar fue algo hermoso. Pero ahora no se puede. De acá a unos años, cuando tenga mi plata voy a hacer lo que quiera. Mientras tanto, les respondo a mis padres con el estudio, porque ellos están todo el tiempo buscando trabajo y apoyándonos. Yo he decidido pensar en el futuro y luego devolver con mi plata todo lo que ellos hacen por mí”, afirma.

Pasión. A Rocío le encanta estudiar y cuando era más chica participó también de una Olimpiada de Matemáticas. (Pedro Castillo)

A María la conmueve el esfuerzo que hace su hija, admira su inteligencia, pero, en especial, su tesón y responsabilidad. Durante la primaria asistía a la escuela municipal Luz Vieira Mendez, de barrio San Roque, y se destacaba en las Olimpíadas de Matemáticas. Llegó, incluso, a representar a su escuela en un certamen nacional en Mar del Plata.

“Fue muy linda la experiencia de las Olimpíadas. Ama las Matemáticas. Los preparaban en la Facultad de Ciencias Exactas y les daba problemas de cuarto o quinto año. Rocío tenía una gran facilidad para resolverlos. Rubén López de Neira, encargado de la parte educativa de las Olimpíadas, nos decía: ‘va a llegar muy lejos. Rocío da para mucho más’”, cuenta María, con evidente orgullo.

Al terminar la primaria, Rocío tenía tan buen desempeño que podría haber rendido con éxito, y sin preparación extra, el ingreso al Colegio Nacional de Monserrat. Pero la familia descartó la opción por temor a no poder costear los libros y por miedo a que se manejara sola por la ciudad.

“No les podemos comprar libros, pero en el Kennedy se hacen socios de la biblioteca. Todos los libros que piden están en la escuela y pueden sacarlos”, explica María.

El valor del esfuerzo

“Este año comenzamos a pasar muchas necesidades. Mi marido estuvo un mes y medio sin trabajar, y a mí me despidieron por reducción de personal. Rocío empezó con ataques de pánico, con miedo”, relata María.

Su marido es camionero, conductor de larga distancia. La empresa que transportaba motos para la que trabajaba quebró. Ahora, realiza fletes y changas. Con el dinero que ingresa, pagan los gastos indispensables y, si algo sobra, lo guardan en una bolsita.

“Rocío es muy responsable. Cuando me iba a trabajar, ella estaba en la mesa con todos los libros y cuando volvía de trabajar, estaba en la misma posición. Hay padres que tienen posibilidad de pagar la escuela a sus hijos, y los hijos no responden. Nosotros, que hoy no podemos, vemos cómo Rocío se esfuerza. Es una lástima que la tenga que cambiar”, subraya María.

A Rocío le gustaría ser contadora, arquitecta o abogada, porque tiene un “carácter fuerte”. Le gustan las ciencias duras, pero también las ciencias sociales. Y un poco de todo.

“La Matemática es la base de todas otras ciencias como Física, Química. La Física me encanta, salí con promedio de 10. Me exigía, me gustan las ciencias. El hecho de investigar me encanta, soy muy curiosa. También salí con promedio de 10 en Matemática y 10 en Lengua, y yo no era buena en Lengua, pero me esfuerzo. También me gustan las manualidades, el dibujo”, detalla.

Una tabla de salvación

María proviene de una familia muy humilde de 14 hermanos. “No tuvimos la posibilidad de triunfar. Yo terminé el secundario, pero fui mamá muy joven. Terminé sexto año, pero no tenía el apoyo que hoy tienen ellos, ni la tecnología. Nosotros teníamos que hacer un trabajo y nos quedábamos en el cole, en la biblioteca, fotocopiando o calcando. Hoy ellos tienen todas las posibilidades”, explica la mamá.

Luego, reflexiona: “Una compañera de Brisa, mi hija más grande, tiene 15 años y es mamá de dos nenes. Hay que estudiar. Yo siempre les digo que con el trabajo van a conseguir bienestar. Nadie te regala nada y los que te regalan es por interés”.

María pone de ejemplo a su marido que pese a tener un currículum, que califica de “intachable”, no consigue trabajo sin estudios completos. Cuenta que encontraron un aviso clasificado en el que pedían camioneros para la empresa Holcim, pero el secundario era un requisito excluyente.

“Hoy lo primordial es el estudio, te salva de todo, de las drogas, del alcohol, de la prostitución. Si no tenés un nivel académico no sos nada. Por eso les inculco el estudio”, insiste.

Rocío opina lo mismo y por eso se esfuerza. Su abuela le prometió que cuando termine los estudios la ayudará a costearse los pasajes para que viaje Italia, donde tienen parientes.

Le entusiasma la idea y se le humedecen los ojos cuando recuerda a su abuelo, que falleció hace dos meses. “Tenía adoración por mi abuelo, siempre me decía que iba a llegar lejos”, cuenta, con una sonrisa algo triste.

María agrega: “Mi papá, su abuelo, le decía ‘no quiero verla llorar’. Usted no se tiene que enojar; vaya, estudie porque la única manera de tener un futuro es estudiando. Y le decía: ‘Míreme a mí; ni siquiera tengo la primaria y ahora estoy peleando para que el Anses me dé una jubilación porque siempre fui albañil, capataz. Pero usted viene con un 10 y veo en sus ojos que quiere estudiar”.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 15/01/2020 en nuestra edición impresa.



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