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19 noviembre, 2019
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Salida de Dujovne confirma que el stand by cayó y empieza nueva etapa con el FMI

El ministro tuvo su golpe de gracia con las medidas que atentan contra el “déficit cero”. Lacunza debe convencer al Fondo de continuar con el plan de pagos

Posiblemente haya sido la renuncia menos sorpresiva de la historia económica reciente: Nicolás Dujoven ya era considerado en la práctica un ministro fuera de sus funciones.

Desde la catástrofe electoral del Gobierno en las PASO, todo lo que ha ocurrido tiene el sello de haber sido decidido no sólo sin su anuencia, sino más bien en contra de su opinión.

Dujovne, ya resignado a no poder dar buenas noticias sobre la inflación, ni inversiones, ni sobre el nivel de actividad de la economía, estaba desde hacía meses enfocado a conseguir el objetivo de “déficit fiscal cero”. No sólo era una meta personal sino un compromiso con el Fondo Monetario Internacional.

Los propios técnicos del Fondo habían advertido la dificultad de cumplir esa meta: en la tercera revisión del acuerdo stand by, realizada en abril pasado, habían tomado nota de cómo la recaudación tributaria venía sistemáticamente creciendo a un ritmo menor a la inflación. Es decir, que el ingreso fiscal por el pago de impuestos venía cayendo en términos reales.

Y la recomendación del Fondo en ese momento es toda una demostración del abismo existente entre el laboratorio de los economistas y la realidad de los políticos: aconsejaban eliminar el régimen de IVA reducido para ciertos productos de la canasta básica. Para el FMI, la forma de garantizar la recuperación de la economía argentina consistía en que la leche, el pan, la harina, las frutas y demás alimentos pasaran a pagar el IVA completo.

En el contexto político y social de la Argentina, no solamente no se cumplió esa recomendación sino que se acaba de hacer un anuncio en el sentido absolutamente opuesto, con la eliminación del IVA a los alimentos y con la ampliación del gasto público para hacer frente a la emergencia económica.

Antes de las elecciones, Dujovne había tratado de “surfear” la situación con la promesa de que lo que estaba ocurriendo era una situación transitoria y que ya en el segundo semestre la recaudación empezaría a evolucionar por encima de la inflación. Sin embargo, llegó julio y la recaudación siguió cayendo en términos reales.

Además, el ahora ex ministro respondía a los críticos que hablaban sobre un nuevo retraso cambiario. Su explicación era que no podía tomarse como referencia el dólar de septiembre pasado, que correspondía a un nivel de “overshooting”. Y que, en consecuencia quienes hacían el cálculo de todo lo que se había estancado el tipo de cambio en comparación con la inflación estaban haciendo un razonamiento equivocado.

Pero el tsunami del mercado cambiario de la última semana significó una bofetada para su argumento.

Y ni qué hablar sobre su predicción de que el segundo semestre del año compensaría la recesión de la primera parte gracias al impulso de la exportación agrícola y que eso pondría al país en camino para que en 2010 la economía pudiera crecer un 3,5%. Lo cierto es que esos pronóstico ya no eran compartidos ni siquiera por el propio FMI, que se conformaba con un 2,2% para el año próximo y que, al ver la marcha de las cosas, en su último reporta ya había revisado su pronóstico a la baja con un modesto 1,1%.

Ni siquiera le quedó al ex ministro la posibilidad de festejar la nueva caída de la inflación, que en  julio, que el Indec midió en 2,2%. Con el tipo de cambio acelerando hacia los $60 pesos, ya todos preveían que en agosto volvería a un nivel superior al 45.

Y lo cierto es que el propio paquete de medidas de emergencia adoptado por Macri luego de las PASO parecían poner en duda toda la defensa que Dujovne había hecho sobre la gestión económica del gobierno.

En el documento que le había arrimado a Macri en las últimas semanas, había explicado cómo con la reforma impositiva de 2017 las empresas tendrían garantizado un alivio, gracias a la eliminación de impuestos distorsivos.

“La agenda de reducción en las contribuciones, en el impuesto a las ganancias para las empresas y en el impuesto al cheque está asegurada por la reforma”, decía la presentación, donde se establecía una comparación con la presión impositiva que había aplicado el kirchnerismo.

Sin embargo, las medidas de Macri, que empezaron por una suba en el piso no imponible de Ganancias y en una refinanciación con plazo de 10 años en la AFIP para las agobiadas pymes, hablan sobre el reconocimiento de una presión tributaria que ya excedió el nivel de lo socialmente tolerable.

Por otra parte, el paquete atenta contra el ingreso de las provincias, a las cuales les reduce uno de sus principales ingresos. En definitiva, todo lo que está ocurriendo en estos días parecía ir en el sentido opuesto a lo que Dujovne había impulsado.

El FMI, a la búsqueda del nuevo interlocutor

Pero, sobre todo, si había algo que hacía inexorable el alejamiento de Dujovne era su condición de garante del acuerdo con el FMI. Un acuerdo que, en la práctica, cayó la misma noche de las PASO. Para empezar, porque tornó irrelevante y superada la “banda de flotación” cambiaria y porque dejó en evidencia que, en medio del terremoto político, el equilibrio fiscal había dejado de ser una prioridad.

En ese contexto incómodo, Dujovne debía prepararse para dar la cara ante la misión técnica del FMI que, según lo programado con el organismo, debía llegar al país la semana próxima.

Era una perspectiva difícil para el ministro, que debía recibir a funcionarios que probablemente tendrían más interés por reunirse con Alberto Fernández o sus economistas referentes. Dujovne no sólo haría como interlocutor representando a un gobierno saliente, sino que él mismo ya no podría dar garantías personales del cumplimiento de los puntos a los que se había comprometido.

La misión del Fondo –cuya concreción quedó en suspenso- debe tomar una decisión nada trivial: continuar o no según lo previsto con el cronograma de pagos previstos por el stand by: a saber, un desembolso de de 5.400 millones, más otro de 1.200 en diciembre y, ya con el cambio de gobierno concretado, un saldo de 5.900 millones.

Esos mismos funcionarios deben recordar todos los días que en su última reunión con Alberto Fernández, el candidato los había tratado de irresponsables por haberle prestado a Macri un dinero que se usó “para financiar la fuga de capitales y contener al dólar artificialmente bajo”.

Lejos quedaron los días en los que Dujovne invitaba a cenar y departía sonriente con su amiga Christine Lagarde que, por pura coincidencia o por gran “timing” político, renunció a su cargo de directora del FMI justo a tiempo para no tener que dar explicaciones por cómo continuará el mayor salvataje que el organismo haya hecho en su historia.

No ayuda a mejorar el humor el hecho de que Guillermo Nielsen, principal referente económico de Alberto Fernández –y probable encargado de negociar “a cara de perro” la deuda con privados y el propio stand by con el Fondo- haya dado una bienvenida poco auspiciosa a Hernán Lacunza, el ministro que reemplazará a Dujovne.

“Lamento profundamente que Hernán Lacunza se vaya a hacer cargo de este desastre. Un profesional de su trayectoria y su integridad merecería hacerse cargo en una situación más normal”, escribió Nielsen. Un mensaje de lo cual se infiere que el panorama que se abrirá el 10 de diciembre sí será “normal”.

En todo caso, no parece un favor para el ministro entrante, que en sus primeras horas de gestión deberá disipar las dudas respecto de si podría cumplir un papel más relevante que el del Dujovne de los últimos meses.

El primer test se lo pondrá el mercado, todavía no del todo convencido de que el dólar de $60 sea el de equilibrio. El segundo, se lo pondrá la misión del Fondo, a la cual el flamante ministro debe persuadir de algo casi imposible: de que el organismo podrá recuperar los u$s58.000 millones invertidos en su cliente más grande y problemático.

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