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21 abril, 2019
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Una “selfie” en Notre Dame

No se quemó cualquier edificio, es verdad. Por fuera de cualquier valoración religiosa, fue Notre Dame, uno de los monumentos con mayor valor simbólico y más visitados del mundo. Dependiendo de la fuente que se consulte, entre 12 y 14 millones de personas por año se acercan al lugar, un número que duplica los que recibe en París la Torre Eiffel en ese mismo lapso.

Ciertamente, el crecimiento de las líneas aéreas low cost en todo el mundo implicó la ampliación del mapa de posibilidades, dato que no debería ser dejado de lado para entender la industria turística.

A partir de allí, grosso modo y si tomamos sólo la última década como la de la definitiva expansión de los smartphones con cámara, podría haber entre 120 y 140 millones de personas en condiciones de jactarse de haberse tomado una foto en algún lugar de una de las catedrales góticas más imponentes que existen.

Eso explicaría la razón de que los feeds de Facebook, de Twitter y, en menor medida, de Instagram se hayan superpoblado de imágenes de “cuando estuve ahí”. Pero poder hacerlo no explica el porqué, y eso sí que resulta sorprendente e inexplicable.

Por supuesto que no hay reglas en las redes sociales y cada usuario puede subir literalmente cualquier cosa en tanto no infrinja las normas de las plataformas que utiliza. Pero que la acción se replique en millones y millones de perfiles llama la atención sobre los insondables vericuetos de la empatía humana mediada por la tecnología.

¿Qué misterioso lazo afectivo une a un ateo argentino con una iglesia a la que visitó una vez en su vida la cantidad de tiempo necesaria para sacarse una selfie frente a su fachada, pero suficiente para sentirse “triste” en las redes?

Un tecnófobo diría que estamos frente a las consecuencias de la banalización de las emociones e incluso de las relaciones humanas. Esto empezó cuando pudimos tener de “amigos” a personas que no conocemos, “seguirlas” para saber lo que hacen, e incluso compungirnos cuando expresan dolor o pérdida. Puede ser.

Por una regla no escrita a partir del hábito de facebookear o instagramear, parece que los usuarios de redes sociales están siempre listos para facilitar a quien lo merezca una buena dosis de dopamina en forma de “me gusta”, sobre todo a alguien que estuvo cerca de una joya cultural e histórica cuya primera piedra atravesó 10 siglos y ahora acaba de prenderse fuego.

En las 15 horas que se tardó en sofocar las llamas, por morboso que suene así dicho, muchos (millones) aprovecharon la oportunidad para hacer alarde de haber estado allí, bajo pretexto de tener “el corazón roto”.

Como si el hecho de haber puesto un pie en la plaza Juan Pablo II, de haber estado junto al Sena mirando todo tal vez desde el mismo lugar en que Victor Hugo escribió su obra maestra, observando el campanario e imaginando in situ a Quasimodo perfilarse en las sombras, otorgase verdadero derecho a sentirse “devastado” y a expresarlo en las redes.

De nuevo, no hay reglas y cada quien puede y debe hacer lo que sienta. Pero lo que sea que se haya perdido para siempre de ese acervo cultural –o sea, lo importante– no estaba en esas selfies.

Tal vez Notre Dame merezca homenajes menos egocéntricos.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 17/04/2019 en nuestra edición impresa.



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